Blog / Capital de tercer orden

Miedo y asco en las redes en la muerte de Gabriel

Por Eduardo Laporte 12 Marzo, 2018 - 23:21

La tragedia de una familia, con un niño muerto de por medio, sirve para mostrar la cara más perversa de ese arma de muchos filos que son Facebook y Twitter.

Wounded Soldier, ilustración de Otto Dix.
Wounded Soldier, ilustración de Otto Dix.

Una bandada de buitres sometidos a un estricto régimen recibe un maná de corderos en descomposición. El espectáculo de la sangre, las vísceras, las venas moradas y los ojos inertes lo impregna todo: el buitre quiere alimentar su estómago a toda costa.

El usuario digital medio se parece al buitre de esta imagen, con la diferencia de que alimenta su estómago de desechos informativos pero también su ego. Las redes como gran escaparate de mi impecabilidad moral y un volver al puritanismo de peli de Haneke (‘La cinta blanca’) en que se reciben los santos oficios no por convicción sino para demostrar, de nuevo, lo recto y ejemplar que soy. Asco en las redes. Miedo también.

Asco por ese tufo a ejemplaridad moral que destila cada suceso que destaca en el mapa de la actualidad. Ser el primero en apuntarse el gol de la dignidad, como pasó con los sonrojantes numeritos de egolatría sin juventud el pasado 17 de agosto, el día más doloroso en las Ramblas de Barcelona.

Por desgracia, no ha tardado en suceder algo parecido tras las manifestaciones del pasado 8 de marzo, día triunfal en mi opinión, pero que deja flecos para olvidar. Como el mensaje de «El silencio de los condescendientes» que remite de nuevo a ese puritanismo de la Nueva Inglaterra en cuanto que señala a quien, por las razones que le dé la real gana, no se pronuncia.

No sé si era Ramón Eder quién decía estos días que a veces el mejor regalo que se puede hacer alguien es su ausencia. Hay días para permanecer en segundo plano, para echarse a un lado. Gestos demasiado sutiles para la vocinglería tremebunda de unas redes cada vez más toscas, más tabernáculo de vinacho rancio y eructo amorcillado.

Veníamos de la demagogia cazalikes de qué buenos son nuestros abuelitos pensionistas y de las lecciones de democracia sobre la libertad de expresión, cuando tras el ruido informativo nadie sabe ni a nadie le importa el destino de Valtonyc, el rapero enchironado. Como tampoco se sabe nada de la obra de Santiago Sierra ni de qué pasa finalmente con los libros secuestrados de Nacho Carretero y sus harinas galegas. Se trata de ladrar, cabalgar ya si eso, pero por ladrar que no sea.

La periodista Pilar Cámara me da permiso para reproducir su estado de Facebook, un día después de que se descubra el cadáver de la víctima infantil en el maletero, de cuya supuesta asesina, u homicida, piden su cabeza en los tribunales más bananeros posibles: «Estoy tan consternada con lo que estoy viendo en las redes sociales que escribo y borro, escribo y borro, escribo y borro, y todavía no tengo ni idea de cómo decir lo que quiero decir. Ojo por ojo y el mundo acabará ciego». Asco.

Y esas poemastros en plan Lorca y su elegía a Ramón Sijé a ver si cuela. Deplorables. Pienso sobre todo en un escritor de novela negra de victorioso apellido arbóreo, ex mossu él y con un ego que no cabe en todo internet. Arcadas Espadas varias. Aski Da. Prou. ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

MIEDO

Los que se llenan la boca con la libertad de expresión son los primeros en cercenar ese derecho a través del instrumento de censura, o poscensura, que tenemos a nuestra disposición en este medievo revisited: el linchamiento. Un linchamiento que se libra con las armas de una violencia verbal pero no menos violenta en cuanto que sólo tiene un fin: hacer daño.

Lo he visto con las reacciones a los tuits de Lucía Etxebarria que si bien se pueden juzgar como fuera de lugar, faltas de respeto ante la inminencia de los hechos (muerte de Gabriel), manifestaban el mensaje de fondo de que los niños son los más desprotegidos. Su discurso formaba parte de una argumentación desarrollada que nadie se molestó en leer. ¿La posverdad era esto?

Uno puede estar más o menos acertado con un planteamiento, pero la libertad de expresión sí que es eso. Libertad de expresión no es —es zafiedad— llamarla «tipeja», «retrasada mental», «descerebrada», e insinuar que si escribe lo que escribe es porque es una señora necesitada ávida de volver al ganapán de la tertulias. Que sí pero no siempre. Piensa el ladrón…

Dan miedo estas redes en las que cualquier palabra puede ser utilizada en tu contra. En las que todos somos carne de cañón para el linchamiento en plaza pública que pide el ojo por ojo para la supuesta victimaria del niño fallecido, convertido por cierto en otra carnaza de verdulerismos disfrazada de condolencias. La mejor condolencia, a menudo, es el silencio. La más grave afrenta, utilizar cualquier muerte para ganarse la bula papal. Qué jartura, madre mía.

Por todo ello, me sumo a lo que Paco Bescós ha denominado día Bartleby, aquel del «preferiría no hacerlo». O sea, preferiría no estar en redes cuando ruge, pota, excreta, patalea, lincha y apesta la marabunta. Y por eso, me largo hasta que se calme la masa enfurecida, embravecida, desquiciada. 

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