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ETA, sácate los ojos

Por Eduardo Laporte 24 Abril, 2018 - 9:29

Pedir perdón con la boca pequeña y de modo selectivo, sin arrepentimiento sincero, es peor que no hacerlo.

Un menor de edad pasea junto a una de las muchas pintadas en favor de ETA que aún perduran.
Un menor de edad pasea junto a una de las muchas pintadas en favor de ETA que aún perduran.

Recibí con una sensación agridulce la noticia del ‘perdón’ de ETA. Me alegró, por un lado, lo que pensaba era un arrepentimiento sincero y me fastidió, por otro, así de rara es la psique, en cuanto que echaba por tierra la columna que tenía pensada. Se iba a titular “ETA debería sacarse los ojos” e iba a tratar sobre el arrepentimiento profundo para expiar las penas. Primero ante uno mismo, después ante los demás.

Es lo que hizo Edipo cuando se enteró de sus crímenes. Niño abandonado, de adolescente, en una disputa en un camino, Edipo mató a Layo y se casó más tarde con Yocasta, la mujer de éste. No sabía que ambos eran sus padres y que había yacido durante años con su madre. Cuando se enteró de la aberración, que como una maldición castigaba con enfermedades a sus súbditos de Tebas, asumió que él era el responsable de las desgracias. Y se hirió los ojos con dos broches del vestido de Yocasta y, ya ciego, pidió ser desterrado. 

Este capítulo de ‘Edipo rey’, de Sófocles, de unos 25 siglos de antigüedad sigue plenamente vigente, tanto es así que lo empleó Milan Kundera en ‘La insoportable levedad del ser’.

El personaje de la novela, Tomás, se refiere a él en un artículo publicado en una revista crítica con el socialismo, cuando lo oficial es la ocupación soviética que se recrudece, carros de combate mediante, acabando con la Primavera de Praga (de 1968).

En mi artículo, antes del anuncio del pasado viernes, iba a reproducir pasajes como este, de ‘La insoportable levedad del ser’:

«Por culpa de vuestro desconocimiento este país ha perdido quizá por siglos su libertad, ¿ y vosotros gritáis que os sentís inocentes? ¿Cómo sois capaces de seguir presenciándolo? ¿Cómo es que no estáis aterrados? ¿Es que conserváis la vista? ¡Si tuvieseis ojos, deberías atravesároslos y marcharos de Tebas!».

Porque lo que más irrita a Tomás es que muchos de los que permitieron los crímenes del comunismo, las torturas, los campos de trabajos forzado y de exterminio, las delaciones y el estado, en definitiva, del terror es que ni siquiera eran conscientes de su culpa.

Leyendo los comunicados de ETA, y las reacciones posteriores de gente sensata, compruebo que la idea original de mi artículo sigue siendo válida. Porque ETA no ha asumido aún el daño realizado, porque que vive en una peligrosa inopia empática, aludiendo al bombardeo franquista de Guernica de hace ochenta años como origen de todo, porque su cinismo no conoce límites. Porque su torpeza es antológica.

NAZIS CON PASAMONTAÑAS Y POCAS LUCES

«Esto me recuerda a la persecución nazi contra los judíos», decía Raúl Guerra Garrido poco después de que la cantera de ETA, la ‘kale borroka’, incendiara su farmacia de San Sebastián, tras dos intentos fallidos. Días antes, habían asesinado a su amigo íntimo José Luis López de Lacalle y destrozado la obra del escultor Agustín Ibarrola, ‘El bosque de Oma’.

Decir nazi quizá sea poco: talibanes puede ser más ajustado. Todavía hoy tienen apoyos sociales.

El ‘delito’ de Guerra Garrido era ser de un partido no nacionalista y no callarse. En 1990 escribió un libro que podría considerarse un predecesor de ‘Patria’, con el valor de haberlo escrito en plena dictadura del terror. Se titula ‘La carta’ y relata el calvario de todos aquellos que recibían esa ‘invitación’ a contribuir a la peor causa posible: añadir más muertos al absurdo.

En este caso, 50 millones de pelas de 1990 y el sonrojante trance de tener que pedir un crédito en tu banco de toda la vida. Y que tus amigos te consideren un apestado, no tanto por la traición, que también, sino por el riesgo que ahora corren sus vidas.

El retraso mental de estos nazis con pasamontañas y los que les reían y ríen las gracias siempre me pareció especialmente aberrante. Puede haber épica en la violencia, uno puede encontrar heroicidad en los rebeldes camuflados en Sierra Maestra para liberar al pueblo del tirano, pero el modus operandi de ETA, a partir de 1982, no sólo era ridículo, tosco, grosero, paleto, cutre y lamentable, sino intelectualmente patético.

Página 32 de ‘La carta’:

«Que quien se dice en guerra pida amnistía a quien quiere exterminar, que lo firme un movimiento revolucionario de izquierdas autodenominándose nacionalsocialista son paradojas que nadie desmonta».

Me recuerda a aquellos gritos del «policía asesina» que escuchaba debajo de casa en las siniestras concentraciones de familiares de ETA que exigían derechos, a cara de perro, a quienes acababan de matar.

Habla Guerra Garrido de un emperador desnudo que durante años nadie señaló por miedo o por entender que tanta subnormalidad tenía que tener alguna legitimación. Pero no. Tampoco la tuvieron los nazis que levantaron los campos de concentración, por mucho que los suyos obedecieran, levantaran muros con alambre de espino, rociaran Zyklon B por las noches.

El mal existe y el ser humano puede alimentarlo, engordar al monstruo, la peste de Tebas, o salirse progresivamente de él.

Pero dulcificar la barbarie con un discurso intectual y moralmente insostenible por cuanto incide en los ‘daños colaterales’, demuestra de nuevo su falta patológica de empatía en otra forma de añadir horror al horror. ETA, como Edipo, debe sacarse los ojos o callar.

Quizá algún día asimilen, los asesinos y quienes fueron tibios ante su saña, todo el daño causado. Entonces, querrán sacarse los ojos y les diremos que no hace falta, que somos capaces, incluso, de perdonar. Pero nuestros ojos, heridos sin motivo, no podrán olvidar.

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