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Euskadi no tiene solución

Por Eduardo Laporte 14 julio, 2020 - 7:33

El mapa político vasco se arremolina entre la derecha tradicionalista y el nacionalismo abertzale, en un clima político preocupante en que las alternativas a este pesado menú no acaban de seducir

La candidata a lehendakari por EH Bildu, Maddalen Iriarte, junto a Arnaldo Otegi durante la noche electoral del 12J en la sede del partido, donde celebra los resultados obtenidos por su formación en las elecciones vascas, en San Sebastián. EUROPA PRESS
La candidata a lehendakari por EH Bildu, Maddalen Iriarte, junto a Arnaldo Otegi durante la noche electoral del 12J en la sede del partido, donde celebra los resultados obtenidos por su formación en las elecciones vascas, en San Sebastián. EUROPA PRESS

«No hemos tocado techo todavía», dijo Otegi nada más conocerse los buenos resultados para la formación que coordina, es decir, Bildu, que gana 4 escaños respecto a 2016. Logra así el mejor resultado de su historia, con 22 sillones en total, gracias al voto de 248.688 vascos (y vascas), es decir, casi un tercio de los 900.000 y pico llamados a votar. Dicho en otras palabras, uno de cada tres vascos (y vascas) votó al partido heredero del terrorismo etarra. Como si no hubiera pasado. Como si no hubieran segado la vida de 829 personas para nada. Uno quiere pensar que ese votante confía en que Bildu es una formación arrepentida de sus pecados y quiere trabajar por expiar esas atrocidades de Che Guevara de garrrafón y fomentar la convivencia, esa «cohesión social» que tanto cita Urkullu, pero no ve por ningún lado discursos que vayan en esa dirección, discursos valientes.

Dirán que Bildu no es ETA, y que ETA ya no existe, pero mientras las listas de Bildu estén engrosadas por aquellos que no sólo provocaron la muerte y destrucción, sino que quisieron que llegara a cuantos más rincones de la sociedad mejor, mal asunto. Ahí está esa «socialización del dolor» que apoyaron exbatasunos como Adolfo Araiz, figura clave en el actual equilibrio parlamentario foral. Se aprueban leyes de memoria histórica, bienvenidas todas, pero muchos de los actuales votantes vascos no saben quién fue Miguel Ángel Blanco y ahora EH Bildu les suena a partido cool que está en contra de todos los malos: los racistas, los fascistas, los polis americanos que matan negros y a favor de todos los buenos: los que tienen muchas identidades de género, los veganos, los animalistas, los ecologistas, los antinucleares, los que llevan un palestino bajo el cuello. Bildu es guay, tía, yo les voto. Y así hasta 248.688. «ETA ya no mata, pero no deja vivir», leo en un hilo de Twitter de un vecino de Ansoain, Navarra, que denuncia el ambiente «asfixiante» de las fiestas «para todos» en las que no entra ya la bandera oficial de Navarra, con 463 años de historia. Ahora es de fascistas.

Claro que entre esos 248.688 que votaron a Bildu vamos a entender que existe una masa social que se tapa la nariz ante la montaña de muertos —porque los muertos, como el dinero, no huelen, cosa que saben tanto sicarios como especuladores—  y elige la papeleta por descarte. Si uno quiere votar cosas de vascos y sólo vascos, que es básicamente la premisa nacionalisto-antisolidaria, en Euskadi tiene o PNV, que es grosso modo un partido de señoros, o Bildu, partido manchado de sangre pero que cuenta con simpatizantes capaces de pasar por alto, allá ellos con su moral, ese legado del horror y un proyecto de país excluyente, cerril y trufado de xenofobia —racismo, en román paladino— hacia lo español. Esa «gran inquina al castellano y al latín» que señaló Baroja en su clarividente ‘Momentum catastrophicum’.

Son los chapelchiquis, nada que ver con los chapelaundis que el escritor donostiarra soñaba para su República del Bidasoa, basada en instituciones de altura como la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (‘since’ 1765) y no en discursos herrikotabernarios que han marcado la creación del Euskadi actual, real, profundo, ese que nada tiene que ver con el Festival de San Sebastián ni las exposiciones guaises del Guggenheim. Y cito a Javier Ancín y un tuit reciente que dio la vuelta al mundo por ser tan duro como lúcido: «El nacionalismo destrozó Euskadi. Vas a los pueblos de Francia y lo vasco es algo elegante, indisoluble con ser francés, un plus, alegre, elegante. Te paseas por el País Vasco y el nacionalismo ha creado un mundo opuesto: oscuro, sucio, despreciable… hortera, violento, vulgar». ¿Exagerado? Vean el documental ‘De Echevarría a Etxeberria’, localizado en Oiartzun, para comprobar los resultados de una ingeniería social gestada durante años por el gudarismo y sus correligionarios. O cómo las pasa, en 2020, alguien que se atreva a discordar de cierto discurso abertzale dominante.

«Vanidad, antipatía y el interés» son los tres factores que Baroja detecta en el nacionalismo, y que crecen como la hiedra tanto en catalanismo como en el vasquismo. Relaciona Baroja estas bajas pasiones con la idea de la pureza de raza y su correspondencia con el idioma, motivaciones en las que no se puede basar «nada que tenga valor».

¿Y cuál sería la solución para Euskadi, la receta milagrosa de pizarra Velleda? Pues no sé, pero no estaría de más que surgieran más alternativas a una apuesta peneuvista cerrada en banda a todo lo que no sea el progreso económico vasco (luego ya si eso lo social, pero sin salir del molde nacionalista) y a otra abertzale que aunque se vista de seda, mona batasuna se queda. ¿Por qué no un partido de chapelaundis que recuperara el espíritu de aquella República del Bidasoa, «libre de curas, moscas y carabineros»? ¿Acaso hay algo más poético y abierto, como dice el propio Baroja, que eso de «amigos del país»? Un partido vasco, sí, pero que, como leemos también en ‘Momentum…’, se apoyara en el parentesco con Castilla, como hizo Zuloaga. Y que tuviera una mirada atenta, solidaria, hacia otros territorios que no fueran el suyo. ¿El internacionalismo es una premisa de la izquierda pero no la solidaridad interterritorial?

Nada de eso se avista en el debate, ni en la configuración de un Parlamento que sólo parece ofrecer bloques monolíticos de acción política de antipática tendencia centrípeta, cuando no excluyente. ¿Cohesión social? ¿Tolerancia? Con la cuadrilla, claro. De nuevo Baroja, que daba en el clavo hace cien años: «Comprendemos que pensar en la nación del Bidasoa tolerante, libre y amable es cosa bella para un chapelaundi, pero es perfectamente utópica».

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