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Blog / Capital de tercer orden

Herido en ceja

Por Eduardo Laporte 14 julio, 2016 - 11:34

El galope corto de los Miura despide ocho días de encierro sin dejar apenas huella física

Octavo encierro de San Fermín con toros de Miura. PÍO GUERENDIÁIN
Octavo encierro de San Fermín con toros de Miura. PÍO GUERENDIÁIN

Hubo un día en que faltó a su cita el responsable de comunicación de Cruz Roja, José Aldaba, y no pudimos escuchar ese parte de heridos que ofrece con un punto nervioso, con ese deseo de hacerlo bien que hace que el espectador se fije más en cómo lo dice que en qué dice.

Es, desde hace años, una de esas figuras clave de los encierros, que convierte a Pamplona en una suerte de Springfield, con sus personajes reconocibles, con su etiqueta a cuestas. En su retahíla de malparados, los habituales traumatismos y contusiones varias, con una novedad: «Herido en ceja». Esa jerga médica, que es un poco como la policial, envarada, genérica, herido en ceja. Pues bien, ponte tú a correr los encierros de Pamplona, el último día, con los fabulosos Miura, para llevarte un herida en ceja. Un galardón en la frontera de lo ridículo que, sin embargo, quedará como marca indeleble de este 14 de julio de 2016 en quien sufrió el lance. Desde hoy y hasta que muera, tendrá que dar explicaciones de esa nueva cicatriz en su geografía personal.

Poco más han dejado en el reguero de damnificados estos Miura que, ojo, me equivoqué ayer, sí salen en la cámara térmica porque también están calientes y son calientes, más, incluso que los humanos: 39 grados puede marcar el termómetro taurino que le coloque el veterinario de turno, como el que hoy comentaba los detalles de la carrera.

Media Pamplona se metió hoy al encierro para comerse luego los huevos con jamón con la vitola del yo estuve ahí. El ingreso por los ochocientos metros  y pico otorga galones, aunque el protocolo de siglos diga que estos hay que llevarlos con discreción. Sólo una «herida en ceja» quedará como particular medalla, visible a la fuerza, de quien se midió al azar de los toros, de quien se metió en la lotería del infausto destino de la Estafeta y más allá.

Un corredor con, a todas luces, calimocho tibio en las venas dará gracias al patrón de Amiens, decapitado en 303 con 31 años por cristiano, por salir indemne, ya en el ruedo, de la amenaza de dos miuras. En su torpeza de actor terciario, no tenía ni fuerzas para correr. De nuevo, los animales demuestran mayor elegancia que muchos humanos. Ellos van a los suyo, con ese galope corto con el que se despachan con eficacia el recorrido, barriendo a su paso lo que toque. Cuestión de centímetros, al final las astas no acaban trinchando carne y apenas hoy se llevaron, mediada la Estafeta promiscua, un jirón de ropa. Lo dicho, desembarcar en Normandía y volver con una uña rota. Hay guerras limpias.

Pero se vuelve cambiado de ellas. El veterinario entrevistado hablaba de la «curva de aprendizaje». No sé si se refería a la de Estafeta, otrora conocida curva Guerendiain, pero algo hemos aprendido de todo esto. Durante los próximos 357 días rumiaremos todas esas enseñanzas sembradas cada mañana después del cohete inicial. Algunos, esos supervivientes con sus nuevos tatuajes en la piel, lo harán más que otros.

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