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Lanzarote estépico

Por Eduardo Laporte 04 agosto, 2020 - 8:44

De la mano de Agustín Espinosa, me fundó en esta isla tan sobria como estimulante.

Una de las playas de Lanzarote. CEDIDA
Una de las playas de Lanzarote. CEDIDA

«Del mar espera Lanzarote todo. Nada, de la tierra». Esto lo escribió Agustín Espinosa desde un hotel de la calle León y Castillo de Arrecife allá por 1929. Eran tiempos aún en que se permitía la floritura lisérgica y libérrima —libérsica— del surrealismo, que también se dejó caer, cual huevo blando de Dalí, por las páginas literarias. La Guerra Civil impondría un realismo total, una nueva normalidad hiperrealista, realrrealista, supremorrealista e infumable en general (Mola). Aún estamos levantando cabeza. 

Picoteo entre las páginas de 'Lancelot 28-7' (Itineraria), en la propia Lanzarote, en ese viaje dentro del viaje y más allá que es leer sobre el propio viaje. Guía integral de una isla atlántica, lo subtitula, no sin cierta sorna irónico-surrealista, y es cierto que tiene algo de guía, pero de guía quizá de los asuntos del alma, que son los que trabaja la poesía. 

«Lanzarote ha hecho estépicos sus campos para lanzar a sus hombres hacia el mar», dice también sir Espinosa, con su lenguaje-chicle, y entiendo que se refiere con «estépico» a esa cosa árida y acartonada de las texturas de esta isla a la que vuelvo siempre que puedo quizá por su contraste sequísimo con los valles húmedos y de verde azulado de la Ulzama que conmovían al niño golfista con hándicap 48 que un día fui. 

Doy la razón al creador de Lancelot después de una jornada felicísima (con perdón) en el parque natural de los Ajaches, que es como un Cabo de Gata en pequeñito y que si hubieran conocido los xenófobos del norte, los iparchungos, seguramente habrían matado menos o incluso nada. 

'Frente a lo mineral surge lo eterno', dice Michel Onfray, y siempre me acuerdo de esa idea cuando me pierdo —literalmente— por los parajes estépicos y filomarcianos de Lanzarote, su sur (realista), en este caso. Falla el GPS y uno se pega un ratazo mineral y eterno en la dirección contraria a la caleta del Congrio, que es donde espera el amigo castellano (que el día antes expedicionó la zona) y la rabia por el solazo, hambre matutino y ganas de cerveza frente al mar verde se diluye ante ese espectáculo pétreo que forma parte ya de mi memoria íntima y estética más valiosa. 

Islote de Lobos, a lo lejos, como el sombrero de El Principito (qué lejos queda Twitter cuando se coquetea con lo eterno) y ese océano Atlántico que en contraste con el reciente y apretado Mediterráneo sabe a habitación amplia y ventilada. Más aún como fresco paliativo al calor plúmbeo que empieza a preocuparte y te recuerda al inicio de uno de tus libros, perdido, literalmente también, en busca de tal cala cabogatil. 

El mar atrae como imán líquido, pero el secarral estépico y pelado también. Atravieso la isla de noche, de sur a norte, bajo una luna que todo lo llena y no puedo resistir la tentación de parar en un arcén cualquiera a lo pies de un montañón de las afueras de Yaiza. Las fotos, como suele pasar, no logran capturar ni de lejos esa estampa tan sobria como apabullante. Lo estépico se funde ahora no con el mar sino con el espacio en una isla iluminado de blanco selenita que me hace pensar en los tiempos del fotógrafo Jacinto Alonso, sin apenas turistas pero tampoco esperanzas. El comercio ha caído en picado y las esperanzas están también en suspenso, pero el aljibe se sigue viendo medio lleno. «Aquí hay mucho dinero, pero como suele pasar, está mal repartido», nos cuenta un sevillano instalado aquí desde hace una década. Describe tu isla y describirás el mundo. 

Qué pena no ser fotógrafo y ni siquiera poeta, pero la imagen de los alrededores de Timanfaya en ese silencio lunar me la llevo y, sobre todo, la paladeo in situ, sin más exigencias, así como el júbilo de poder fundir tantos elementos, estepa y mar, luna y negrura de la noche conejera que te abraza pese a su condición escarpada y vacía, o precisamente por eso. 

Lanzarote lanza a sus hombres hacia el mar, pero en su estepa farwestiana nos reconcilia, como saben hacer también los desiertos, con el mundo y con nosotros incluso.

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