Blog / Capital de tercer orden

No son penes ni vaginas, es empatía

Por Eduardo Laporte 17 enero, 2017 - 7:25

La pacatería de ciertas conciencias navarras censura lo que no quiere ver, más preocupada de la felicidad de algodón de azúcar de sus niños que de la normalización de la transexualidad

Carteles con la campaña de Crrysallis tapados en marquesinas de Pamplona.
Carteles con la campaña de Crrysallis tapados en marquesinas de Pamplona.

Nunca me gustó eso de opción sexual. Si uno lee libros como ‘El amor del revés’, de Luisgé Martín, pronto descubre que si hubiera un catálogo de opciones sexuales, la menos elegida sería la de la homosexualidad. «Nadie me dio la espalda al enterarse de que estaba contagiado por la peste de la homosexualidad. A pesar de ello, sentí enseguida el espanto de la enfermedad y durante muchos años hice todo lo que estuvo en mi mano para ocultársela a los demás», cuenta Luisgé en su libro autobiográfico.

De los quince a los veinte años, Luisgé se sumergió en su silencio, ocultando su condición de ‘niño cucaracha’ y negándose cualquier contacto estrecho con nadie. En los años de formación sentimental, se recluyó en su propio ostracismo. Era un mundo, cuenta, en que todos hacían igual: no había gais en su clase, en el colegio, en las playas, en los cines, en las casas del vecindario.

Pues si la ‘opción’ gay o lesbiana seguía siendo complicada de asumir hasta hace dos días —aún recuerdo lo transgresor que resultaba el Boris Izaguirre de ‘Crónicas Marcianas’ por el mero hecho de no ocultar su pluma sino además llevarla a gala—, la de la transexualidad aún resulta un plato indigesto para muchos. Y si Navarra es ejemplo en muchas cosas, como en la cantidad de donantes, en otras cosas produce sonrojo nacional.

Aparte de este medio, otros de gran alcance como El Confidencial, se han hecho eco de la Inquisición moral que sobrevive en ciertos bastiones de la Navarra más integrista. Hablaba Muñoz Molina este sábado de ‘La risa de Eça de Queiroz’, y de la burla del autor portugués hacia el «beaterío católico y las ridiculeces de una religiosidad mezquina».

Porque hay mezquindad en la religión, como también lo hay en una ONG o en un partido político, de lo que tiene la culpa ni la religión, ni tal ONG ni tales siglas, sino simplemente las personas que sacan a relucir esas morales de baja estofa. Porque hay que ser mezquino o, cuando menos, incapaz de la más mínima empatía, para indignarse de ese modo ante una campaña que tiene por objeto concienciar de una verdad inapelable, te guste o no: que hay niños que nacen con vulva y niñas que nacen con pene. Y niños que se sienten niña y viceversa, y que de mayores se enfrentarán a un delicado proceso quirúrgico para adaptar su cuerpo a su alma.

Torcuato Luca de Tena hablaba de los «renglones torcidos de Dios». Ni siquiera ese argumento parecen asumir los que tachan y censuran el cartel que visibiliza esta especie de ‘mancha’ en la naturaleza que debe permanecer oculta a sus ojos y los de sus niños. Entiendo que si en un momento dado sus hijos tuvieran un compañero de esas características, también quisieran retirarlo, como el cartel.

Pero la campaña, financiada por Chrysallis, asociación de familias de menores transexuales, no trata de escandalizar, sino de sensibilizar de una realidad incómoda para muchos. No sabían que se encontrarían con plazas tan difíciles como la Pamplona más cerril. Tu hija puede nacer con pene. Tu hijo con vagina. No son opciones. Es la realidad.

RECHAZO AL DIFERENTE

Sigue habiendo miedo a lo diferente, a lo que se sale de lo que hasta entonces se consideraba normal. En el colegio, se tendía a censurar al que se salía de la norma porque amenazaba los cimientos del imperio de la mediocridad. Un reino invisible en el que las risotadas y las burlas funcionaban como códigos de castigo para aquel que osara quebrantar las normas de la ramplonería. Algo parecido pasa con la homofobia o la transfobia, que dejaron el año pasado 239 ataques al colectivo LGTB sólo en la Comunidad de Madrid.

Hace unos años, en el Cavas, conocí a una chica. Me quedé sólo esperando a que mi hermano fuera a sacar de dinero, y encontré en la barra a esa mujer a todas luces exótica, sensual, latina, también sola como yo en ese momento, en ese lugar. Me gustó y me pareció más cálida que la navarra media, que responde al nombre de A Ti Que Te Importa y que juzga que todo intercambio conversacional con un varón tiene que conducir al ligoteo.

En este caso, diré que sí quería ligar con esta mujer de tonos mestizos y ella me seguía el juego con parecida intención. Cuando cerraron el bar, me propuso acompañarla al Dados, local de trueno sanjuanero de musicotes reguetonianos que me espantan, donde saludó a un par de muchachos malotes con pedrerías en las orejas. Decidí retirarme y dejarla con su gente. Entonces me dio el beso en la boca que durante el trayecto en villavesa, ya de día, me negó, bufándome como un gato gruñón y riéndose de mi cara de susto cuando eso. A los días, me comunicó por un mensaje que era transexual.

Ese detalle, la delicadeza con que comunicó su condición, el respeto con que me trató y la ausencia de drama al tratar el asunto, me hicieron sensibilizarme con un sector de la población que, como los que tachan esos carteles, hasta entonces creía que no existía o en el que no reparaba. Después, en algunas visitas a las páginas de ligoteo virtual, encontré chicas que anunciaban, «para evitar sorpresas», su condición trans.

¿Cómo actúa el hombre heterosexual en ese contexto? Hay una primera reacción natural a la espantada. Necesitamos más educación. Necesitamos más campañas como la de Chrysallis y menos reacciones ridículas de las que se mofaría Eça de Queiros y cualquier espíritu sensato con un mínimo de empatía.

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