Blog / Capital de tercer orden

¿Hay alguien en Pamplona?

Por Eduardo Laporte 22 enero, 2019 - 9:02

No sé si será la baja natalidad, la fuga de cerebros, la amabilización o qué, pero la ciudad se muestra cada vez más zombi

Fachada del Ayuntamiento de Pamplona.
Fachada del Ayuntamiento de Pamplona.

Desde que tengo uso de razón, allá por la EGB, porque yo fui, sin tilde, a EGB, recuerdo que Pamplona tenía unos 180.000 habitantes. Aunque la cifra que manejábamos era la de «en torno a los 200.000», cosa que poco ha cambiado desde entonces: por los pelos no llegamos a tan redonda cifra el año pasado, según estos datos del padrón municipal.

La tendencia no ha sido, desde los ochenta a esta parte, del todo creciente, como se aprecia a mediados de los noventa, con un acusado descenso de población hasta los 165.000 habitantes, aproximadamente. Todo ello en una curva demográfica que pegó su gran estirón entre 1900 y 1980, pasando de 30.000 a 180.000 habitantes en ocho décadas (cifras redondeadas). Sí crece, en cambio, la población en Navarra entera, con 200.000 habitantes más en casi medio siglo, pasando de los 466.000 de 1970 a los 646.000  de 2018.

¿Por qué no aumenta la población de la capital de Foralia? Porque la ciudad sí crece, se expande, se estira como un blandiblú urbano. Recuerdo comprar un mapa de Pamplona, en uno de aquellos paseos por la ciudad vieja y más allá con mi tío Julio, en 1986. Apenas los ensanches, casco viejo, san juan, iturrama, chantrea, rochapea, aranzadi. Lo más lejano que existía eran los cines Golem, que empezaron su actividad circa 1982; tengo vagos recuerdos también de acercarnos hasta allá a pie, en una expedición parecida a atravesar el Death Valley en caravana tirada por burros famélicos.

Hoy la ciudad está irreconocible en ese sentido, en una apuesta por la urbanización apaisada, la vivienda protegida y las ciudades de nombre euskérico a cada cual más largo: Ripagaina (aka Erripagaña), Buztintxuri, Sarriguren o Mendillorri. Algunos de esos asentamientos forman parte del municipio pamplonés, lo que tampoco explicaría el atasco demográfico de la ciudad pero sí la sensación de vaciedumbre que padece Irroña, que diría Ancín, de un tiempo a esta parte.

VIVA LA GENTE

En los días universitarios, cantábamos a modo de coña lo de ‘Viva la gente’ con un añadido que decía así: «Pamplona era una ciudad pequeña, hasta que llegó el beato Escrivá; ahora es toda una city, que tiene incluso universidaaaad. Vivaaa la gente, (bis). Pamplona, 2019, ¿quién tendrá que venir ahora para animar el cotarro? ¿Los sucesores (sucs.) de Donan Pher?

En lugar de un plan de amabilización, se podría diseñar, pasado mayo y sus cruciales elecciones, un plan de complicación. Hacer un llamamiento no sólo a los refugees, welcome, sino, yo qué sé, a los peregrinos de todas las romerías posibles y los erasmus de los cinco continentes. Parece que salen adelante las 277 habitaciones en el antiguo Unzu así que, mira, bien. La gente de paso también es gente. ¡Viva!

Pero cómo recuperar de nuevo esa animación, como lograr que los residentes en Zuasti y en Gorráiz vuelvan a los bares de antaño, el Nevada, el Windsor, el Baviera, el incombustible Bahía, el Moka redivivo. Me hablaron de una pareja, ya en el otoño de sus vidas, que se desmoronó silenciosa y lentamente tras su mudanza a una de esas urbanizaciones de gama alta e inviernos oscuros. Un sentirse de pronto como pájaros en jaula de oro y depender del coche para algo tan espontáneo y sin previsión como tomar un vino con tu gente querida. Un verse de repente como fuera de todo el circuito, de cualquier encuentro, fuera de la vida y darse cuenta de que, ay, es tarde ya para asumir el error. Cuidado con el confort extremo, tan o más perjudicial para la salud que el tabaco.

A mí me gustaba ese casco viejo del fin de semana que del bar París al Niza era como el bosque ibérico de las ardillas. Podías ir en volandas desde Jarauta a la cuesta de Telefónica si te lo proponías, como en el mismísimo Pimpi de Málaga. Entiendo que los vecinos no pensarían lo mismo, aunque con el Juevintxo, digno intento por dotar de gentío al centro, tampoco darán saltos de alegría.

La gente da vida. La Gran Vía madrileña, atestada de peña, es alegre, agobiante pero alegre, en cuanto que uno puede meterse por cualquier trasera a tomar una caña en paz. La gente nos cura de la misantropía. Entre la apolínea Ginebra suiza y la dionosíaca y mediterránea Nápoles me quedo con la segunda. ¿Qué ciudad queremos proyectar? Ojalá un plan de actuación urbanístico para descojonarlo todo un poco, ya digo. Ojalá una plaga de chinches en la periferia que nos haga volver a todos al centro, como en las tardes primaverales, con la tómbola y sus jotas, y el horizonte sanferminero ya en el aire, en las que uno siente ese aliento de vida que no se fabrica en ningún despacho municipal.

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