Blog / Capital de tercer orden

Fuenterrabía es España

Por Eduardo Laporte 08 octubre, 2019 - 9:31

Existen una serie de elementos estéticos en el medio millón de kilómetros cuadrados que compartimos que, guste o no, nos cohesionan como nación de (naciones), pueblo, país, patria, territorio, etc.

Vista de la localidad de Fuenterrabía. HONDARRIBIA TURISMO
Vista de la localidad de Fuenterrabía. HONDARRIBIA TURISMO

Quien haga un trayecto en la recoleta ‘navette’ que conecta Hendaya con Fuenterrabía (me pilló ya mayor eso de Hondarribia: lo que aprendes de niño es muy difícil cambiarlo, se queda en una memoria indeleble) lo notará.

Apreciará que más moverse por esa voluntarista Euskal Herria (¿por qué el mapa de Euskal Herria, que pretende ser el mapa de un territorio cultural acaba siendo un mapa político, con de la Navarra toda, cuando la impronta vasca en la Ribera es residual? ¿Por qué no, ya que estamos, incluir zonas de La Rioja, aquella en la que se supone nació el euskera?), se traslada entre dos mundos bien delimitados: Francia y España. Por suerte o por desgracia, los países existen. Que se lo digan a los habitantes de Olivenza, portuguesa durante seis siglos y finalmente española desde 1801.

Las fronteras —que Schengen sólo eliminó en parte— generan diversas inercias internas, todo un estado estético y mental que no hay estatuto de autonomía ni DUI que logre enterrar. Un tuétano identitario que ni siquiera los nacionalismos más contumaces son capaces de aniquilar porque forma parte de ellos, de nosotros; no es posible escapar de tu propia sombra.

El PP ha presentado su nuevo lema de campaña: «Por todo lo que nos une». La última vez que hice el trayecto Hendaya – Fuenterrabía noté que me unían más cosas a Fuenterrabía que a Hendaya. Que la suciedad del pavimento, las sillas metálicas de los bares con su asiento de plástico imitación enea, las farolas desarrollistas y las señoras con moños como de 13 rue del Percebe haciendo la compra me situaban en un territorio que comenzaba en ese punto y acababa en Cádiz.

Me pregunto si los publicistas del PP hicieron ese viaje de apenas 800 metros por la bahía de Txingudi que te lleva de un mundo ‘mignon’, amable, correcto antes de que se inventara la corrección política y en el que los ‘épiciers’ son ‘types formidables’ (Casino) a uno en el que la presencia de un Guardia Civil no desentonaría. El centro de Hondarribia, va, venga, me parece precioso, también su fabuloso y pétreo parador nacional, no lejos de un restaurante que siempre me ha hechizado, y que espero visitar algún día: el Sebastián, calle Mayor 11.

Pero lo que no es el ‘erdi aldea’ de postal, como suele pasar, ya es otro cantar. El alma de los pueblos está en los rincones de los aseos de los bares y restaurantes, ese trozo de baldosa levantado que analizas mientras haces pis, pero también en las fachadas de los barrios menos pijos y más cutre-desarrollistas. Porque en cuanto te acercas a las afueras, a Andoain, compruebas que no hay nada menos español que el paisaje, tremebundo e industrial, de otro curioso trayecto, el del ‘topo’ o Euskotrén desde San Sebastián hasta la citada Hendaya.

Un feísmo sin tregua en el que uno puede apreciar ese gran hallazgo reciente que habla de la cohesión española silente: los toldos verdes. Ni catedrales ni banderas, el verdadero patrimonio nacional son los toldos verdes, dice el descubridor de tamaño elemento común a la España toda. Rentería, Santiago, Lleida, Vic, Tarragona, Utrera, Burgos, Tarancón, Hellín, Ciudad Rodrigo, Carmona, Oiartzun, Lekeitio, Zamora, Fuensalida… ninguno sólo —estoy dispuesto a hacer la prueba— de los más de 8000 municipios españoles se libra del toldo verde.

Ni los paradores, la liga, la ensaladilla rusa, la tortilla mazacote, el abuso del aire acondicionado, los encierros o los graneslams de Rafa Nadal son España del todo. El toldo verde it is Spain. La guerra civil, que separó al país en dos, ochenta años después de su final está resultado un elemento cohesionador. Pero ese es otro tema. Moraleja: estamos condenados a entendernos porque todos estamos en el mismo saco de un modo más profundo del que pensamos. Nos vemos en el Sebastián.

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