Blog / Capital de tercer orden

Ninguna manifestación es un «fracaso»

Por Eduardo Laporte 05 Junio, 2018 - 9:02

Parte de la prensa local desprecia, mezclando opinión con información, el derecho a expresar una reivindicación discordante con la política oficial

Miles de personas durante la manifestación llevada a cabo por las calles del centro de Pamplona bajo el lema "Por el futuro de todos en igualdad", para protestar por la "imposición" del euskera en Navarra. EFE/Jesús Diges
Miles de personas durante la manifestación llevada a cabo por las calles del centro de Pamplona bajo el lema "Por el futuro de todos en igualdad", para protestar por la "imposición" del euskera en Navarra. EFE/Jesús Diges

«Fracasa la manifestación de desprestigio del euskera», leímos el domingo pasado en uno de los periódicos forales/locales, el más afín al Gobierno nacionalista vasco. No pude ir a una manifestación que, a priori, me pareció oportuna en cuanto que quiere evitar el sobrempoderamiento, neologismo necesario para casos de marginación histórica que tratan de subsanarse mediante el exceso.

Porque en lugar de abrazar la igualdad escamoteada durante décadas, se procede a pasarse por el otro lado, es decir, a discriminar ahora a quien no conoce el euskera. Por decreto. Porque si te llamas Fermín Suescun, vamos a suponer, de Iturrama de toda la vida, pero no sabes euskera, estarás en inferioridad de condiciones respecto a Miren Elgorriaga Martínez, pongamos, vecina de Barañáin que sí, por una cuestión de mera libertad, estudió euskera en la ikastola o por cuenta propia.

Como dije en otro artículo, bienvenidos las ayudas al euskera —que cobre más un funcionario que conoce la lengua o que se garantice una cuota de puestos exclusivamente para euskaldunes—, pero beneficiar con hasta 10 puntos de los 100 en liza para una plaza pública a ese 6,7% de la población que sí conoce el idioma me parece, simplemente, injusto.

Porque también supondría un duro escollo para Isabel da Sousa Silva, excelente médica portuguesa, que sí domina el castellano pero no el euskera, y que llegó a Pamplona avalada por su excelsa formación, premios y títulos en Harvard, pero que no podría trabajar en un hospital navarro ni investigar la cura de enfermedades raras por no saber euskera.

No es euskerafobia, sino rechazo a unas imposiciones que, no te digo que no, puedan generar cierta asociación mental negativa a una lengua que suele ser noticia en asuntos de división social. Si exigieran el conocimiento de la lengua de los agotes de Bozate porque también es «una lengua propia» a pesar de que la hablara sólo el 0,001% de la población y se convocara una manifestación para evitar esa medida, también me sumaría.

Que la ciudadanía se manifieste nunca puede ser un fracaso. Quizá sea un fracaso moral, imaginemos un pueblo que se manifieste a favor, yo qué sé, de la explotación infantil, pero no es el caso.

Mucho de fracaso moral tenían las concentraciones de familiares de presos etarras pidiendo unos derechos que los suyos habían saltado por los aires, sin un ápice de perdón o empatía con las víctimas en caliente o aquella reciente de apoyo a los matones de Alsasua, que sí, que ante todo Justicia, pero qué poca justizia se clamó en ciertos sectores cuando esta mafia con chándal tenía acogotada a dos tercios de la población con su «socialización del dolor».

Sólo por eso, no habría tenido estómago en secundar aquella mani, pero en Foralia nuestra memoria histórica es un poco como los boletos de la Tómbola, algo azaroso cuando menos. Aunque me generó cierta grima aquel acto, nunca diría, como periodista, que fue un «fracaso».

De hecho, fue un éxito de convocatoria, pese a la inflación de datos, cosa que nos debe hacer reflexionar sobre el mundo que hemos creado y el vuelo de las complicidades.

MANIFESTANTES DESOBEDIENTES

La Delegación del Gobierno cifró la asistencia del 2-J en 25.000, cifra discutida, como suele pasar, pero que en cualquier caso llenó calles, imagen suficiente para no considerarse un «fracaso», palabra ésta cuyo uso siempre me ha irritado, leída en diarios tipo Marca o As.

Concentra toda la vis cainita, el micromaltrato faltón del pasivo agresivo que cuando quiere denostar al otro lo hace a través de ese insulto camuflado. ¿Qué es el fracaso? Yo no lo he visto en esta marcha. Tampoco, desde la distancia, he apreciado un desprecio al euskera, baste ver cómo el lema de la pancarta estaba escrito en bilingüe.

Diré también que lo que se organizó bajo el lema de «Por el futuro de todos en igualdad» acabó, lo cual confirmó mis prejuicios, siendo una excusa para sacar las banderitas de marras. Excepto la de Navarra, sobraban las de España y las de Ciudadanos.

Sería digno de tenerse en cuenta una suerte de control de acceso a las manifestaciones, en un paradójico gesto como muy antidemocrático. Así como a los recintos deportivos ya no se puede entrar con alcohol o con objetos metálicos, a las manifestaciones que defienden una cosa concreta se debería ir sin bandera dichosa ninguna. De lo contrario, se corre el riesgo de devaluar la reivindicación en sí, para caer en la cansina mi bandera es más grande que la tuya.

Ah, la igualdad. Quizá algunos pequemos de ingenuos al pensar que se puede gobernar bajo esa premisa, cosa harto complicada si de entrada un partido se define como nacionalista. En cualquier caso, la mani del 2-J no fue un fracaso, pese a que se cayera en la exhibición indebida de símbolos ajenos al acto en sí, desobedeciendo las recomendaciones previas de no hacerlo. ¿Conclusión?

El día que el euskera no sea noticia, será que estamos empezando a hacer las cosas bien.

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