Blog / Capital de tercer orden

ETA nació maldita

Por Eduardo Laporte 14 abril, 2020 - 10:30

La serie de ‘La línea invisible’ reconstruye los primeros años de la banda terrorista e ilustra el cacao ideológico fundacional que derivó en esa aberración que duró medio siglo (y aún colea)

Fotograma de La línea invisble, nueva seria de Movistar +.
Fotograma de La línea invisble, nueva seria de Movistar +.

En el segundo capítulo de la serie dirigida por Mariano Barroso, la madre del que fuera el primer asesino de ETA, Txabi Etxebarrieta, le hace una confesión. Sentados ambos en la cama de la habitación de quien era aún un veinteañero, le recuerda cómo una amiga de la infancia, Herminia, le quemó el pelo y le rompía las ventanas a pedradas. Tenía envidia de que a su padre le fuera mejor en la vida. Pero lo que más le dolió y no olvidó nunca fue la predicción que le lanzó: «Tendrás una familia maldita».

Visioné ‘La línea invisible’ (Movistar) —en pleno confinamiento, como debe ser— con reservas al principio. No me apetecía asistir un ejercicio de encumbramiento gratuito y equidistantoide de estos sanguinarios con pasamontañas, pero luego encontré un producto audiovisual de primer nivel y un intento loable y, ay, necesario, lo diré, de recrear aquello. Porque la información, el conocimiento, si surge de fuentes fiables y honestas, siempre aporta luz.

Tras devorar los seis capítulos en un día, tuve una especie de revelación, de esas simplonas pero que a la vez tanto despejan: ETA nació maldita. Se creó torcida, se apoyó en las bases equivocadas. Se fundó en arreglo a un dudoso potaje de textos mal leídos, tendencias geopolíticas mal digeridas, sentimientos de agravios históricos sobredimensionados y, además, se construyó apuntando en la dirección contraria a la del mundo.

Viendo la serie —fuente de ficción, pero fuente al fin y al cabo— da la sensación de que los primeros urdidores de la banda tomaron cuatro porciones del ‘zeitgeist’ de la época para introducirlos después en una olla imposible que provocó un guiso tan indigerible como tóxico. Que si Cuba y Sierra Maestra, Saigón, el mayo del 68, Argelia y, esto más de soslayo, Israel, pueblo nómada durante milenios que en 1948 ve colmadas sus ansias de tener un Estado propio. El sueño de la razón produce monstruos. Y tanto.

Tras treinta años de franquismo, estos lumbreras imberbes, espoleados por ‘intelectuales’ como ‘Txillardegi’ o Julen Madariaga, se proponen nada más y nada menos que ir contra la historia. Contra el progreso, contra la libertad y contra la vida. En pleno nacionalcatolicismo y su angustia existencial inherente, su oferta programática pasa por volver a Sabino Arana, volver a la iglesia (ETA nació en las sacristías, etc) y desempolvar una lengua imposible y prerromana para la vida cotidiana.

«¿Y qué le importa a trabajador zamorano la patria vasca?», espeta uno de los personajes ‘preetarras’ de la serie, en el calor de las discusiones primigenias. «Se desloma tanto como nosotros», argumenta, azorado por un deseo de justicia obrera. La solidaridad sindical no importa, pero sí un proyecto de ingeniería social que, tras el fracaso del III Reich, con su apelar a la raza, a la historia (inventada), sólo podía llevar al desastre. La gente soñaba con ver a los Rolling Stones, comprarse los últimos discos de los Beatles, llenar discotecas, ligar un poco, viajar otro tanto, abrazar el nuevo mundo pop que por fin estallaba en esa España secuestrada. ¿Muere Franco y le obligas a bailar ‘zortzikos’?

En lugar un de un California Dreamin’ vinieron estos salvapatrias a ofrecer una vía de liberación del pueblo oprrrrimido tan sumamente demencial que sólo los más pirados, los más fanáticos y los más empapados de odio compraron en su pack completo (las connivencias y complicidades varias no cabrían en este artículo). Una tarde entrevisté a Kepa Aulestia en la redacción de ‘El Correo’ a propósito de su ‘Historia general del terrorismo’. ¿Resumen? «Son mala gente». Sabía de lo que hablaba.

ETA nació maldita. Fue un engendro desde su gestación y no sólo no se autoinmoló en su momento, sino que la criatura fue degenerando más y más hasta que, tras una patética agonía, se diluyó. No hay mal que cien años dure, pero ETA duró cincuenta.

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