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Nostalgia de tardes de domingo y radio

Por Eduardo Laporte 29 octubre, 2019 - 9:13

Me pongo blandito tras aceptar, qué remedio, el cambio de hora con el Barça-Madrid aplazado por la mandanga nacionalista: qué gracejo tenían aquellas tardes de partidos apelotonados.

Una alineación de Osasuna en 1990 en un partido en El Sadar.
Una alineación de Osasuna en 1990 en un partido en El Sadar.

No sé en qué momento se empezó a joder aquel Perú. Cuándo fueron dispersando la jornada de aquel domingo monolítico (con la honrosa y necesaria excepción del sábado noche en La2, Paco Grande normalmente a los micrófonos; que debió de empezar joven, pues es nacido en 1962). 

Recuerdo incluso partidos los viernes y luego esa cita de los lunes algo deprimente, como de Antena3 dispuesta a todo por la audiencia. Porque lunes y fútbol eran algo antagónico; no pegaba ese espectáculo balompédico con la rutina algo ramplona de la semana. La Champions era otra cosa. 

Empecé a aficionarme con Michael Robinson, Nacho Lewin y 'El día después': ese lunes ahora sí estaba bien enfocado. Lunes de resaca deportiva para el análisis de las jugadas y los mejores goles. Era la época de Valdano, Romario, Ronaldo (Nazario da Lima) y los históricos de la Quinta del Buitre aún en el banquillo y que gozaban de minutos en esos torneos de verano que retransmitía Jotajota Santos. Empecé a aficionarme porque no tuvimos parabólica en casa y me harté de sentirme excluido en las conversaciones de recreo sobre Chapulín Colorado, El Chavo del 8 y los estriptis de la RTL. 

Muchos domingos, tras el cambio de hora, me encerraba en mi cuarto y enchufaba ese radiocasete doble pletina en el que sonaba atronador el fútbol en voces de esos locutores tan añejos como entusiastas. Si habías hecho la quiniela, el baile de resultados tenía un morbo especial. No pasaban más de cinco minutos entre gol y gol, Las Gaunas, el Teresa Rivero, multiusos de San Lázaro, la Rosaleda y el Molinón.

Osasuna se hundió en Segunda pero nos daba igual porque teníamos un objetivo. El ascenso. Aunque una temporada, la 96-97, nos encontramos con otro objetivo, urgente e inesperado, que fue no bajar a las fosas marianas de la segunda b, cosa que se logró de pura y brava rasmia rojilla, que diría aquel Chus Luengo, el de la pega con el chicle y patadón a la bullé que anunciaba putiferios en la radio generalista —si no me equivoco era Onda Cero—, como el tridente de Latinos y otras ofertas con copa incluida.

Me aficioné a Osasuna con el coleccionable que entregaba ‘Diario de Noticias’, periódico por entonces novedoso y modernote frente a la pereza editorial reinante, cuando se celebraba el 75 aniversario de su fundación. Esos estadios-patatales de San Juan y balones de cuero como de Zipi Zape de ese fútbol antiguo que se antojaba aburridísimo, muy patadón a la bullé y pim-pam-pum. Así que se puede decir que llevo un cuarto de siglo de la historia del club como aficionado en la distancia o, como dice Iñaki Uriarte en su último diario, de ‘hincha esencial’: «No sabe el nombre de ninguno de los jugadores. Tampoco el del entrenador. Suele vivir en otra ciudad. No se acuesta ningún domingo sin enterarse del resultado de su equipo». Mi caso sería de categoría Premium de hincha esencial, ya que puedo recitar a buena parte de la plantilla actual y hasta pongo cara a unos cuantos, como ese rostro de marciano del bueno de Roberto Torres, pero hará cosa de un lustro que no veo un partido televisado del equipo que lleva 30 partidos sin perder en casa.

Este domingo cambiaron la hora, en esa insistencia en hacer al otoño más otoño y al invierno más invierno que yo no acabo de ver, y me entró una morriña futbolera, de ese fútbol radiofónico en bloque, de esa liga maridada con la de segunda, porque en ambas categorías se nos iba, exagerando mucho, un poco la vida en ello. El cielo azulón de la Pamplona noventera del otoño más boca de lobo se hacía un poco más llevadero entonces, en esa hora de misas en San Nicolás y para de contar, porque los domingos por la tarde en la ciudad de provincias siempre apretaron más.

Pero estaba el fútbol, ese carrusel deportivo, cuya ausencia me sorprendió descubrir cuando viajé a Cuba. Había una sociedad de espaldas al espectáculo que no parecía caminar sin embargo por la vía de la virtud martiana. Recuerdo un domingo de mayo en Pinar del Río, en un bar de esos congelados en los años cincuenta (el castrismo siempre me pareció un síndrome de Peter Pan político) y un anciano, alto y pobre, bebiendo ron blanco, callado, trastabillando con su guayabera para no caer. Nunca pensé que el silencio pudiera hacer daño; quizá por eso necesitemos cierto jaleo en las tardes de domingo.  

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