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Blog / Capital de tercer orden

Euskera por joder

Por Eduardo Laporte 08 febrero, 2016 - 23:59

Se abre el plazo para inscribir a los niños en el modelo D en las zonas no vascófonas de Navarra, una buena razón para reflexionar sobre el futuro de la ‘lingua navarrorum’.

Me entero tres meses más tarde —me van a perdonar, pero en mi retiro canario las noticias me llegan con cierto desfase— de unas palabras de la presidenta del Parlamento de Navarra, Ainhoa Álvarez que no sentaron bien en ciertos escaños: «Lo voy a hacer todo en euskera y se va a joder». Ole. Pensaba que tenía el micro cerrado. Le salió de dentro.

Durante los años en que viví ininterrumpidamente en Navarra (1979-2004), el euskera fue para mí como ese aforismo de Benjamín Prado sobre los vecinos: «Esos seres tan cercanos y tan lejanos». En el colegio en el que estudié cantábamos canciones francesas, incluso rezábamos en francés, en los primeros años, tal era el nivel de afrancesamiento de aquella institución llamada en su día Centro de Cultura Francesa. Curioso porque siendo yo medio gabacho, con perdón, mi peculiaridad nacional se hacía norma en ese centro, en el que por otro lado siempre me sentí un poco bicho raro. Me preguntó cómo me habría sentido en una ikastola. ¿Más vinculado al mundo? ¿A unas raíces culturales más ajustadas a la geografía en que nací?

Mi imaginario infantil recuerda grandes ‘hits’ de la educación francesa, como ‘Alouette, gentille alouette’ —que nosotros cantábamos «aluete, santi aluete», pensando que el señor Aluete sería un español emigrado a París»— o la mítica ‘Sur le pont d’Avignon (on y danse on y danse)’.  Mi lengua materna es el castellano y mi lengua de la memoria sentimental, por la que tengo un cariño especial, familiar, personal, es el francés. Luego está el inglés que es como el idioma de internet, las canciones, las pelis y a veces el trabajo y luego, ay, el euskera no sabría dónde colocarlo.

Lo pensaba justamente hace unos días, leyendo noticias sobre la extensión del modelo D a la zona no vascófona, lo cual ha generado reacciones a favor y en contra, fruto de una pasión, no siempre alegre, que provoca todo lo relacionado con el euskera. ¿Lo estarán haciendo por joder? Porque habrá profesores con un mínimo de 8 alumnos por clase y, en no llegando, se le trasladaría al futuro euskaldún en autobús al centro más cercano, cuyos gastos de comedor también cubriría la Consejería de Educación que lidera José Luis Mendoza. Hay quien piensa que esto es un dispendio exagerado.

Y lo pensaba, por un pensamiento anterior,  acaecido entonces, y que me dejó no poco sorprendido (por no haberlo tenido antes): ¿Y si publicara mis cosas literarias (también) en euskera? Nunca se me había pasado por la cabeza tal posibilidad, que ahora me viene incluso con un deje de excentricidad. ¿Y en esperanto?

Quizá es porque muchos de nosotros, navarros tots, hubiéramos colocado al euskera en el estante del rechazo. Y que ese rechazo tuviera una explicación, entre subjetiva y racional; la del rechazo que me provocaban, en mi primera juventud, aquellas concentraciones de familiares de presos exigiendo con uñas y dientes un acercamiento de sus familiares como su fuera un derecho inalienable. Que sí, bien, vale, pero sin ese gesto hosco cuando la víspera se han cargado a un guardiacivil con una bomba lapa. O esos gritos de «¡policía asesina!», bien, vale, de acuerdo, cuando los tuyos tienen secuestrado a un tipo desde hace más de 500 días en condiciones que hacen palidecer a las de Auschwitz. Inevitable que muchos hiciéramos la asociación en los «años del exterminio», como dice José Mª Múgica. Sobre todo cuando el euskera se usaba no como un «hecho diferencial», sino como un hecho diferenciador. Separador. Como suele actuar el nacionalismo: agudizando lo propio, cuando no exagerándolo o bañándolo de una épica medio trola, para decir: yo no soy como tú. El desencuentro con el otro, por anticitar a Kapuściński.

Como la apropiación de la bandera rojigualda, durante los 36 años y pico que duró el franquismo, la dejó prácticamente invalidada para la mitad de los españoles. La habían hecho suya. Como algunos quisieron apropiarse del euskera. Pero el euskera es de todos. De los navarros también (léanse las ‘Historias del viejo Pamplona’, de Juan José Martinena). Y, como dice el poeta Irazoki, «quien ama una lengua, ama todas las lenguas». Quizá sea hora de hacer ese ejercicio integrador, en las antípodas del espíritu que caracterizaba al que fuera director de Política Lingüística con UPN, Pedro Pegenaute, cuando hablaba de «defensas peligrosas» en relación a la protección del euskera.

Prefiero la postura del presidente y portavoz de UPN, Javier Esparza, cuando respondió, ante lo del euskera por joder de Ainhoa Aznárez, que «el euskera es una lengua nuestra, tan nuestra como de otros, tenemos parlamentarios que hablan en euskera, que han nacido y crecido en esa lengua».

Cabría preguntarse hasta qué punto uno está dispuesto luego a hacer el esfuerzo de asimilar esa lengua nuestra. Por qué quizá el saber no ocupa lugar, pero sí exige tiempo. Un tiempo que puede sacrificar el conocimiento de otros idiomas: francés, inglés, alemán, italiano, chino. Porque el euskera no se chapurrea en cuatro tardes; recuerdo cómo, en una academia que ofrecía cursos de euskera e inglés, las lecciones del primero eran exactamente el doble que los de la lengua de Shakespeare. Confieso que no sé si inscribiría a mi hijo en el modelo D, preferido por el 42% de los escolares, según leo aquí. Confieso que me atrae más la idea de un acceso al euskera por curiosidad lingüística, etimológica, cultural. ¿Sería eso dejarlo morir? Confieso que fuera de las zonas vascófonas, donde su lengua lleva siendo natural, primera, única, durante siglos, me resulta utópico pensar en una normalización. Confieso que me pierdo en los berenjenales técnicos, pero  entiendo que en la zona vascófona y en la mixta se exija su conocimiento para aspirar a plaza pública. Entiendo que, por este detalle, cualquier navarro debería tener derecho a estudiar euskera, siendo de Corella o de Lesaka, para evitar discriminación.

Sólo sé que no sé nada, apenas unas palabras que mi curiosidad por el euskera me ha ido proveyendo, y que si viviera en Pamplona seguramente aumentarían. Llamadme ingenuo, pero solo sé que las lenguas no tienen culpa de nada. Aprendamos a quererlas y que nadie nos joda por ello.

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