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¿Por qué somos Osasuna?

Por Eduardo Laporte 17 diciembre, 2019 - 8:28

Un pequeño baile en las letras del título del libro de Dani Ramírez me hace plantearme tan fundamental pregunta.

La grada de El Sadar durante el partido de La Liga Santander entre Osasuna y Alavés. IÑIGO ALZUGARAY
La grada de El Sadar durante el partido de La Liga Santander entre Osasuna y Alavés. IÑIGO ALZUGARAY

¿Por qué eres Osasuna? El autor de ‘Eusebius’ vuelve a las andadas con un título muy futbolero, en sentido literal y figurado —‘Porque somos Osasuna… y eso nunca va a morir’»— que ha editado con estilo y no pocas fotografías la agencia KEN. Somos Osasuna, afirma Ramírez, y yo me lo pregunto. ¿Lo soy? Sí. ¿Por qué?

En primer lugar, porque mi padre, aquel «diseñador francés afincado en Pamplona», como solía decir la prensa en repetido y perezoso mantra, llevaba una pegatina, raída y descolorida, muy grande, con el escudo de Osasuna, en el muy pequeño Mini Cooper matrícula NA-74321. La visión de aquel símbolo deportivo del que primeramente hubo en llamarse Sportiva Foot-Ball Club se quedó en mi retina para siempre. Tanto como las lascas de txantxigorri que me regalaba con cariño Jose, de Torrens.

No sabía incluso qué era el fútbol, pero aquella insignia se coló en mi iconografía personal desde entonces, en aquellos trayectos al cole en que mi padre jugaba a Fittipaldi con aquel Mini tan minúsculo como nervioso. «Decid que es culpa mía si llegáis tarde», decía, siempre que llegábamos tarde. También se grabaría en mi memoria la primera tarde que llegué al Sadar —de la mano de DelCo & Cía— y la impresión que me llevé al pasar de los vomitorios al graderío propiamente dicho. Joder. Qué verde, qué grande. (Saliendo del Mini, todo cobraba dimensiones tremebundas también es cierto). Osasuna-Mallorca. Temporada 87-88. Cerocerismo en estado puro. En las filas visitantes había un tal Magdaleno. Supongo que Robinson andaba en el once, ya que según recuerda Dani el jugador inglés pasó algo más de dos temporadas en las filas rojillas, desde la 86-87 hasta la 88-89. Al igual que Javier Aguirre, tuvo un final truncado antes de tiempo. Nunca olvidaron su paso por Osasuna, a pesar de las hostias como panes que se llevaron, sobre todo el ‘vasco’ de acento mexicano (como recordó en la presentación del libro en Madrid: salió a echar toda la rasmia de la que fuera capaz y acabó con tibia y peroné destrozados. Adiós a su carrera en Osasuna y, tan caballero como Robin, decidió renunciar a sus emolumentos. «No me parecía justo cobrar por no hacer nada»).

¿Por qué eligió Osasuna, cuando venía de ganar la Champions con el Liverpool y tenía múltiples ofertas?, le pregunta Daniel Ramírez a Michael Robinson en su casa de La Moraleja, en una de sus primeras entrevistas y que ha incluido en el libro. Resumiendo mucho, por la confianza que le transmitieron Fermín Ezcurra y Echeverría. Uno es Osasuna también por esa honestidad brutal que confería aquel mítico presidente, en las antípodas del choriceo, el mafiosismo, el figurinismo y la vacuidad soberbia de tantos personajes del mundo del fútbol.

Las páginas de este breve pero enjundioso libro te recuerdan por qué eres Osasuna. También por la épica de un equipo luchador que ha protagonizado unas gestas que ni las de Aníbal atravesando los Apeninos aunque sus únicos triunfos sean cinco ligas de Segunda. El narrador era aún un muete, que dirían en Falces, cuando el milagro de (san) Martín, pero pocas batallas futboleras comparables como aquella de la temporada 96-97 (recuerdo bajar al césped y colocar unos pañuelicos en la portería cuando se ganó al Levante). Y cuando lo raro es ganar, cualquier roce de la gloria quizá sea más sabrosa que la propia gloria. Como el presagio del verano es mejor que el propio verano, si nos ponemos poéticos.

A mí todo eso, y razones de mera raigambre sentimentihiperlocal, me han hecho Osasuna. No tanto una filosofía de juego basada en dos elementos, como se señala en el libro: el patadón y apretar en los córners. El tiquitaca no fue la sintonía más habitual ni en el Sadar ni mucho menos en la «caldera» de San Juan, pero bien podría haberlo sido. Impagable la historia de Herr Warter que rescata Ramírez: un entrenador alemán que llegó en los años veinte dispuesto a configurar un equipo elegante, de fútbol preciso y que llegó a decir que lo que hacía el Athletic «no era verdadero fútbol». Un alma sensible y delicada que se encontraba en las antípodas de los modos navarros de aquel entonces y que, obviamente, acabó defenestrado y saliendo por la puerta de atrás.

Uno sería más Osasuna si se les asociara no ya a un cuadro de bailarinas de Degas con equipación Umbro pero sí a una cierta finezza que ha brillado por su ausencia en al menos en los 99 años de este club que cumplirá cien el 24 de octubre de 2020 (damos por bueno el dato sugerido por el autor de Porque somos Osasuna…). Ya antes de la guerra tuvieron que cerrar en una ocasión un estadio osasunista por altercados y barbaridades marca de la casa. Cómo olvidar aquel partido de los Buyo, Butragueño, Martín Vázquez etc y los naranjazos al citado portero que volaban desde el Graderío Sur y que acabaron con la suspensión del partido. Ahí sentí que yo no era Osasuna, como cuando los citados hinchas se pasaban con la matraka etarroide.

Ninguna relación es perfecta. Pero la que mantengo con Osasuna sé que es para siempre. Aunque sea la de ese aficionado virtual que lo sigue desde la distancia. Quién sabe, quizá en los próximos cien años se recupere el estilo de aquel malogrado entrenador alemán y Osasuna sea sinónimo de bravura pero también de elegancia, sofisticado juego limpio y alabado magisterio con el balón. Ni de coña. Aupa Osasuna. Que tú sabes triunfar. 

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