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El libro que salvará los Sanfermines

Por Eduardo Laporte 27 junio, 2016 - 23:33

‘7 de julio’, de Chapu Apaolaza, actualiza el relato de la fiesta con la excusa del encierro, pero en realidad habla del misterio y la magia la vida con hechuras de maestro literario

Portada del libro '7 de julio', de Chapu Apaolaza.
Portada del libro '7 de julio', de Chapu Apaolaza.

La frase no es mía, sino de mi amigo de la infancia y vecino de los años de Sarasate, Beñat del Coso, que ahora se ha hecho taurino, quizá por el destino que le marca su apellido. La soltó tras la presentación, el pasado 23 de junio, en Madrid, de ‘7 de julio’, de Chapu Apaolaza: «Este libro salvará los Sanfermines».

Introdujo el acto el periodista Juan Ramón Lucas, en una de las presentaciones más emotivas y auténticas que, en un mundo trufado de postureo como es el literario, recuerdo. Porque Lucas quería adherirse a la causa de Chapu, a Pamplona, a los Sanfermines; dijo incluso con la boca pequeña que correría el encierro o que al menos se acercaría para aprender a hacerlo. Hablaba con el entusiasmo casi iluminado de quien ha descubierto una verdad y quiere compartirla. Como si los demás nos estuviéramos perdiendo algo bueno y valioso y se sintiera en el deber de hacerlo.

La cosa valiosa son los Sanfermines, a menudo puestos en entredicho por su conversión en una bacanal tosca y mugrienta, por la violencia que emana la fiesta taurina vista desde determinados ojos, por un programa fiestero que este año se me antoja igualmente perecil y verbenero y también por el duelo a menudo desfavorable entre civilización y barbarie. Y  en esto que llegan estas páginas para inclinar la balanza a favor de la tradición, de los Sanfermines más puros, pero sin discursos gazmoños.

Apaolaza, que nació un 6 de julio de 1977 en San Sebastián, defendió su libro a la antigua usanza. Con un discurso sin interrupciones, de una pieza, vivo. Habló de su padre, que le enseñó a correr el encierro, poco antes de morir, y de si los que corrían estaban locos o tenían alguna tara especial. Habló de la necesidad de poner la vida en el filo para sentirla en toda su intensidad, de cómo escribe sobre lo que ha vivido y de que, en ese sentido, había hecho su trabajo antes de sentarse a escribir ‘7 de julio’. Y habló del miedo. «Hoy es el día que menos miedo vas a tener, porque aún no sabes todo es», le había dicho su padre, en esa mañana iniciática.

CONTAGIAR LA PASIÓN

Lo publica en ‘Libros del K.O.’, una editorial que publicaría a Hemingway antes de que fuera Hemingway. Hay editoriales que engrandecen al autor y autores que engrandecen al editor; en este caso, ambos se benefician, aunque quizá salga mejor parada la editorial, porque este libro es una joya que no será flor de un día. Temeroso de que el entusiasmo de Juan Ramón Lucas fuera mera compadreo de ocasión, abrí el libro con mis proverbiales prejuicios más aún cuando ejerzo de sanferminero sui generis en la distancia; pues bien, este libro me ha devuelto una pasión que tenía agazapada. 

Y sé que este libro contagiará esa pasión a las nuevas generaciones, como hizo Hemingway en su día, y quedará como un impagable canto, realista, sucio, real, bello, a unas fiestas de futuro incierto. ‘7 de julio’ ha llegado para salvarlas o, cuando menos, insuflarle un chute de energía que las mantendrá vivas, en plena forma incluso, unas cuantas décadas más. No subestimemos el poder de la (buena) literatura. Hemingway no lo hizo.

7 de julio’ reúne las mejores virtudes de lo que se vino en llamar el Nuevo Periodismo y del que leemos libros ahora del justamente rescatado Manuel Chaves Nogales, precursor sin saberlo de todo eso. A la calidad literaria se le une el valor de lo real, el mérito de conseguir emocionar simplemente con la vida, sin necesidad de otros afeites pero sí con un estilo rico y original que te mantiene pegado al texto.

Es una literatura tan en vivo y en directo como sólo lo puede ser un encierro: lo que lees, lo que ves, es, como el documental que se cita en el libro, pura vida. Por eso va directo al corazón y uno no puede dejar de vibrar con la sucesión de pequeñas historias, seleccionadas con vocación de antólogo, que va introduciendo Chapu. A eso, se le suman unos insertos autobiográficos en la línea de la mejor literatura testimonial, de duelo, de vida.

Porque todo este libro juega con esos dos extremos propios del Tao: la muerte nos da la vida y viceversa. Aceptarlo es una lección de dignidad, de escuela de vida. Por eso el encierro no deja de fascinarnos y encierra, nunca mejor dicho, una sabiduría que se pierde en la noche de los tiempos mientras resiste los embates racionales, o no tanto, más duros. Por eso, quienes sustentan ese rito jugándose el pellejo, no dejan de ser unos actores necesarios para recordarnos algo de lo que habló Viktor Frankl en ‘El hombre en busca del sentido’: la necesidad de la tensión para apreciar la calma. Esa es nuestra condena y por eso los Sanfermines son la fiesta total porque no ocultan esa realidad.

UNIVERSALISMO

‘7 de julio’, de Chapu Apaolaza, nos llega transido de unos valores que hay que ser muy cenizo para no compartir. Ese antinacionalismo que, como sabe quien ha estado alguna tarde en los toros de Pamplona, se te cuela por los poros. Ese rato, sea en Sol o Sombra (esos dos extremos de la fiesta, interconectados, también y tan bien contado en el libro), de hermanamiento con unos tipos de Cádiz, de Badalona o de Castro Urdiales. Ese foro romano en el que, aunque sea mentira, todos nos creemos iguales. Se produce un antinacionalismo o una fusión de todas las banderas en una, para converger en otro tipo de nacionalismo, un nacionalismo universal, un orgullo de estar vivo y formar parte del mundo. A costa del sacrificio de seis toros, sí, lo sé.

El libro de Chapu consigue transmitir algunas verdades sanfermineras, simples y complejas a la vez, como la vida misma. Consigue lo que logra los buenos escritores: dar vida a la vida. Rescatar lo que está en la vida para, al ponerle nombre, darle más vida aún. No hay que leerla en clave hiperlocalista, porque es una obra universal, sólo que con las raíces bien hundidas en un hábitat humano y cultural; nos conecta, como lo hacen también los Sanfermines, con nuestros potenciales yoes que habitan en el resto del mundo. Porque todos somos un poco Matthew Peter Tassio, o sus familiares cuando llegan un 15 de julio de 1995, «el día más triste del mundo», al aeropuerto de Noáin a llevarse a su hijo, de vuelta a casa, en un ataúd.

Un libro generoso que es imposible leer sin emocionarse, como es imposible no emocionarse cuando Elena, la pamplonesa mujer de Chapu, con quien tiene una niña guapísima y vivaracha, le suelta las palabras más bellas que se le pueden decir a quien ha decidido retirarse del encierro para no preocupar a los suyos: «Si algún día quieres correr de nuevo, tampoco pasa nada».

Y Chapu volvió a correr.

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