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Blog / Capital de tercer orden

Maneras de vivir: la apuesta neorrural 

Por Eduardo Laporte 10 mayo, 2016 - 1:09

En Lakabe casi llevan cuarenta años desafiando al capitalismo, en silencio y a su aire. Su último proyecto colectivo, una editorial, da muestras de la pervivencia del espíritu originario

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Fotos de JUAN SORBET.

¿Puede haber un nombre más bucólico para un valle que el valle de Arce? Los pueblos que los conforman nos suenan ya más hiperlocales, que si Arrieta, Azparren, Nagore u Oloriz. Pero, Arce, valle de Arce. ¿Quién no lo dejaría todo para irse a vivir a valle de Arce?

Imagino que las motivaciones que movieron a esos primeros pobladores, pioneros del decrecentismo y de un movimiento jipi —por simplificar y con perdón— que llegó tarde a nuestros pagos, tendrían razones de más peso que el atractivo de un ‘naming’ rural. Fue en 1980, pasado ya el furor lisérgico y revoltoso de finales de los sesenta en el mundo entero, cuando brotaba esta comunidad de rebeldes con causa en Lakabe, Navarra. No en el desierto de Almería ni en los alrededores de San Francisco, California, sino en la merindad de Sangüesa, a 40 kilómetros de Pamplona.

Acabo de leer ‘La España vacía’, de Sergio del Molino, donde se analiza ese raro fenómeno, único en Europa, de un centro del país prácticamente despoblado y en vías de extinción cultural, social y económica. Madrid es una isla hiperpoblada en un páramo de miles de kilómetros en el que las ciudades con más habitantes se encuentran a cientos de kilómetros (Zaragoza, 320kms, 666.058 habitantes; Valladolid, 190 kms, 306.834 habs.).

El resto, la España vacía, comprende las dos castillas, Extremadura, Aragón, La Rioja y parte del norte de Andalucía y registra densidades de población en algunos casos inferiores a las de Finlandia. En cualquier aldea de Soria, de Teruel, de Cuenca, pueden surgir Lakabes en cualquier momento. ¿Por qué no lo hacen con más ímpetu? Las maneras de vivir —como decía aquella campaña de promoción del turismo de Navarra, basada en la famosa canción de Rosendo— convencionales siguen teniendo más tirón, como indican con descaro las cifras de habitantes: Pamplona, 196.166; Lakabe: 40.

¿Qué le mueve a uno a dejarlo todo para abrazar tamaña austeridad, en las antípodas del consumismo? Un amigo, con el corazón roto por un desamor, ingresó en el monasterio de la Oliva. Fui a visitarle un domingo. Sacrificó su cena, pescado y una pera madura, para verme. Me contó que rezaba todo el día por los desfavorecidos. Nos abrazamos al despedirnos y olía a tela de saco. Me dijo que mi visita había sido «un regalo». El domingo, en ese universo de silencio, podían hablar si venían visitas. Eran monjes cistercienses trapenses. Luego supe que se salió de la orden, pero sentí algo de envidia de ese ora et labora y, aunque por momento pensé que había enloquecido, me pareció necesario que hubiera gente como él, gente en monasterios.

SENCILLEZ DEL ESTAR

Algo de eso hay en Lakabe, como leí hace poco en esta prolija entrevista a una de las promotoras, Mabel Cañadas, interesante figura que irradia sensatez a la hora de hablar del proyecto. En la entrevista se refiere a aspectos nada baladís como «la sencillez del estar» y cita a personajes inspiradores como Ghandi, modelos a la hora de lograr una particular conquista: la de vivir el momento presente. Con lo que haya. Con lo que se tenga.

Y en mantenerse ocupados, porque en comunidades como Lakabe, tras discusiones asamblearias que se me antojan no obstante ásperas, se decidió que el dinero de fuera, las nóminas, no eran bienvenido. Había que vivir por y para el pueblo, desde el pueblo. ¿Puede haber un mayor jaque, no sólo al consumismo generalizado, sino a la globalización en general? Imagino que los suministros, el propio internet donde alojan la web de la editorial que acaban de lanzar, (h)uts, se aceptan aunque sean de fuera. ¿Cómo fabricar unas tijeras? ¿Y una bombilla? Empezar de cero, ser íntegramente autosuficiente, se me antoja un retroceso. ¿Para qué fabricar un taladro si lo puedes adquirir por internet? Sin embargo, el camino es el fin, llegar es lo de menos. ¿Qué le falta a Robinsón?, se pregunta Fernando Savater en ‘Industria y melancolía de Robinsón’. Porque el náufrago-rey está triste y melancólico. Lo que le falta es otro naufragio, se responde él mismo. Para volver a empezar.

EL RETO DE LA CONVIVENCIA

Después de una estancia de cinco meses en Lanzarote, he tomado conciencia, para bien o para mal, de mi sangre urbanita. Me gusta sentir la ciudad y acoplar su ritmo al mío, quizá porque mi ritmo se parece más al de una gran ciudad, nervioso, a varias cosas a la vez, que al de una isla de la calma como puede ser la hermosa Lanzarote. ¿Podría vivir en una comuna autogestionada? ¿Podrías hacerlo tú? Hay quien decía que hay algo indecente en vivir como un adaptado en un sistema cruel y alienante como el nuestro. Que los marginados nos daban, con o sin quererlo, o una lección de dignidad y resistencia.

Puede que algunas de esas motivaciones, el cultivo de la riqueza interior, la contemplación, la aspiración a vivir en el ahora, en lo sencillo, en el desapego que propugnan las filosofías orientales, fueron las que llevaron a aquellos pobladores de Fago, que en el libro de Del Molino se definen como ‘neorrurales’, porque venían de ciudades más o menos grandes, a hacer lo que hicieron.

¿El asesinato del alcalde, Miguel Grima, un tipo con fama de tiranuelo, certificó su fracaso como sociedad alternativa? Cuenta Del Molino en su ensayo que el ambiente que encontró no fue precisamente acogedor. ¿Eran seres esquinados los que apostaron por esa vida ‘outsider’, creyendo que así encontrarían una felicidad que la sociedad más convencional les había negado? ¿O realmente tenían algo de pioneros en el desarrollo de otras formas de organización social? ¿Lo son en Lakabe? ¿Reciben con los brazos abiertos al visitante o con miradas de suspicacia envueltas en buenrrollismo de quita y pon? ¿Mabel Cañadas ejerce cierto rol ‘diplomático’ para con los visitantes?

El principal sustento económico de la aldea es la venta de pan, que despachan en Lakabeko Okindegia. Pan por supuesto ecologiquísimo y realizado íntegramente in situ, supongo que con productos cultivados por ellos y fabricado con las manos de los lakabekotarras. ¿A qué sabrá ese pan? ¿Qué ambiente se respirará en Lakabe? ¿Les gustará que se hable de ellos: ese dilema entre dar a conocer su producto pero no querer que se masifique la demanda?

En cualquier caso, como la presencia de un monasterio impregna de una extraña paz a las tierras circundantes, poblados como Lakabe deberían de hacer lo mismo. Dicen que durante un tiempo se les miró con recelo, en el propio valle. Pero su sola presencia, inadvertida por la mayoría de los navarros, es ya una declaración de intenciones válida en sí misma. Un templo involuntario.

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