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Molestias del trato humano (en el bus)

Por Eduardo Laporte 26 Junio, 2018 - 8:09

Los viajes en transporte público pueden ser una delicia o un infierno: no hay término medio

Varias personas viajan en el interior de un autobús.
Varias personas viajan en el interior de un autobús.

Te diré que prefiero a menudo dejarme llevar que la sensación de me gusta conducir, que también. Pero esta última requiere de vehículos de alquiler, atascos al llegar a Madrid y ese miedo racional de darte una hostia. Esta vez, la estadística eres tú.

Así que a menudo opto por el transporte público, esas horas de libertad encapsulada, limitada, que quién sabe, igual es la verdadera libertad. La más placentera. La felicidad del ser humano está en la limitación, decía Goethe. Quizá la gente se casa por eso. Además, no me mareo leyendo. Un autobús con esa dulce resaca de haber disfrutado con tu familia de unos días campestres es el mejor lugar imaginable para leer.

Hasta que se sientan a tu lado Los Plastas. Hay varios tipos de Plómez de autobús, como puede ser el africano que habla alto y rápido de sus asuntos Western Union, pisos para veinte en la plaza Nelson Mandela y negocios improbables. Lo peor de cualquier tipo de tortura es la incertidumbre del final. A la tortura física —especialmente sensible para los hiperacúsicos, hay que crear un asociación para luchar contra la contaminación acústica circundante y omnipresente— se le une la tortura psicológica. ¿Cuándo acabará este tostón? Lo que duermen con gente que ronca saben de qué hablo.

Venía yo pertrechado con lo necesario para unas cuatro horas de autobús: ‘El estreno’, relatos de Pablo d’Ors, la autobiografía (in English) de Eric Clapton, ‘El País’, ‘El País Semanal’ y la ‘Jot Down’, ya que estamos. Pero pronto vi que leer en paz iba a ser harto complicado. En primer lugar, por los golpes que cada dos por tres daba en mi espalda la viajera de detrás, del trío Los Plastas, a la que tuve que llamar la atención como un auténtico «señor mayor». En segundo, por el parloteo incombustible de ese trío, procedentes de La Rioja alta o la Álava baja, no sé, jovenzuelos arrobados por toda esa vida que no les cabe en sí de gozo y que, precisamente por ese entusiasmo, me frené en aguar la fiesta, qué queréis. Más vale pasarse por exceso de vitalismo que por lo contrario y la juventud es también un poco eso.

HIPERACTIVIDAD

«Nos hemos pasado todo el viaje hablando», reconoció al llegar mi compañero de asiento, un mozalbete hiperactivo, que intentaba ver películas, hablar con sus amigas, dormir, y mirar en el móvil, todo a la vez. «¡Callate ya!», le espetaban ellas. «¿A qué os pego un puñetazo?», les respondía él, con una bravuconería cómica de, cómo decirlo sin ofender a nadie, mariquita de pueblo.

Los viajes en autobús son como una caja de bombones. Nunca sabes qué te va a tocar. A mí me tocó el acelerado chavalito que, cada vez que se giraba para hablar con sus compis, hacía un ‘manspreading’ de libro para pegar su rodilla contra la mía, ataviados los dos con pantalón corto, en mala hora.

La lectura se hacía complicada. Probé con la entrevista de la flamante directora de ‘El País’ al no menos flamante morador de La Moncloa. Correcta, bien, pero con ese tono de Tengo Una Pregunta Para Usted. La entrevista programa. La entrevista política. La entrevista corsé.

Quizá esa entrevista de qué va a hacer con las pensiones o la reforma laboral se la tendría que hacer Ana Blanco y un periódico particular ir más allá. ¿Qué sintió la primera noche en La Moncloa? ¿Se encontró con algún objeto de Rajoy? ¿Ha hablado con él desde que está en Santa Pola? ¿Se arrepintió en algún momento dado de haber llegado tan lejos? ¿En la soledad de sus giras por los pueblos de España, pensó de verdad que llegaría a presidente del Gobierno? ¿Se lo perdonará Rivera alguna vez?

Leo con esfuerzo las cinco o seis páginas de entrevista y concluyo que quizá la figura de un expresidente sea más interesante. En términos literarios, la política, mientras pasa, no es atractiva.

EL ÉXITO

Salto a Richard Ford, en ‘Jot Down’. Hay algo en esa revista que me resulta también envarado. Como si el deseo de ser cool predominara sobre los contenidos, devaluándolos. Apunto una referencia: ‘El espíritu de la naturaleza’, de Emerson, que para Ford, ha sido su «Biblia», eso dice. «Los ensayos de Emerson han sido mi guía durante cuarenta y cinco años». Ojo. Llegamos a Belorado. Nos queda Nájera y no sé cuántos pueblos más.

Los Plastas siguen a lo suyo. ¿Qué vamos a cenar? Coñe, si aún no son ni las siete. ¿Cien Montaditos? ¿McDonald’s? «Pixa». Síiiiiiiiiii, todos, todas, tienen hambre de «pixa». ¿Pero nos duchamos antes o después? Buah, yo ya me he duchado hoy. Eh, pero yo duermo contigo. Paso, tú duermes en la cama pequeña, qué te has creído.

Vuelvo a la autobiografía de Clapton. Es sincera, sin pretensiones. Me gusta esa suave transición niño solitario a músico aficionado para después, con apenas veintipocos, codearse con Jimi Hendrix, los Beatles y hacer una jam session con BB King. Viendo a Buddy Guy siente que está llamado a ser un frontman y dar la cara. Deja plantado a John Mayall y los bluesbreakers y monta Cream. No buscaba el éxito, dice, sino el modo de hacer la mejor música posible, con las herramientas que tenía a su alcance.

Quizá eso y no otra cosa el éxito. El deseo de ser bueno en tu campo y disfrutar en el camino. Hace tiempo que acaricio esa idea y por eso, con la compañía de mis libros y una semana productiva en el horizonte, el trío de Los Platas, sus ‘molestias del trato humano’, que decía aquel, apenas me roza. Hace años habría encarnado al mismísimo Nick de ‘Un día de furia’. Cualquier tiempo pasado fue peor. Pero qué pelmas.

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