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Blog / Capital de tercer orden

Menos ‘La La Land’ y más Fernán Gómez

Por Eduardo Laporte 27 febrero, 2017 - 23:23

Hay un cine español de culto que las series y Hollywood han sepultado mientras el mundo sigue como si tal cosa

Portada de la película El Mundo sigue igual, la original y la del 50 aniversario.
Portada de la película 'El Mundo sigue', la original y la del 50 aniversario.

Me ha quedado un titular de viejo reaccionario y amargado, pero es lo que hay. La realidad, por otra parte, me lo ha arruinado, cuando todos dábamos por hecho que el colorido musical sería el claro ganador. Pues no.

Mi opinión, porque si algo hay que hacer en esta vida es opinar de ‘La La Land’, es la siguiente: estupenda película naíf y visual y como un caramelito que te tomas un domingo de primavera, pero más vacía que los bolsillos de Carpanta.

El final, eso sí, SPOILER, emociona porque hay algo de desgarrador en el hecho de que dos vidas que se suponía iban a ir de la mano lo hagan por caminos divergentes, con ese duelo en vida de los dos protagonistas que trae el desamor. Por otra parte, la película cae en lo que critica: venderte cine de consumo facilón como caviar cultural, cuando, mire ushhté, no, a pesar de esas buenas canciones que no volví a escuchar. La película, que hace pensar en aquella de ‘Los paraguas de Cherburgo’, está viva y es bonita y luminosa y todas esas cosas, pero es tan compleja como el barco pirata de los clicks.

Complejidad y hondura he encontrado en cambio estos días en una serie de películas clásicas españolas. Nunca es tarde para descubrir esas joyas escondidas, en una historia del cine español que, durante el franquismo, no fue tan páramo como creíamos gracias a una santísima trinidad del séptimo arte que formarían Berlanga, J.A. Bardem y Fernando Fernán Gómez, al que alguien llamó «nuestro Orson Welles». Y en cierta manera lo es, por su cualidad de hombre orquesta del cine, con un carisma a la altura de un Woody Allen castizo. Quienes quisieron desbautizar el centro cultural que lleva su nombre seguramente pensarían que sólo había hecho papelitos en series como ‘Los ladrones van a la oficina’.

NEORREALISMO PATRIO

Sólo por películas como la desconocidísima ‘El mundo sigue’, de 1963, este señor merecería los altares eternos, exageración arriba, hipérbole abajo. Se me ocurren pocas películas que retraten mejor una sociedad, la española del franquismo, con tanta nitidez y lo que podríamos llamar como empatía social. Porque no basta con hacer de cine-ojo a lo Dziga Vértov, sino elegir unos personajes  y unos ángulos. Y en esta película se muestra con maestría que aquellos eran tiempos duros, tan duros como desquiciar a media parte de la población y alienar a la otra media. Vida de currito.

Vida de esperanzas siempre puestas como la zanahoria que precede al burro: la quiniela del domingo como solución a todo. Bien visto, tampoco hemos cambiado tanto. Nuestra quiniela pasa hoy por dar algún pelotazo, más o menos grande, una jugada inmobiliaria con suerte, una herencia si eso, y sortear un panorama de sumisión a una nómina que en muchos casos alcanza para tan poco como para los protagonistas de ‘El mundo sigue’.

La película, raro en la época (y hoy), supera con creces el test de Bechdel, y no recurre a personajes femeninos para asuntos de amor, sino que entre los papeles de Lina Canalejas y Gemma Cuervo demuestran en toda su crudeza cómo el cainismo es también cosa de hermanas. No es sólo odio fraternal, sino la indignación de una ante el proceso de perversión de la otra. Esas mujeres que aceptaban regalos de hombres «con posibles», cayendo en una suerte de prostitución con abrigos de visón, bienestar y estatus social en lugar de billetes de saldo y esquina.

El final, estremecedor, es todo un homenaje a aquellos que no pudieron soportar tanta miseria humana, moral. Como los propios padres, mezquinos, o el hermano meapilas que entiende la religión como un azote mojigato de los descarriados más que como un camino de luz.

La película, considera ‘maldita’ para su autor, pasó la censura pero la crudeza de su mensaje la condenó a una exhibición testimonial, con un único pase en Bilbao y décadas fuera del circuito. Supuso también la oportunidad de estrellato perdida para Gemma Cuervo, conocida únicamente para muchos por su papel en ‘Médico de familia’.

MÁQUINA DEL TIEMPO

El cine nos permite viajar en nuestra propia historia. A través, de la microhistoria. ‘Calle Mayor’, de JA Bardem, manda todo un recado a ese vida en provincias sostenida por la brutalidad. Ese pandillismo machoálfico cuya crueldad condena a la muerte en vida de «la solterona» que encarna Betsy Blair. Una ciudad de provincias que es todas, Logroño, Palencia o Cuenca, y en las que, bajo las apariencias de concordia social, se cuecen las mayores sevicias, como la que padece la protagonista.

Estas películas nos permiten ampliar nuestra memoria, que supera entonces la mera biográfica. Nos ayudan a percibir el imaginario sentimental de nuestros padres y abuelos. Apreciar los hábitos cotidianos, como esa merienda de galletas mojadas en agua con azúcar de ‘El mundo sigue’, pues el fantasma del hambre era bien real.

Pero, sobre todo, el espíritu de una época con sus luchas cotidianas y uno ideales —secuestrados la mayoría durante el franquismo— que se resisten a su extinción. Las películas de Rohmer o el ciclo Antoine Doinel de Truffaut son un deleite visual en ese sentido. Pero me parece más fascinante ver el Lavapiés de los años cincuenta, de un fascismo impoluto, en la ‘Surcos’ (1951), que muestra cómo Franco maltrató (y esto lo dice Sergio del Molino en ‘La España vacía’) el mundo rural. Un rechazo a esa parte del país que provocaría esa estampida, porque decir éxodo es demasiado decir, del campo a la ciudad, dejándonos ese sindiós desarrollista que sufren nuestras retinas a día de hoy.

Todo esto, claro, no te lo dice ‘La La Land’.

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