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Marca Navarra: ¿dónde estás que no te veo?

Por Eduardo Laporte 30 octubre, 2018 - 9:04

Uno reconoce los restaurantes gallegos, vascos, asturianos, andaluces, italianos y nipones, pero los gastroforales se esconden

 El escudo de la botella de Príncipe de Viana.
El escudo de la botella de Príncipe de Viana.

Somos lo que comemos, se suele decir. ¿Cómo somos los navarros? ¿Cómo se nos ve en el mundo? Es más fácil definir a un navarro que a un aragonés, empero, con este método gastroidentitario. Pero quizá no a un murciano, con sus arroces caldero y su huertismo del que han hecho bandera. La huerta navarra lo mismo es mejor, pero la exaltamos a nuestra manera, o sea, mal.

No piensa lo mismo Ignacio Peyró, flamante director del Instituto Cervantes de Londres (lo que me genera gran envidia siendo más joven, o menos viejo, que yo) al que tuve el placer de entrevistar la semana pasada por la publicación de su estupendo ‘Comimos y bebimos’ (Libros del Asteroide). Considera Peyró que la marca Navarra se asocia a «comer bien», y esa una idea bien vendida.

«No así la de la navarridad, que ese es un plato mucho más complejo, en un mundo en que los de Tudela comparten territorio político casi con los altos del Goierri». El peculiar contraste en entre el saltus y el ager que, no obstante, ha generado particulares vínculos entre los navarros, y a mis abuelos, la trashumancia, y mi propia existencia en este mundo me remito.

Lamenta Peyró en el libro la extinción de aquel restaurante Príncipe de Viana que enarbolaba la bandera foral en el cogollico de Chamartín, «como una emanación del Viejo Reyno, como un desmentido a ese Aymeric Picaud —peregrino medieval a Compostela— que dio en definir a los navarros como gentes “que comen y viste puercamente”».

Precisamente ayer descorché una botella de Príncipe de Viana, cosecha 2011, 100% tempranillo, que descansaba en mi bodeguita de nueve botellas. Un vino redondo, pardiez, que me provocó un estado de bienestar que me tuvo cosa de un par de minutos observando el escudo de la botella, presente también en el precinto del corcho. Ese cuño, o sello, que de estas cosas no sé, con el que firmaba el ilustre príncipe Carlos de Évreux sus documentos oficiales y que en un país normal estaría presente hasta en la sopa. En Foralia, lo tenemos en instituciones, premios, rotondas y botellas de vino, que tampoco está mal, pero con mi lucida placidez vinícola eché en falta una mínima explicación de qué diantre significa ese fermoso emblema en la susodicha botella. Me dice Ancín que son sus iniciales, su firma, pero yo no encuentro nada en Google. Así nos va y mira que odio esa expresión. Macerado en barrica, ideal para asados, carnes y verduras, todo ello también en inglés, pero qué significa ese curioso logotipo renacentista pues ya si eso. Las divisas. Nos la pela todo.

LA NAVARRA BELGA

La marca Navarra, la marca que sea, no se hace dando la turrada, como tampoco se hablará más euskera poniendo más grandes las letras o con porcentajes pereza en las pruebas de acceso al funcionariado hiperlocal. La marca, en su sentido, menos comercial, tiene que ver con las esencias. Y las esencias navarras se nos escapan o no las estamos trabajando bien más allá de ese intervalo entre el Chupinazo y el Pobre de Mí.

Viendo a Puigdemont en su escondrijo bruselense, pensaba que Navarra es un poco Bélgica. Con sus flamencos y sus valones, su norte y su sur, su tejido industrial, su mundo agrícola. Por eso la marca belga se aprecia tampoco en el contexto internacional, que si Tintín por aquí, mejillones por acá, un gofre acullá y nada más triste que esa cervecería belguísima de la calle Santa María de la Cabeza, Madrid. Porque si ser belga es triste, serlo en Madrid es más aún.

Ser navarro no debería ser triste. Porque Navarra no es Bélgica. Sin embargo, le doy la razón a Peyró. La idea de la navarridad está aún más verde que los guisantes de Guetaria que tanto le gustan. Y mientras tanto, se nos comen la txistorra

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