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Navarra no tiene su escritor

Por Eduardo Laporte 15 septiembre, 2020 - 8:40

Tras unos días en Urueña, vallisoletana Villa del Libro empapada del espíritu de Delibes, llego a esa desoladora conclusión

Una máquina de escribir antigua. ARCHIVO.
Una máquina de escribir antigua. ARCHIVO.

En la librería Alcaraván de Urueña descansa el libro que, apenas visto el título por el rabillo del ojo, motivará la redacción de esta insignificante columna. ‘Josep Pla y Miguel Delibes. El escritor y su territorio’, impecablemente editado por Sílex, que no compraré, pero que añadirá una agridulce rumia a la estancia de dos días en ese fascinante lugar en el corazón de Valladolid.

¿No conoces Urueña? Pues debes saber que es la única Villa del Libro que hay en España, puesta en marcha como tal en 2007, y con casi una decena de librerías repartidas en sus pocas callejas rodeadas por una muralla levantada allá por el siglo XII para protegerse de las acometidas de los pueblos de al lado. Así somos. Librerías y talleres de encuadernación, de caligrafía, restaurantes con su ración de modernerío como La Real y muchas pequeñas sorpresas más.

Urueña, qué nostalgia pesa sobre mí tras apenas dos días en Urueña, enclave de libreros, de lectores, de músicos. Allí está la fundación Joaquín Díaz, que es un músico legendario así como un etnógrafo que para nosotros quisiéramos, sin menospreciar la labor por ejemplo de un Julio Caro Baroja, gran estudioso de temas navarros cuya presencia póstuma no noto mucho en Pamplona. Me consuela comprobar que existe una plaza-rotonda en la Rochapea dedicada a su figura, a escasos metros de la estupenda escuela de teatro de Laura Laiglesia, Butaca78. Música, ya digo, porque extramuros se encuentra el villorrio de don Amancio Prada, otro personaje de los de dar envidia regional, que por cierto no se prodiga mucho por las calles de Urueña ni de pelar la hebra con este y aquel, nos comentaron, a diferencia del citado Díaz o el no menos ilustre Luis Delgado.

Después de dejarme algunos cuartos —en compañía de Porfiri Petrovich Cotión alias Lorenzo Durruti— en librerías como El Grifilm, Páramo, la citada Alcaraván o Primera Página, visité un museo dedicado a la memoria de Delibes, que nació hace 99 años y once meses a pocos kilómetros de allí, para no moverse mucho. Emiten una entrevista del escritor de origen francés (su abuelo era de Toulouse, además de sobrino del compositor Léo Delibes, de quien escuché hace poco una pieza en los conciertos del Jardín Botánico, todo está conectado, cierro paréntesis) con Joaquín Soler Serrano. Le pregunta el añejo periodista que por qué no le dio por lanzarse a las grandes ciudades, aquello de triunfar con las mujeres y correrla por el mundo, como para sí anheló Baroja, y contesta Delibes, mientras lía un pitillo, que lo natural para él era estar precisamente ahí, donde estaba su mundo, el mundo que quería descubrir, inventar, rescatar, inmortalizar.

El centro e-LEA Miguel Delibes (qué manía con complicarse con los nombres de las instituciones) muestra el apego del escritor a su tierra. Los personajes, pero también las ‘palabras y las cosas’, que nutren buena parte de una exposición temporal así llamada. Palabras y cosas en su mayoría extintas pero que nos ayudan a comprender el misterio de la vida, se usen o no. Como esa herramienta metálica tirada por bestias y que genera los surcos en los que posteriormente sembrar y cuyo nombre, como tantos en aquel museo, olvidé. Velón, tajuelo, harnero, bieldo, cuartillo, cántara, celemín.

Supongo que en Palafrugell tendrán un museo similar dedicado a su paisano más conocido, Josep Pla, otro personaje ubicado a su tierra, capaz de convertir ese anclaje geovital en una razón de ser, de vivir. Ahí está ese ‘Viaje en autobús’ o ‘La calle estrecha’ como ejemplos del arte de convertir el paisaje, la vida cotidiana de los pueblos, el silencio de los oficios, en literatura.

A eso se dedicó Delibes en la mayor parte de su vida y obra, con el mérito de escabullirse del costumbrismo centrípeto para lograr el don de la universalidad. Qué actual nos parece ahora ‘El disputado voto del señor Cayo’ y la pregunta fatal que se hace el candidato socialista en campaña electoral por aquella España que se vaciaba sin remedio: «¿Qué pasará cuando en todo este podrido mundo no quede un solo tío que sepa para qué sirve la flor del saúco?».

Miguel Delibes y Josep Pla supieron hacer literatura con la mejor materia prima posible: la que tenían a su alcance. Unieron una curiosidad de diversos filtros a una empatía por las gentes y lugares, para convertir eso en algo que pudiera interesar al otro, que es quizá lo fundamental del asunto. Rescataron el alma de su tierra y, sin maniqueísmos ni frentismos ideológicos, la pusieron al servicio de sus lectores. La divisa de Delibes que eligió Jesús, de la librería Alcaraván de Urueña, para decorar la fachada de su establecimiento, dice: «Si el cielo de Castilla es tan alto, es porque lo levantaron los campesinos de tanto mirarlo». Difícil transmitir tanto con tan poco.

Salgo del museo, con una Urueña aún vacía en la mañana de domingo, y pienso en quiénes son los delibes y plás navarros. Ya hablamos de Julio Caro Baroja, tan exhaustivo y riguroso como alejado de la ficción, vehículo a menudo necesario para transmitir ciertos conocimientos. Manuel Iribarren, Félix Urabayen, el doctor Arazuri, Ángel María Pascual, Sánchez-Ostiz… ninguno me resulta similar al perfil de los dos autores citados. ¿Ramón Andrés? Demasiado místico, with all due respect. ¿Escritoras? Que me aspen, pero no se me ocurre ninguna que encaje en ese molde. Quizá Pablo Antoñana sea quien más se asemeje al tipo de escritor de su territorio que buscamos. Pero pregunta a tu compañero de trabajo no ya si conoce a Antoñana (recuerdo su rictus serio, grave, del brazo de su señora, cuando iban a Correos) sino si podría mencionar un solo título suyo.

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