Blog / Capital de tercer orden

Manifestontos antirracistas y la personalidad líquida

Por Eduardo Laporte 09 junio, 2020 - 8:42

El pasado domingo se reunieron en la Puerta del Sol cientos de ‘manifestontos’. Sin minusvalorar la vida de Floyd, parecieron olvidarse de otras vidas aún en riesgo

Manifestantes en la Puerta del Sol durante la concentración convocada en Madrid por la Comunidad negra africana y afrodescendiente en España (CNAAE) contra el racismo, tras la muerte del ciudadano afroamericano, George Floyd, durante su detención por la policía de Minneapolis. EFE/ Rodrigo Jiménez
Manifestantes en la Puerta del Sol durante la concentración convocada en Madrid por la Comunidad negra africana y afrodescendiente en España (CNAAE) contra el racismo, tras la muerte del ciudadano afroamericano, George Floyd, durante su detención por la policía de Minneapolis. EFE/ Rodrigo Jiménez

«Abajo la agonía», «¡Abajo el sufrimiento!», «Protestad contra el dolor», «¡Sí a la vida eterna!», «¡Sí a la conciencia eterna!», «¡Si a la dignidad humana!», «¡NO a la pasividad!», «¡NO a la cobardía!», «¡NO a la resignación!». Estas particulares proclamas las parodia Mircea Cărtărescu en su fenomental novela ‘Solenoide’. Son los piquetistas, los que morirán «con la razón en la mano».

La manifestación del pasado en domingo en Madrid contra el racismo me hizo pensar en aquellos piquetistas cargados de razón. Porque, ¿quién va a estar en contra de las protestas contra los abusos policiales en EEUU y de que se señale y condene el odio a los negros? Nadie. Pero hay que estar ahí, en la foto, en Instagram, a pesar de que con ello se ponga en riesgo a un país entero que sale a duras penas de la mayor pandemia que se recuerda. Respecto a la que tuvo lugar en la Rochapea de Pamplona, alguien respondía que los manifestantes eran «cívicos y solidarios». Como si el carné de ciudadano ejemplar repeliera los ‘viruses’. Había algo de siniestro en los carteles de ‘I can’t breathe’ que parecían no tener en cuenta a los miles de muertos por, precisamente, esa falta de aire en los pulmones más débiles colonizados por el maldito coronavirus.

Esta prisa por reivindicar los derechos humanos del pueblo afronorteamericano, justo ahora, parece responder al deseo de colocarse en el lado del bien, de los justos, en el salón de los más solidarios entre los cívicos, mientras se desprecia con agresiva pasividad a los que no secundamos estas concentraciones extemporáneas y se pasa por el alto el riesgo de rebrotes covidianos. «¡Cómplice!» es lo más suave, «¡fascista!», lo más fuerte, que suena también a racista así que estupendo, dos por uno . Porque ahora todos somos fascistas y racistas. Menos los antifascistas y las antirracistas. Los antimal y las probien patrocinados por Maniqueísmos Puntocón. Churchill, ¡fascista! Es probable que muchos de estos piquetistas modernos sean hijos de verdaderos fascistas de espíritu, padres y madres castradoras, de una estrechez de miras apabullantes, que se traduce en estos rebeldes del postureo que, ya digo, ante todo tienen que señalar su condición de inmaculados sociales. Caen así en la paradoja de sentirse superespeciales y superdrásticos en medio de la masa. El signo de los tiempos. Léase el reciente ‘Imitación del hombre’, de Ferran Toutain (Malpaso).

Una vez me increpó una pareja de negros en la plaza del Reina Sofía de Madrid. «¡¿Qué estás mirando, tío?!». Lo cierto es que andaba sumido en cavilaciones varias sobre el destino de la condición humana mientras repasaba mentalmente la lista de la compra, con mi habitual ceño fruncido. No se me pasó por mi blanca cabeza que sintieran que les miraba con inquina por el hecho de ser negros. No entendí el racismo porque nací sin que nadie me juzgara nunca por mi raza: supongo que ese es el famoso privilegio del hombre blanco hetero. Sería un enriquecedor ejercicio que nos pintásemos un día del color de la pez para sentir en propia piel, nunca mejor dicho, la experiencia de ser negro. Una vez me coloqué detrás de una mujer, en el metro, que gastaba un vestido ceñido, e hice mías las miradas lascivas de todos los viajeros hombres mientras caminaba unos metros por detrás. No resultó agradable.

