Blog / Capital de tercer orden

Los hombres no saben hablar

Por Eduardo Laporte 14 febrero, 2017 - 7:54

En una época en que el arte de la conversación parece agonizar, habría que proponerse recuperar la noble práctica de la dialéctica

Ilustración de Otto Dix.
Ilustración de Otto Dix.

¿Ha muerto la conversación? En este artículo le dan la extremaunción y culpan de ello a las nuevas tecnologías, responsables de que eludamos la conversación de toda la vida. Descanse en paz ese rato de rajar, de pelar la hebra, de escuchar y darle al pico. El video mató a la estrella de la radio y quizás las redes sociales, omnipresentes en los también omnipresentes móviles, hayan matado la conversación. No seamos tan agoreros y digamos que está en la UCI. ¿Cómo salvarla?

Por un lado, a pesar de todos los libros con que han hecho su agosto los gurús de medio pelo del mundo, me niego a creer que nuestro cerebro haya cambiado en tan sólo diez años y lo tengamos ahora más fragmentado que un cuadro de Mondrian pasado por la Thermomix, que a ratos sí, pero ya me entiendo yo.

Siglos de conversación, de cultura oral, no pueden haber echado por tierra el deseo y necesidad del diálogo, más que nada porque también hay un gustarse en la cosa de hablar que no desaparece de la noche a la mañana. Seguro que algo parecido se dijo con la irrupción de la televisión: máquina de generar y proveer de estímulos que en su día, como el cine, se juzgaría tan invasiva como hoy internet. Y quizá lo fueron.

La era de la televisión me parece la más nefanda de la historia moderna. Lo dicen en Lunas de hiel, «veíamos mucho la televisión, ese aparato que permite a las parejas convivir sin tener que hablar». Una pareja que no es capaz de hablar es una pareja muerta y, por tanto, debe separarse, como tiramos a la basura la planta que se secó. La era de la televisión condenó, con su efecto falsario de una realidad que hacía agua por todas partes, a la supervivencia de muchas parejas que deberían haberse roto hace años.

El ruido de la televisión ocultó la lucidez del silencio. Ahora los ves, a esos ingleses del sector de la construcción, que no han leído más páginas que las del Sun y la alineación del Chelsea, soportando estoicamente ese nada que decirse durante las vacaciones de los pobres de espíritu, que son la más duras. Aunque se pongan hasta arriba de cerveza inglesa al sol tibio de los bares de Canarias en invierno.

En España se habla mucho y mal. Hace poco conviví con un alemán, casi sesentón, y volví a reafirmarme en cómo más arriba de los Pirineos aún se puede mantener un diálogo en condiciones. No hay tanto cuñao ni taxista, que es ese interlocutor con algún síndrome de inferioridad mal curado que necesita pontificar sobre lo que no sabe y, en el peor de los casos, contar su peripecia de una manera unidireccional, que al final acaba cobrando tintes de tortura.

ESCLAVOS DE LA VANIDAD

Los hombres hablamos peor que las mujeres. Nos mueve la vanidad y el deseo de ostentar, más que de compartir o de recibir. Además, contamos con un nivel de énfasis, mera energía, testosterona, timbre vocal, por lo general mayor, que se acrecienta cuando el orador quiere hacer valer su opinión, que acaba orillando o quitando las ganas, básicamente, a la interlocutora mujer.

En ciertas reuniones mixtas, hay un momento en que se acaba reagrupando la velada por sexos. Una pena. Tengo suerte de ser heterosexual y nada más grato que una conversación con alguien que sabe escuchar y hablar, patrimonio hasta la fecha del reino femenino. «Que sepa conversar», suplican en sus peticiones las hembras en las redes de ligoteo, cansadas de dar con setas o con monologuistas sin más, especie habitual entre el mundo viril. Me compadezco del sexo femenino condenado a aguantar a ese hombre discursivamente romo.

«Le dejaré creer que es el amo del mundo», concluye Rosa Montero un microrrelato llamado Un pequeño error de cálculo. «Cuántas veces mentimos las mujeres a los hombres; en cuántas ocasiones fingimos saber menos de lo que sabemos, para que parezca que ellos saben más; o les adulamos descaradamente para celebrar cualquier pequeño logro. […] Nunca se dan cuenta de que les estamos dando coba, porque en verdad necesitan oír esos halagos».

Esto lo dice también Rosa Montero en La ridículo idea de no volver a verte y lo subrayé en su día, como se subrayan las cosas que dan en el clavo. El hombre, así en general, tiene algo de hermano segundón al que hay que reír las gracias con un punto de impostura para que no se venga abajo. Por todo ello, concluyo con vocación de taxista y cuñado generalista y español, que los blancos no la saben meter y los hombres no saben hablar.

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Los hombres no saben hablar