Blog / Capital de tercer orden

Contra el laicismo

Por Eduardo Laporte 28 marzo, 2017 - 7:00

Una vez asumida la separación Iglesia-Estado en España, cabría replantearse qué hacer con las religiones de un modo integrador.

Gendarmes obligan a una mujer a quitarse el burkini en Niza, verano de 2016.
Gendarmes obligan a una mujer a quitarse el burkini en Niza, verano de 2016.

Me gusta esa fórmula combativa: contra esto y aquello. ‘Contra la juventud’ es el título de una novela reciente de Pablo d’Ors. ¿Se puede estar en contra de la juventud? Pues si esa época de la vida implica una servidumbre de la vanidad, un nebulosa existencial, unas relaciones sentimentales asimétricas, basadas en la manipulación y en la mentira, como se narra en dicha novela, y un vivir en un egoísmo insatisfactorio que te sume en una frustración y constante resaca moral, la respuesta es que sí, que le den a la juventud.

¿Se puede estar contra el laicismo? Antes de lapidarme, mujeres barbudas incluidas, aclaremos qué entendemos por laicismo. No confundir con laicidad. Matices para mí os quiero. Y aquí viene la cita del día: «Es menester distinguir la siempre recomendable laicidad, componente identificable en toda sociedad civilizada, del laicismo que se opone a toda religión».

Lo dice Salvador Giner en su reciente ‘El porvenir de la religión’, escrito desde un «humanismo laico», como repite en el ensayo el prestigioso autor. «No es bueno que el ideal laico caiga en el sumidero del laicismo agresivo», dice también, para argumentar más tarde los peligros de que el propio laicismo se convierta, a su manera, en una religión extremista, con sus parejos dogmatismos y maximalismos peligrosos y dañinos.

Una fe en el progreso que se tornó, dice Giner, en una suerte de «providencialismo laico», como una «fe metafísica» que confiaba en el progreso de la humanidad como una panacea redentora y total. Y esta fe también produjo algunos sufrimientos, no hay dogmatismo que no los genere, sostiene el autor.

Quizá un sufrimiento no menor sea el vacío espiritual con que ha transitado durante buena parte del siglo XX y de este que ya va pasando, tras la muerte de Dios certificada por Nietzsche y, en España, el secuestro que el franquismo hizo con todo lo que oliera a incienso eclesial, precalentado todo por una Segunda República de dejes sectarios y maximalistas cuyos errores cainitas no deberíamos repetir ahora.

RAZÓN CONTRA FE

En las páginas del libro de Giner, sociólogo de apabullante curriculum, encontramos no pocas excusatios non petitas del por qué no soy cristiano, a lo Bertrand Russell. Como si serlo, como si profesar alguna religión, fuera un desdoro, un símbolo de debilidad intelectual o una nostalgia por periodos más oscuros de la humanidad ante lo cual habría que avergonzarse. Se da también una alabanza de razón y menosprecio de fe que yo tildaría de demodé e innecesaria, pues ciencia y religiosidad, vivida esta última desde la moderación, hace tiempo que dejaron de ser excluyentes.

Como también me resulta anticuada esa defensa de la razón como único mascarón de proa con el que acceder a la verdad. No defenderemos aquí la sinrazón, pero tampoco las limitaciones del pensamiento, la lógica, los laboratorios y los tubos de ensayo para acceder a un tipo de verdades cuya textura, más relacionada con el alma, el espíritu y lo trascendente no te las resuelve un equipo de investigadores del CSIC.

En el ensayo de Giner se cantan las alabanzas del ágora frente al templo, y se prefiere el enigma, reductible mediante la ciencia, al inexorable misterio, pasto poco menos que de los aduladores de la superchería. No hemos entendido que hoy no tienen que luchar entre sí y que la espiritualidad, organizada o codificada en su formato religioso, no sólo es compatible con la audacia científica, sino que puede enriquecer su visión. ¿Cómo? Yendo más allá del dos más dos es cuatro que propugnan algunos sabios predecibles. Humboldt supo verlo y de Humboldt surgió —poco menos, él mismo lo reconocería— Darwin.  

Decía Karl Marx que creer en Dios o seguir una religión no era sino una forma de servidumbre y de alienación. Depende de cómo se haga. Si uno hipoteca cualquier pensamiento crítico y acepta unas verdades, seas cuáles sean, porque sí, pues claro. Pero también decía Carl Gustav Jung que el hombre es un animal religioso. Nuestro deseo de trascendencia nace en las primeras pinturas rupestres, luego se volcaría en las religiones. Está ahí. Lo divino, digamos, existía antes que Dios. O al menos, nuestra necesidad de contar con él. «¿Cómo no voy a creer en Dios si lo siento dentro de mí?», clamaba Tolstoi en sus años finales.

Es lo que no entienden algunos intelectuales de la hiperlógica romos para la cosa espiritual. Que todos tenemos una luz interior que se puede alimentar o tapar, aunque rara vez apagar. Que existe el bien y el mal y que a eso no se llega por la razón, como uno quiere a su hijo porque sí, y no porque haya hecho un análisis DAFO de los beneficios o perjuicios de quererle o no. Adoramos a la razón sobre todas las cosas, pero en realidad hacemos un uso relativo de ella. Y mejor que así sea. Nada más ridículo que un hombre, por ejemplo, queriendo aprender las claves objetivas que conducen a la seducción de una mujer.

FIN DE CICLO

Es hora de superar la etapa quemaiglesias cuando ya nos suenan también a trasnochadas las invectivas de cierta izquierda montaraz que carga contra las misas televisadas. No sólo de pan vive el hombre y el servicio público debe recoger esas sensibilidades, como también recoger las de otros credos, como los programas dedicados al Islam.

En 1800, París era el epicentro de la ciencia. Apartada la Iglesia más represora del conocimiento tras la Revolución Francesa, abanderados de la ciencia como Alexander von Humboldt se instalaron ahí, felices de contar con ese caldo de cultivo tan favorable al progreso. Hoy ya no se quema a Miguel Servet y las injerencias de la Iglesia católica en la investigación son de presión, pero ya pueden decir misa, porque se seguirá estudiando con células madre, les guste o no.

Pueden opinar en contra del aborto, pero la Seguridad Social sigue costeando estas operaciones. Vivimos, en España, en un estado aconfesional cuya educación pública es prácticamente laica, con la opción concertada que, grosso modo, no deja de ser una salida digna en un país con tanta tradición católica como el nuestro.

Abandonemos pues esa estéril actitud anticlerical para plantearnos si toda esa inquina antirreligiosa no oculta en realidad el miedo a atreverse a estar en silencio y dejar que aflore la semilla de la fe. En una sociedad libre, moderna, civilizada, avanzada, se podrían alentar formas religiosas adaptadas a los nuevos tiempos, a las nuevas sensibilidades, así como remozar las fachadas de las ya existentes. Me parece más loable que todo el laicismo agresivo y gritón, cul de sac de unas energías que bien podrían emplearse en otros fines más constructivos. 

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