Confieso que los problemas de racismo me sonaban a cosa superada una vez, grosso modo, Michael Jordan se convirtió en el deportista, con permiso de Induráin, más alabado de todos los tiempos. Luego entrevisté a Kristian Gore, hija de Al Gore, por su novela ‘La dulce Jiminy’, y me convencí de que el problema no estaba ni mucho menos atajado. «Es sorprendente que haya tanto racismo y tanto odio en EEUU», me dijo, para ponerme después ejemplos como el de una pareja interracial que se encontraba todas las mañanas una cruz quemada en su jardín.

Efectivamente, hay racismo, pero quizá porque antes hay aporofobia. ¿Cuántos propietarios de un piso alquilarían su vivienda a un negro que investiga una vacuna contra el cáncer en el MIT y se lo pensarían dos veces antes de optar por un parado castellano, divorciado, con tres hijos y nariz violácea de alcohólico?

En mi adolescencia, me dediqué a coleccionar las zapatillas Nike Air Jordan. Pagas de la abuela, de Reyes, del cumpleaños, de mi tía Blanca, de mi padrino… Todo iba a ese capricho de mozalbete frivolón fascinado por las cabriolas de Michael Jordan, el 23, como mi número de lista en clase. Era el tiempo de los viernes de ‘Cerca de las estrellas’, con Ramón Trecet, y la fascinación por aquellos most valueble players, ya fueran blancos o negros. Nos daba igual Larry Bird que Magic Johnson. En mi habitación, frente a la cama, se desplegaba un poster enorme de Dominique Wilkins, en pleno mate con sus Atlanta Hawks. Pequeña traición al bueno de Jordan, de quien tenía no solo sus zapatillas —aquellas revolucionarias, hoy valdrían una pasta, enteramente negras, con un abalorio rojo para sujetar los cordones—, sino también sudaderas, camisetas y gorras varias. Una moda ‘street wear’, como aquella del mundo skate, Santacruz, Vision, Powell-Peralta, que se revaloriza en las casas de subastas.

Veíamos series como ‘Webster’, ‘Arnold’, ‘El príncipe de Bel-Air’, ‘Cosas de casa’, con las tribulaciones del gran Steve Urkell para conquistar a Laura Winslow. Basta rascar un poco en la memoria para que salgan todas esas series protagonizadas por negros: ‘Vivir con Mr. Cooper’ o el clásico ‘La hora de Bill Cosby’. Curiosamente, y quizá esto fuera una torpeza de los guionistas, en la mayorías de las series de negros apenas había blancos, contribuyendo a reforzar la idea de gueto. Aunque fueran ‘guetos’ tan lujosos como el Beverly Hills de la mansión del tío Phil, donde lo más blanco era el rostro de un amulatado Jazz, el personaje que siempre salía expulsado en volandas.

Escuchábamos música de negros, como el blues de Robert Johnson, las fantasías guitarriles de Jimi Hendrix y los gorgoritos de Stevie Wonder. Veíamos pelis con negros que, esto es cierto, en su mayoría estaban relegados a papeles secundarios o a películas de acción. No imagino un ‘Bailando con lobos’ protagonizado por Denzel Washington en el papel de Kevin Costner, quien enamoraría, en todo un ejercicio interracial pero también interclase, a la Whitney Houston de ‘El guardaespaldas’. Nos importaban las vidas de los negros porque no sentíamos que valieran menos. Formaban parte de nuestra cultura, de nuestros referentes, de nuestra memoria. ¿Racismo estructural? No lo sentí mientras crecí, ¿quizá por ser estructural?

Conclusión de este largo y errático artículo: bienvenidas todas las manifestaciones, a poder ser tras la desescalada, por favor, contra el racismo. Pero no olvidemos que la lucha contra el racismo, como tantas otras cosas, se combate antes que nada en nuestro interior. Claro que eso no da likes ni contribuye a la forja de las personalidades líquidas de los piquetistas modernos. Mientras, su urgente solidaridad de tufillo HBO acaba resultando tan insolidaria como desprovista de valor.

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