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Entropía y nacionalismo

Por Eduardo Laporte 01 noviembre, 2016 - 8:56

A los sesenta años de la muerte de Baroja, la contumacia de los líderes separatistas no invita a abrazar tesis optimistas sobre el devenir de los pueblos.

Cuadro de Ramiro Arrua.
Cuadro de Ramiro Arrua.

Hay títulos que son ya un valor en sí. Como un epigrama, un aforismo, un verso afortunado: ‘El bucle melancólico’, de Jon Juaristi. Confieso que no lo he leído, pero qué tres palabras más certeras para describir un fenómeno que Sabino Arana inventó o supo detectar en el aire y codificar, que todo es siempre muchas cosas a la vez. La melancolía por un mundo que nunca existió.

Una saudade, señardá, extrañeza de quien asume que el mundo no es como le gustaría que fuera. Lo vemos en el Andrés Hurtado de ‘El árbol de la ciencia’, ese personaje ajeno al mundo, que como el murciélago no es ni pájaro ni ratón. Esa sensación ‘blasé’ de la que habla Georg Simmel en ‘La metrópolis y la vida mental’.

El adiós a un mundo concreto, reconocible, donde uno conoce el árbol genealógico de quien le vende la carne, y sabe de dónde viene esa carne, esa verdura, quiénes son los padres de ese tendero, dónde nació, dónde morirá. Cuenta Annie Ernaux en ‘El lugar’, sobrio libro sobre la muerte del padre, que todo cambió cuando llegaron los supermercados, a finales de los cincuenta.

Adiós a la prosperidad cómoda del negocio familiar en el pueblo y una áspera asunción de que buena parte de la clientela prefiere ahora hacer la compra sin la servidumbre de tener que pedir cada producto deseado. El ‘Todo lo que era sólido’, de Muñoz Molina, sería otro título-tesis que en apenas cinco palabras nos ofrece, ‘blitz’, el retrato de una época (muy deudor por cierto de los ‘Tiempos líquidos’ de Bauman).

‘Entropía y nacionalismo’ no existe como título. Está libre el dominio, digamos, para todo aquel que quiera escribir un ensayo con esas tres palabras sin dueño. Aprendí qué era aquello de la entropía en uno de los libros del Proyecto Nocilla de Agustín Fernández Mallo. A saber, un cubo de arena con dos tipos de arena: a un lado de la circunferencia, arena negra. La otra mitad, arena blanca.

Con una pala, se empiezan a mezclar las dos arenas, hasta que queda una masa grisácea. Si se quiere revertir el proceso y volver al blanco y negro inicial, no basta con dar vueltas con la pala en sentido inverso. Será inútil y es probable que se cree una confusión cromática aún mayor. El proceso es irreversible.

La ley de la entropía. No hay vuelta atrás. Pero los líderes nacionalistas de los territorios con pretensiones independentistas no lo saben o no quieren asimilarlo. Creen que podrán dar marcha atrás en el reloj del tiempo y contravenir las leyes de la entropía. Confían, inmersos en su bucle melancólico, que ese negro y blanco tan puros y reconocibles, aún se pueden alcanzar. Creen, y esto es quizá más triste, que hay un negro, un blanco, y no un tono mestizo que es el único posible, el resultante de décadas de mezcla y de libertad.

CONTRAUTOPÍA

Se publican ahora reunidos los libros de Pío Baroja de temática vasca, cuatro tomos en un solo volumen sobre un mundo vasco «idealizado», como dijo el otro día su sobrino nieto, Pío Caro-Baroja, en la tele. Baroja creía en una República del Bidasoa, sin militares, lluvia y moscas, creo recordar, concebida como una «contrautopía», basada en la libertad y en la tolerancia, leo por ahí. O sea, en las antípodas del aberchandalismo agresivo y montaraz.

Decía el último descendiente de Baroja en la citada entrevista que su tío abuelo era un pesimista, cosa que ya sabemos pero que tiene más valor si lo confirma alguien de la familia. Creía en el individuo, si eso, y le daban pavor las masas. A los sesenta años de su muerte, supongo que no le sorprendería comprobar la contumacia con que se desarrolla la historia.

Esbozaría una media sonrisa de Ya os lo dije. Y le apenaría comprobar que ensoñaciones inofensivas y legítimas, nacidas del amor a una tierra, a unas gentes, a un pasado trenzado de raíces sentimentales, que son las más sólidas, quedaban en manos de unos demagogos vendidos a la dominguera vanidad y a las dietas infladas con dinero público.

Comienza una nueva legislatura y mi nariz generosa, que es de dónde Nietzsche decía que procede la intuición, principio de todo pensamiento más o menos afortunado, me dice que no será un buen tiempo para conciliar reivindicaciones territoriales.

Me temo que se enconarán más las posturas y se alentarán las tesis hacia repúblicas no ya ideales del Bidasoa, sino hacia estados fortificados del pensamiento en los se siga creyendo en los bucles melancólicos. Se obviará el carácter entrópico de las complejas sociedades contemporáneas, ahondando aún más en el salto al vacío que tiene todo nacionalismo excluyente y fascistoide y seguiremos perdiendo oportunidades de encontrar la verdadera raíz de los males más o menos enquistados.

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