• sábado, 01 de octubre de 2022
  • Actualizado 09:54

Blog / Capital de tercer orden

¿Qué quedó de los Encuentros (de 1972)?

Por Eduardo Laporte 06 marzo, 2018 - 10:43

El 10 de marzo se proyecta el documental sobre los Encuentros de Pamplona, una buena ocasión para acercarse a aquellos días tan insólitos como históricos.

Una de las instalaciones de Leandro Katz en los Encuentros de Pamplona de 1972. MUSEO REINA SOFÍA
Una de las instalaciones de Leandro Katz en los Encuentros de Pamplona de 1972. MUSEO REINA SOFÍA

Me enteré de la existencia de los Encuentros de Pamplona de 1972 allá por 2009. Creo que fue por la exposición que se celebró en el Reina Sofía, 25 años después, y de la que me llegó algún eco. Flipé en colores. En colores tan lisérgicos como la película pintada de José Antonio Sistiaga (San Sebastián, 1932) que tuve la suerte de ver en pantalla grande.

No negaré que me dormí en algún pasaje, porque tal aluvión de información gráfica, artística, evocadora, no hay cerebro, al menos el mío, que lo asuma en su totalidad. Pero la experiencia fue potente. Silencio y miles y miles de fotogramas pintados. Abstracción pura. La conciencia de que detrás de cada fotograma estaba el artista. Quizá nada tan efímero como esa película, proyectada originariamente dentro de los Encuentros, en los cines Carlos III, con el provocador título en euskera, en aquel mundo en español de entonces, de era erera baleibu izik subua aruaren¸que viene a ser algo así como «para que no tengas miedo».

Este sábado se proyecta en Punto de Vista no la peli pintada, sino el documental que el propio Sistiaga rodó con su cámara de 16mm en la Pamplona invadida por el arte de vanguardia durante los inolvidables días del 26 de junio al 2 de julio de 1972. Inolvidables para los que los vivieron, pero también para los que, de una manera u otra, los vamos evocando, que es como ejercitar una memoria creativa y que permite revivir lo no vivido.

El cine, el arte y la información publicada al respecto nos permiten generar algo parecido a la experiencia: la ilusión de lo vivido. Como el fenomenal libro publicado por el Museo Universidad de Navarra, que es la mayor guía sobre el evento publicada hasta la fecha, con entrevistas de gran valor como la realizada a la compositora Teresa Catalán o el testimonio de José Miguel de Prada Poole sobre sus cúpulas hinchables, una arquitectura utópica y en colorines donde ahora se yergue ese Baluarte negro como una morcilla de luto. Háganse con ese libro: revivan los Encuentros quienes lo vivieron e imaginen cómo fue aquello, gracias al apoyo documental, quienes no estuvieron. También están vivos muchos de sus protagonistas: Luis de Pablo, el fotógrafo Pío Guerendiain, José Luis Alexanco. Hablen con ellos. Chillida no. Oteiza tampoco. Este último no quiso participar, porque venía el primero. Ay. Luego se dieron un abrazo. El vacío de aquellos días se compensa con una presencia permanente: el Museo Oteiza.

¿QUÉ QUEDA DEL ESPÍRITU DE LOS ENCUENTROS?

Es difícil medir el impacto de las cosas. Sobre todo el impacto intangible. El de los JJOO de Barcelona tuvo consecuencias antes y después de su celebración. ¿Cómo se mide eso? En este caso, no sé hasta qué punto existía ese factor de antelación, el presagio del algo por venir, lo que aquí llamaríamos el síndrome de la escalera (de San Fermín). Tampoco hubo Pobre de mí, más pobre en cuanto que los Huarte, tras el secuestro de Felipe Huarte y las bombas, decidieron no financiar más nada y no se repitió nunca lo que iba para bienal.

Pocas cosas más macabras que la de asumir que los 50 millones que se pagaron por su liberación, en ese primer secuestro de ETA, en enero de 1973, se usaron más tarde para perpetrar otros secuestros, asesinatos, extorsiones. La voladura de Carrero Blanco tendría así algo happening de la muerte.

Esta es la historia de nuestro pueblo. Ahora entiendo el color de Baluarte que, con esa escultura de Aquerreta —con esa mala fortuna en cuanto que parece que es el niño quien dispara al padre— podría ser un monumento a la desdicha. Tiempo de llorar, escribió aquella. Porque muerto el de Ferrol, las cosas podrían haber sido otras, pero lo que hubo fue una indigesta prolongación del franquismo sólo que desde el otro lado.

La vanguardia pronto se olvidó. Experimentos con gaseosa, sí eso, y lejos. Tampoco procedía en la Pamplona de 1972 y fueron muchos los que quisieron boicotearla. Desde fuera y desde dentro. Los comunistas, porque hacer arte (vida, diversión, ocio, cultura) en la dictadura era legitimarla, hacerla menos dura. Desde dentro del régimen, no está claro quién rajó antes de tiempo las cúpulas de Prada Poole, haciéndolas aún más efímeras, imponiendo la gamberrada cuartelera a la propuesta de un nuevo mundo. Entonces la utopía, o cuando menos la idea de un mundo mejor, parecía posible. El mundo fue mejor, sí, pero no cómo se creía.

¿Qué queda de los Encuentros? Pues no sé. En mi biblioteca madrileña tengo una reliquia hiperlocal: pamplonario, que firman Ignacio Aranaz y Pedro Salaberri, aunque se gestara con Manuel Hidalgo y Mariano Royo en el equipo. Es un libro entre literario y costumbrista. No sé si me sirve. No sabría decirte, ahora, si quedó algo de los Encuentros. Una generación de artistas espoleados por aquellos días. La propia Teresa Catalán, sin ir más lejos.

El festival Punto de Vista me parece un digno heredero. No lloremos tanto. Quedan las ganas, o se pueden insuflar al menos, de recuperar ese espíritu.

  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.
¿Qué quedó de los Encuentros (de 1972)?