Blog / Capital de tercer orden

Jaime

Por Eduardo Laporte 01 febrero, 2016 - 23:25

La salida por la puerta de atrás del fundador de Kukuxumusu despierta en mí fantasmas del pasado no del todo extintos.

Que el escritor tiene mucho de pasivo agresivo es algo en lo que muchos estarán de acuerdo. Aunque luego hay casos como el de Pérez-Reverte, que quizá sea simplemente agresivo, aunque quizá él responda más al perfil de novelista que al de escritor, por aquello de separar la vida propia de la literatura.

Al leer la noticia de la «expulsión» de Mikel Urmeneta del proyecto de reflotamiento de Kukuxumusu, por parte de quien iba a ser su salvador, Ricardo Bermejo, con quien tuve la mala fortuna de trabajar, me acordé de un jugoso diario de Patxi Irurzun, ‘Dios nunca reza’, y del personaje de Jaime. En literatura, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. En un diario ya es otra cosa, por aquello del pacto autobiográfico que, según Philippe Lejeune, hace que el lector asuma como reales los hechos que ahí se cuentan, a diferencia de una novela, donde las verdades quedan disfrazadas y ornamentadas de muchas capas. Pero un personaje, de diario o de novela, es una evocación. Personal. De uno. No es una radiografía. Claro quizá sea más fiel a la realidad que la propia realidad. Más reveladora.

Que mucha literatura se hace de antiguos enconos, de una búsqueda de justicia poética nivelada gracias a la palabra, también parece fuera de toda duda. Habrá quien diga que es un ajuste de cuentas, pero eso es mucho decir. El agraviado sólo puede aspirar a un triste reproche en clave de ficción, pero desde una posición: la del perdedor.

La literatura dice más que los periódicos. Para empezar, porque su propósito no es siempre contar la verdad, sino nuestra verdad. Pero «nada más objetivo que la subjetividad», dijo César González-Ruano.

El literato, en su calidad de pasivo agresivo, se puede consolar con la posibilidad de la venganza. Con la tentativa de. Pero nunca llegará la sangre al río. No es un mafioso. Ni un macho alfa que vaya a partir ninguna cara. Se quedará tranquilo con hacer, como mucho, el gesto. Mal consuelo, dirán algunos, qué pusilanimidad. Un tío con dos cojones no se deja arredrar.

El escritor, ese ser frágil en el fondo, alma en pena que se refugia a menudo en los molinos de la escritura porque le dan miedo los gigantes, no quiere partir cara alguna. Aunque se la hayan partido. Aunque en esos primeros compases, esos primeros toques de balón, trémulos y obviamente verdes, mejorables, te releguen a un banquillo sin previo aviso. Y, más tarde, de la manera más tosca y ofensiva para ese alevín con ganas de jugar, de aprender, te digan que no vuelvas mañana. Aunque necesites ese puesto de trabajo para alimentar a tus hijos, como le pasó a Patxi. Aunque tengas 23 años de recién licenciado y quede un mes para que concluya tu contrato en prácticas, como me pasó a mí. Pero Jaime, así como su implacable y vegana mano derecha de hierro, no atiende a razones. Despido improcedente. «Lo siento, no das el perfil».

Ojo con encontrarte con uno de esos personajes, en la vida, no en los libros, en tus inicios profesionales. Quienes ya llevan años de vuelo con mayor o menor éxito pueden recomponerse. Otros quizá queden más tocados y tarden mucho en remontar el vuelo. Fueron muchos los que pueden suscribir estas palabras, pues pasaron por similar mal trago; por no ponerles en un compromiso, no diré sus nombres. Con el tiempo, mi autoestima se restañó al comprobar que eran personas de talento y de gran integridad, cuya mayor ambición era hacer bien lo que sabían hacer, crecer interiormente, crear. No como Jaime.

Quizá en un momento se sintieron perdedores, y se desahogaron con el vano consuelo de la escritura. Como yo con esta columna. Pero no me cambiaría por Jaime. No me hubiera gustado contribuir al hundimiento del principal baluarte financiero de Navarra. No me gustaría dormir mal por las noches. No me gustaría no tener escrúpulos. No me gustaría tener tanto ego, o querer figurar a toda costa sin motivo. Me encantaría decir que Jaime es sólo un personaje. Pero hay personajes que se te cruzan en la vida y te la joden de manera muy real. La vida es así y a los escritores sólo nos queda la opción de decirlo, con o sin personajes, en diarios, novelas, o columnas de opinión.

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