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Blog / Capital de tercer orden

La navarrica

Por Eduardo Laporte 10 enero, 2017 - 0:28

La reivindicación de cierta navarridad legítima e histórica amenaza con cubrir los balcones de enseñas forales. ¿Nos apetece eso?

Escudo de Navarra. MIGUEL OSÉS
Escudo de Navarra. MIGUEL OSÉS

Me cuenta mi cuñado Oriol, catalán en Madrid, que la pasada cabalgata de los Reyes Magos en Barcelona estuvo trufada, como cada año, de esteladas. Algún cráneo privilegiado dejó caer que la estrella de la bandera tiene que ver con la estrella que siguen los reyes para guiarse hasta Belén y, hala, estelada que te cuelo. A mí me parece un poco coñacete esto de convertir las casas en una suerte de púlpito doméstico y personal desde el que expresar nuestra particular ideología con pantuflas. Todo es política, cierto, pero hay grados.

En Sevilla pude contemplar estos días pasados que más que política, quizá por estar libres del cieno nacionalista, allí tira la religión. Dios ha nacido, se leía en muchas ventanas, en unas telas rojas que también he podido ver en Pamplona, al final de la calle Mayor con Recoletas, concretamente, y que no me desagradaron. La religiosidad moderada me parece mucho más grata al ojo que la banderola montaraz, ya sea filoterrorista —porque a la demanda de una amnistía o una reagrupación echo yo en falta un mensaje de perdón o al menos de promesa de concordia futura que brilla por su ausencia—, o a favor de las energías renovables.

En Lavapiés, veo banderas republicanas, pero no son muchas. Nunca he visto en Madrid una bandera de la Comunidad Madrid, esa tela que parece haber sido diseñada en un despacho de Nuevos Ministerios y que tiene un tufillo a asepsia liberal como de hospitales Capio, que ya no se llaman así por cierto. Una cosa son los excesos del nacionalismo y otra nadar en aguas apátridas: Madrid es un poco así, un territorio arrealista en donde todo, y nada, es posible. A veces he llegado a entender a los apologetas del caganer y a los talibanes del txantxigorri. Aquí nos falta a menudo un imaginario colectivo, en esta eterna feria de muestras regionales que es Madrid si bien la ciudad tiene esa capacidad para fagocitar todo, porque una taberna andaluza en Madrid deja de ser una taberna andaluza y se convierte en una taberna madrileña. Con dos merengues.

A VER QUIÉN LA TIENE MÁS LARGA

Llegué a coger manía a la ikurriña porque, al menos en su uso en Navarra, era más una hostia en la cara que un loable ejercicio de libertad de expresión banderil. A los Sanfermines de 2013 me remito cuando, tras ese ejercicio de montañerismo urbano, desplegaron la ikurriña más grande jamás imaginada y años después, Asiron mediante, se colocó la enseña de sastrerías Arana con una excusa de realpolitik de corto alcance, que no dejó de ser un gol por toda la escuadra a la Navarra digamos más navarrista, que es la que cuelga ahora la bandera bautizada como La navarrica en sus ventanas.

Mi sobrino, nacido en Pamplona y ahora residente en Madrid, se ha colgado La navarrica en su habitación de Argüelles. Durante años relegada a trapo institucional, parece que despierta, o la despiertan, de su letargo. No sé vosotros, pero yo no tenía ni idea de que la bandera tuviera un nombre, La navarrica, aunque lo mismo se lo ha inventado Patxi Mendiburu y ni tan mal.

El sentimiento de pertenencia, esa necesidad de pronto de colgar una bandera, la que consideras legítima, quizá sea un león dormido que despierta cuando ve en peligro nada menos que su identidad. Quizá en España, ese país que, por mucho que se diga, no es nacionalista ni actúa como tal, recordando a cada tres lo español que es España, puesto que la España, vacía o llena, se sabe española, aunque no lo diga porque no pega o no hace falta, a diferencia de un Puigdemont o un Urkullu, que no dejan de repetir lo catalanes o lo vascos que son. Si hay que verbalizar algo, malo. El amor más auténtico es el que no precisa regalos ni tequieros. El amor verdadero —dijo Cohen, y me salgo del tema y además la idea es muy discutible— no deja rastro.

Yo quería escribir sobre La navarrica, que si es de 1558 o de cuándo, siendo en cualquier caso más añeja e histórica que la ikurriña, que no deja de ser una criatura imberbe en la carrera banderil, además de tener aún ese deje artificioso de quien quiso inventar una historia en vez de plegarse a la que ya tenía. La idea de que lo vasco no necesitara de ese batuificador, con perdón, que fue Sabino Arana, con su márketing identitario.

Lo navarro, en cambio, tiene su bandera bien clara, con su buena dosis de siglos, y sus ventanas prestas a colgar la navarrica pese al riesgo de que te tiren una piedra. El problema es que para otros navarros esa bandera no les representa y que para otros otros la verdadera o la que mola es la que prescinde de la corona, que tiene algo de Alfanova diseña tu propia bandera. Y luego está el Arrano Beltza que, según leo aquí, porque tampoco tenía ni idea, era el sello de Sancho el Fuerte, con lo que el hecho de que haya sido apropiado por el abertzalismo es meramente anecdótico.

Y luego hay muchos navarros a los que La navarrica no les dice nada y otros tantos a los que le parece un símbolo político y no uno cultural, que no es baladí. Quizá porque no están claros los sentimientos que representa, faltos de una libertad guiando al pueblo de Delacroix, y al final se reduce todo a un mi bandera contra la tuya, a un a ver quién la tiene más larga.

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