Blog / Capital de tercer orden

Leer a un falangista

Por Eduardo Laporte 12 enero, 2016 - 13:45

Murió con tan sólo 37 años, pero Ángel María Pascual tuvo tiempo de cultivar una literatura de altos vuelos. Fue militante de una Falange en la que le tocó creer, aunque el desengaño no tardó en llegar.

No tiene página en Wikipedia. Apenas lo recuerda hoy nadie en Pamplona. ¿Quién recuerda a los escritores navarros? ¿Quién fue Navarro Villoslada? ¿Qué será de Pablo Antoñana?

¿Qué pasó con aquel Germán Sánchez Espeso (Pamplona, 1944), flamante premio Nadal en 1978 con Narciso? ¿Quién nos leerá cuando hayamos muerto? ¿Quién se acuerda de Ángel María Pascual?

Me acordé de él, de Pascual, familiar figura para mí, hace unas pocas noches, en ese vacío del insomnio que te lanza a completar lagunas del conocimiento por matar ese rato, muerto ya de por sí. Encontré una semblanza muy completa aquí, la Gran Enciclopedia Navarra, espléndido mamotreto de no sé cuántos tomos que en su versión papel tienen las familias de bien. 

A Ángel María Pascual (Pamplona, 1911-1947) lo conocía de siempre, por cuestiones familiares, como digo. Recuerdo, de niño, la presentación que de él hizo uno de sus más dedicados lectores, Miguel Sánchez-Ostiz, en el Casino Iruña de la plaza del Castillo.

Recuerdo, también, cómo al final del acto se entregaban ejemplares a los asistentes, unos ejemplares que sufragaba la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, en esa época gloriosa en que nos permitíamos hasta un feliz duopolio cajil (CAN/CAMP). Y recuerdo como el conserje me negó mi merecido libro. «Tú no, chaval, que esto es para los mayores». No olvidaré cómo lo odié en aquel instante de negación de mi precoz acceso a la cultura.

Lo cierto es que no habría entendido nada de haberme enfrentado entonces a sus Glosas a la ciudad, libro que se presentaba entonces, rescatado, pero habría tenido su valor como libro objeto, en mi particular capillita infantil.

Porque en ese libro, y esto lo descubrí luego, hay una escritura pionera, seguramente sin saberlo, en esa observación detenida de las cosas. En esa falta de historia. En la mirada zen, en la captura del detalle que encierra vida, que autores como Josep Pla exprimirían hasta la consagración en libros como La calle estrecha.

Encontré datos interesantes en la entrada de la Gran Enciclopedia Navarra. Tenía entendido que Ángel María Pascual era una rara avis dentro de ese aparato de la Falange en que le tocó desempeñar cargos de responsabilidad, como la dirección del Arriba España, sito en calle Zapatería (hoy sede del PNV, por cierto), a llamada directa, por lo visto, de Franco.

Y que pese a su descomunal cultura y su rectitud profesional, acabó escribiendo sobre eso, las tiendas color canela, a lo Bruno Schülz, y cuestiones internacionales irrelevantes para el lector combativo medio. Hubo un desencanto, el de alguien que había confiado, imagino que románticamente, en una España fascista donde imperara una suerte de justicia social bajo el ordeno y mando de José Antonio, remedio menos malo a unos tiempos de tormenta que acabaron mal para todos, incluidos algunos de los vencedores.

«A la luz de sus escritos, entre 1936 y 1945, queda claro que Pascual fue del entusiasmo al desengaño». Un hecho a tener en cuenta es la renuncia a todos los cargos políticos que se le ofrecieron desde Madrid, lo que nos lleva a esa cita de Charles de Foucauld en El olvido de sí, de Pablo d’Ors: «La calidad de un hombre se mide por la calidad de sus renuncias».

No sabemos qué habría sido de Ángel María Pascual si no hubiera muerto tan pronto, víctima de una España retrasada en lo científico que no llegó a tiempo a curar una infección. Tenía sólo 37 años y una exquisita obra publicada (léase su Capital de tercer orden) y una actitud hacia el saber, la cultura, que debían de resultar poco menos que estrambóticos en esa Navarra de bigotillos y cines parroquiales en sesión doble que María Luisa Elío describió de un plumazo con un título: Tiempo de llorar.

Dice el propio Pascual, en un cuestionario que le hicieron en la época, que recibió diariamente «lecciones diarias de inquietud y buen gusto» de Fermín Yzurdiaga. Alguien habría dicho de él que era un señorito, un ocioso, uno de gerifaltes que calientan la silla el tiempo justo para ganarse su exagerada nómina. Me gustó encontrar, en la citada entrada, párrafos como este, sobre sus colaboraciones en Arriba España:

«…con o sin firma, consistieron en artículos doctrinarios y políticos, de una inusitada dureza o de un raro rigor frente a todo lo que consideraba socialmente inútil: el caciquismo, el señoritismo, la ramplonería del provincianismo y los políticos en busca de prebendas, coyunturales o literarios».

Leamos a un falangista. Para empezar, por qué no sabemos qué clase de falangista había dentro de ese falangista. Si no se estaba cociendo, por ejemplo, una deserción futura. Luego, porque la literatura, la mirada poética, la honestidad literaria, está por encima de las ideologías. Y, por último, porque si queremos avanzar hacia una reconciliación nacional verdadera, hacia ese renovado abrazo de Atocha que quede más que en un gesto, también hay que poner en práctica eso que decía Kapuściński del encuentro con el otro. Aunque a priori nos pueda parecer el más indigesto de los platos.

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