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Navarra y el campo mórfico

Por Eduardo Laporte 24 mayo, 2016 - 7:00

En mis visitas a mi tierra experimento algo más que un jet lag de proximidad: la percepción de un clima latente de confrontación disfrazada de cordialidad.

Campo mórfico en Pamplona.
Campo mórfico en Pamplona.

Los lugares son mucho más que sus monumentos y las atracciones que figuran en la Lonely Planet. De hecho, las guías turísticas no suelen incluir las sensaciones que exuda una ciudad y por eso el viaje no ha encontrado todavía sustituto: solamente yendo al lugar respirarás la esencia y entrarás en contacto directo con su campo mórfico. En Nueva York me topé con una cultura y omnipotencia del dinero más grande de lo qu esperaba.

Me sentí expulsado de aquel paraíso de las ‘tips’ sin haber ni siquiera entrado: (EEUU) no es país para pobres. En La Habana me sorprendió una picaresca que, ay, ingenuo de mí, supuse relegada a, como diría Pablo Iglesias, cierto lumpen y no tanto un mal endémico. Imaginaba yo partidas de ajedrez en las esquinas y comentarios sobre lecturas de Lezama Lima en ese tiempo suspendido que es el comunismo pero no: el tiempo no se puede suspender y por eso el comunismo es artificial y alienante.

Cuando viajo por Andalucía, me acuerdo de una entrada del diario de José Luis García Martín en que buscaba sin éxito una librería en Aguadulce, Almería. «Sensación de poca inteligencia en kilómetros a la redonda», suelta, descarnado.

No hablaría yo de inteligencia o falta de ella, pero sí un desinterés por el mero hecho de cultivarse y un vivir la vida tal como viene, sin defenderse de la agresividad que comporta el asumirla a pelo, sin ese paliativo que puede ser el simple hecho de querer ser mejor de lo que uno es. Sí, a veces he sentido eso en más de una provincia andaluza. En Francia, me encuentro bien, a salvo de los aguijonazos del nacionalismo mórfico.

En Navarra tengo, lo que se dice, sensaciones encontradas. Por un lado, cierta sensación de, como en Nueva York, paraíso al que uno no tiene acceso bien porque no quiso o porque no pudo. Un modo de organización social que exige carné, de cuadrilla, de peña, de club, de bando, de difícil encaje para los que hemos preferido la dulce incertidumbre del vacío a casarnos con nadie.

CLIMA EMOCIONAL

Todos esos elementos los he masticado casi desde que tengo uso de razón, pero nunca desde el enfoque del campo mórfico, porque no tenía ni idea de ese concepto hasta que leí este artículo. Ideas que están en el aire, mentes que se conectan de un modo que aún la ciencia no puede ni probar pero sí dejar constancia; ahí están las pruebas, las demostraciones de que ciertas sensaciones se transmiten como las esporas por el viento.

De que hay vínculos invisibles que no sólo configuran el variable ‘zeitgeist’ que nos toca vivir, sino el día a día. La vida cotidiana y su respectivo clima emocional.

Cuando me subo en un autobús rumbo a Madrid y dejó atrás la avenida Pío XII, siento una cierta liberación. Quizá porque dejó atrás ciertos fantasmas y avanzo hacia ese Madrid donde todo es posible. Siempre había pensado que esa relajación tenía que ver con dejar atrás algo del quejido por la vida que no fue, pero quizá sea algo menos personal y que tenga que ver, de nuevo, con las resonancias mórficas.

Como si escapara de un clima de conflicto, un ‘tiempo de tormenta’, aunque ya no haya combates en las calles ni se quemen cajeros ni haya políticos escoltados ni pintadas intimidatorias. Los años más acerados quedaron atrás pero con ellos no se fue el espíritu que se materializaba en esos actos. Es posible que sigan presentes, reprimidos, que es una forma de estar presente, y el aire esté más cargado aún.

La diversidad está muy bien, pero cierto grado de disparidad de posturas políticas, cuando la política es algo más que elegir el color de un voto, implica remar en direcciones contrarias en un eterno sokatira. Porque esa y no otra cosa es la política y, además George Orwell nos recuerda en Why I Write? que todo es política. Incluso la creencia de que el arte no tiene que ser político es, en sí misma, una opción política.

El chándal del abertzale, sus botas de monte, su pendiente, la estética de caserío es política, como lo son también, y esto puede rayar el sinsentido, las chisteras de la corporación municipal nacionalista que un diputado de Podemos, de modo un tanto simplista o quizá no, osó ridiculizar. Mientras, se mantienen, aislados, una serie de elementos en común que todos compartimos hasta que se demuestre lo contrario: los Sanfermines, Osasuna y diría la bandera foral pero tampoco. Las dos españas no me parecen tan enfrentadas, hoy, como las dos navarras.

'KITSCH FORAL'

Habla Milan Kundera del ‘kitsch’ en ‘La insoportable levedad del ser’ como ese conjunto de acciones y decisiones que van encaminadas en una dirección y en el que la estética es la punta del iceberg de esa actitud. La política tiene que ver con colocar las velas en una determinada dirección. La línea editorial de un periódico representa todo ese ‘kitsch’ y en Pamplona conviven líneas editoriales a menudo antipódicas. Ásterix y los romanos. No nos tiramos los trastos a la cabeza, pero se advierten miradas de una gratuita indulgencia. Porque cada cual considera, claro, que la dirección de su nave es la correcta y que es un acto de militancia estrecharte una mano blanda para que queden claras las divergencias.

Y hasta podríamos entender ese sentimiento banderizo, porque la bipolaridad es un estado cansado de sobrellevar y es humana la tendencia hacia el equilibrio, hacia la paz de espíritu, incluso a costa de aniquilar al vecino, al distinto. Lo intentaron Franco y los suyos y les salió rana. En nuestro caso, no queda otra que resignarse, como uno se resigna a un clima áspero o a las cuestas de su barrio, porque ante la perspectiva de una lucha fratricida surge el deseo de largarse a lo Chaves Nogales. Es decir, la apuesta por colocarse en un campo mórfico menos cargado, con esa cosa elegante y melancólica de la deserción, y a riesgo de secar sus raíces.

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