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Juan Huarte: un mecenas en el lugar y tiempo equivocado

Por Eduardo Laporte 11 septiembre, 2018 - 9:39

Murió el impulsor de los Encuentros 72 en un discreto adiós que demuestra lo complicados que son algunos tiempos para la lírica

El empresario Juan Huarte en una imagen con el escultor Jorge Oteiza (derecha). FUNDACIÓN MUSEO JORGE OTEIZA
El empresario Juan Huarte en una imagen con el escultor Jorge Oteiza (derecha). FUNDACIÓN MUSEO JORGE OTEIZA

Lo cierto es que no sabía si Juan Huarte, nacido en Pamplona en 1925, seguía vivo. En internet no había noticias de su muerte y tampoco en Wikipedia, así que pregunté y me confirmaron que se apagó lentamente en su domicilio de Madrid, acompañado en todo momento por sus seres queridos. Me hubiera gustado pasar alguna tarde con él, hablar, escucharle. Semanas después de estas breves pesquisas, llega la noticia de su muerte.

Su adiós genera obituarios lentos; hasta tres días tardó ‘El País’ en incluir la noticia, mientras que la prensa local sí que estuvo más al quite. Pero pondría la mano en el fuego a que si uno pregunta a diez pamploneses quién fue Juan Huarte, no contesten correctamente más de dos. Hay, al menos, un documental que hace justicia, de título elocuente: Juan Huarte, el último mecenas.

Quizá haya pesado sobre él, sobre su familia, su relación con el franquismo y el establishment más ranciete, sobre el que se gestó la fortuna de la saga. O quizá que le tocó vivir en un tiempo y en lugar complicado para ejercer de mecenas, palabra que por cierto nunca le gustó del todo. Sin embargo, eso es lo que hicieron, ser mecenas, tanto él como sus hermanos, recogiendo el espíritu de un padre, Félix, de quien dijo heredar su «ideal romántico».

Un ideal que le llevó a apoyar a artistas de vanguardia como José Luis Alexanco o Luis de Pablo y su Estudio Alea, un laboratorio de sonido experimental por el que pasarían los músicos más innovadores del siglo XX. Algunos, como Eduardo Polonio u Horacio Vaggione cobraban un sueldo mensual sólo por componer y dar conciertos. Recién salidos de sus conservatorios, se encontraron con el sueño de todo artista: tiempo y dinero para crear. Eso es un mecenas de verdad, le gustara o no el término, tan mecenas como aquel remoto Jean de Berry que contrató a los mejores iluminadores para sus codiciadísimos libros de horas. Les ofrecía todo lo que necesitaran a cambio de una condición: que crearan. Y crearon.

Quizá el mecenas de verdad es aquel que huye de los focos y se siente guiado, sin más, por ese «ideal romántico». ¿Puede haber algo más hermoso que ayudar a crear a quienes quieren pero no pueden hacerlo en condiciones? Diría que en los Huarte sí anidaba ese ideal puro, más allá de lavados de imagen. Como lo había en Jesús, superviviente de los cuatro hermanos, que creó junto a Camilo José Cela la editorial Alfaguara, aunque esto no se recuerde en la entrada de Wikipedia. Como tampoco figura el apellido Huarte en ningún momento en la respectiva entrada de Jorge Oteiza, que se negó por cierto a participar en los Encuentros con sus habituales cajas destempladas. Lo peor del arte, a menudo, son los artistas.

ARTE SÍ, POLÍTICA NO

Aunque lo peor del arte quizá no sean los artistas, sino los políticos. Es decir, aquellos que quieren instrumentalizar el arte para arrimarlo a su ascua política. Y cuando el arte se instrumentaliza, cuando tiene una función, es menos arte, es un arte al servicio de, un arte que secunda, un arte secundario.

La magia de los Encuentros de Pamplona de 1972, para los que estuvieron, pasaba por colarse en las cúpulas de Prada Poole y soñar, por unos minutos, que otro mundo era posible. Un mundo nuevo que no llegaría por las consignas del nacionalismo, el carlismo, el maoísmo, la acción sindical o la liberación del pueblo obrero kurdo. Un mundo que sólo avanzaría en el momento en que cambiara cada uno de los habitantes que se colaron bajo esas cúpulas, que es de lo que se ocupa, al final, el arte.

Lo que se quería hacer con los Encuentros, dijo el propio Juan Huarte, dos días después de concluidos éstos, era dar información. «Porque sin información no hay formación», dijo. En una época, con Franco aún vivo, en que la información se escamoteaba para tener a un pueblo cuanto más manso mejor (que ya andaba asalvajándose harto, precisamente, de ese intento contranatura de domesticarlo), no es mala declaración de intenciones.

Por qué no se convirtieron en bienal, como era la idea de partida, le pregunta el periodista, dado que se daban por hecho más ediciones. «[Los próximos] Serán unos Encuentros mejor organizados, porque la experiencia nos ha enseñado mucho, pero serán menos divertidos», leemos en esa joya de libro que es ‘Los Encuentros de Pamplona en el Museo Universidad de Navarra’.

El mecenas responde más tarde que si finalmente no hubo más Encuentros fue debido una cuestión económica, para reconocer luego que «la política lo estropeó todo». No sólo ETA, símbolo de la expresión política más desquiciada manifestada en dos bombas que se encargaron de enrarecer un ambiente ya enrarecido per se, sino partidos como el comunista, que consideraban que en tiempo de dictadura no podía haber arte.

Argumento insostenible éste, según Juan Huarte, en cuanto que entonces había muy buenos artistas. Pensemos, yo qué sé, en Serrat, en Fernán Gómez, en Buero Vallejo, en Esther Ferrer. Había dictadura, había artistas, y quizá fueran más necesarios que nunca. Los comunistas, como los etarras, siempre tan ‘penetrados’, que se dice en Miranda de Arga.

«Es fundamental separar el arte de la política», diría también Huarte. No fue así, y no hubo más Encuentros, es más, hubo un secuestro, hubo política en su versión más rastrera, la del chantaje, hubo 50 millones pagados a los terroristas para liberar a su hermano Felipe, y se acabó lo que se dio. Y de ese sueño, perdón, pesadilla, no nos hemos despertado aún del todo.

Ojalá la muerte de Juan Huarte nos recuerde la posibilidad, tan utópica como primordial, como las cúpulas de Prada Poole, de redirigir el camino y escapar, aunque sea un rato, de la molicie espiritual con la que cargamos.

FE DE ERRATAS (actualizado el 17 de septiembre de 2018)

A veces, las fuentes de primera mano se equivocan y el periodista, plumilla hiperlocal en este caso, se ve en un pequeño aprieto por, más que nada, faltar a la verdad. Y la verdad es que Juan Huarte, fallecido en Madrid el pasado 7 de septiembre, no lo hizo en una clínica, sino en su domicilio madrileño, acompañando en todo momento por sus hijos y seres queridos, que le arroparon en el largo proceso de su enfermedad.

Aprovecho esta aclaración para recordar también que la Sociedad Huarte y Malumbres, más tarde Huarte y Cía. S.A., inició sus actividades en 1927, con obras como la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, y que durante la República fueron numerosos los encargos que llevaron a cabo, extendiéndose su trabajo en las décadas posteriores.

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