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Blog / Capital de tercer orden

De qué hablo cuando hablo de caminar

Por Eduardo Laporte 07 marzo, 2017 - 8:16

En pleno auge del ‘running’, optar por el proceso lento y quizá más sabio de la caminata con sentido tiene un punto revolucionariamente místico

Bruce Davidson. Chigago-Illinois.1963
Bruce Davidson. Chigago-Illinois.1963

En su día, desprecié desde la superioridad moral a los corredores y atletas, hoy conocidos como ‘runners’. Luego leí ‘¿De qué hablo cuando hablo de correr?’, guiño de Murakami al carveriano ‘¿De qué hablo cuando hablo de amor?’ y dejé de odiarlos. Un corredor es alguien solo frente a los elementos, envuelto en su minimalismo, y eso no es tontería.

Una excompañera de trabajo me dijo que no le gustaba correr porque «se aburría». Me quedé picueto. Correr no deja de ser una actividad zen en la que los pensamientos, ese ruido interno que acumulamos en un mundo lleno de ruido, parecen desintegrarse entre sí como los granos de café en un molinillo, para salud mental nuestra. Murakami me convenció de que correr no era algo alienante cuando decía que en esas salidas se le aclaraba el cerebro y hasta repasaba mentalmente conferencias que daría en universidades serias. Separar el grano de la paja. Por otra parte, el ejercicio nos conecta con nuestro ser humano ancestral, que no era un sedentario porque no se había inventado la red wifi en las cavernas. Moviéndonos somos más nosotros, nuestro yo atávico, que quietos.

Entonces, oh, maestro, la meditación, que se practica sentado y quieto, ¿no tiene valor?

Pasapalabra.

Correr podría ser y, atención que viene símil tosco, como la masturbación al sexo, siendo el sexo, con amor a poder ser, caminar. Y el sexo tántrico lo que viene siendo la peregrinación, que es un caminar ya hacia algo, por algo, un poco la quintaesencia de todo esto.

Dice Pablo d’Ors en ‘Biografía del silencio’ que la meditación te puede ayudar a dejar de ser vagabundo para ser peregrino. Quizá, y me respondo ahora, la meditación nos prepare para caminar,  en un sentido abstracto, mejor. En la buena dirección.

SENTIMIENTO PREVIO AL RITO

«La vida es una ceremonia. Es un error restar importancia a las ceremonias. No me extrañaría que parte de la desorientación contemporánea procediera de ahí».

Lo dice un personaje de ‘El invernadero’, la última novela de Fernando Luis Chivite. Las ceremonias no se inventaron por capricho litúrgico. De alguna manera, como ese correr ancestral, nos unen con lo que somos y la necesidad de ceremonia estaba antes que la ceremonia en sí. Cuando Nietzsche redactó el certificado de defunción de Dios, las iglesias se convirtieron en carcasas barrocas. Llegaron el escarabajo de Kafka y las dos guerras mundiales. Después, el posmodernismo y la actual incertidumbre. Tiempos límbicos, podría decir algún gurú inspirado. ¿Hacia dónde?

El peregrino sabe que tiene un camino. Nunca hice una javierada y ahora no me importaría hacerla. Descubro que una iglesia es algo más que un edificio histórico en el que programar conciertos de viola de gamba en el momento en que las peregrinaciones a Santiago siguen siendo masivas y que hay quien se plantea, desde su agnosticismo o lo que sea, seguir una especie de Cuaresma alimentaria. Emular al Cristo de los cuarenta días en el desierto y purificarse de alguna manera. La cultura capitalista insiste en que no hay que privarse de nada, y avanzamos hacia la obesidad mórbida del espíritu, acumulando microexperiencias de fin de semana tan sucedáneos del verdadero viaje como el surimi del cangrejo. La secularización integral de la sociedad no sucederá, pues necesitamos de lo sagrado, en su versión religiosa o laica, y la primera parece más enraizada pese a todo. Léase ‘El porvenir de la religión’, de Salvador Giner.

ANIMALES RELIGIOSOS

Nunca hice una javierada digo, pero, hace unos cincos años, descubrí el placer del viaje minimalista que es recorrer España a pie (en compañía de dos buenos amigos). La Ruta de la Plata, a trozos. El inicio del Camino de Santiago desde Madrid, con una etapa interesante como picoteo peregrinil que son los 36 kilómetros que separan Cercedilla de Segovia.

«Dios no está al final de la búsqueda, sino en la búsqueda misma», dice el Charles de Foucauld de ‘El olvido de sí’, también de Pablo d’Ors. Supongo que algo de eso busca, quizá sin saberlo, el caminante moderno o el peregrino agnóstico, valga el oxímoron. Sin caer en aquello que dijo que Rosa Díez de que había millones de españoles que eran de UPyD y no lo sabían, quizá sea cierto que hay muchos creyentes que lo son y no lo saben.

El consumo de arte, la admiración ante las fotografías de Vivian Maier, entraña ya una actitud religiosa. Porque somos animales religiosos, decía Carl Jung, y negarlo sólo conduce a la neurosis (o a una suerte de tensión intelectual no resuelta y unamuniana). Pero todo aquel que se echa andar con cierta actitud contemplativa tiene algo de peregrino, de ir hacia un lugar santo aunque no lo sepa porque en su excursión se topa con el silencio, que es el atajo más rápido a la trascendencia. De lo contrario, se quedaría en casa jugando a la Play. Pero hay algo extraño y poderoso, y quien ha practicado esas caminatas lo sabe, que nos anima a repetir. Porque la sensación al volver a casa es de una riqueza con la que antes no se contaba. No sólo de pan vive el hombre.

Escribir tiene algo de caminata sagrada, de peregrinación de la mano del daimon. También de aventura, porque uno no sabe por dónde se la van a ir los dedos, la mente, aunque tenga cierta tendencia o ruta medio bosquejada de ante mano. Mientras se escribe, todo parece en orden, pues la escritura es también una actividad física que nos mantiene a flote. Y quizá el caminante sea un legítimo aspirante a peregrino, alguien con esa pretensión, que no es mal sitio para ubicarse, la antesala, pues ya se sabe que el presagio del verano es mejor que el verano mismo.

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