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Encierro tropical

Por Eduardo Laporte 08 julio, 2018 - 9:17

Hay mañanas en las que lo último que haría cualquier mortal sería lanzarse a correr el encierro: pero ahí están, cada día, los corredores.

El encierro del 8 de julio de la ganadería José Escolar a su paso por la Plaza del Ayuntamiento. ALEJANDRO VELASCO
El encierro del 8 de julio de la ganadería José Escolar a su paso por la Plaza del Ayuntamiento. ALEJANDRO VELASCO

Se especulaba sobre el peligro potencial de esta ganadería, José Escolar, con su reciente currículum de sorpresas y toros rezagados que siembran el pánico. Los más morbosos esperaban alguna escena sobrecogedora, las tripas abiertas de otro mozo histórico, aquel Gregorio Zamora Irazábal, y sus 33 centímetros de cornada y una zona intestinal que hubo de recolocar el doctor Ramírez que citábamos ayer. Hay encierros que son lo más parecido al inicio de Salvar al soldado Ryan, con su dosis de visceralidad, en sentido literal, y un ambiente hostil sobre lo hostil.

El que está dentro sabe que es un potencial Ryan, el elegido para ser corneado por uno de esos toros que, repito, se presumía iban a liarla. Domingo, día de masas y de borrachuzos que sólo se templan cuando el reloj de la torre de San Cernin les recuerda que se acabó la broma: el encierro es capaz de hacer callar al mundo. Hay un miedo extra en el aire que parece que el día no quiere acabar de salir, contraviniendo las leyes de la naturaleza, con su particular tradición de amanecer y ocasos.

Las farolas de Santo Domingo permanecen encendidas, en esa transición entre sueño y vigilia que hoy se muestra más perezosa que nunca. Sólo el sol, que se cuela rebelde por el inicio de Mercaderes hasta la curva de la Estafeta, nos recuerda que la fiesta sigue, que estamos en San Fermín, que esto es la realidad y no una suerte de pesadilla estética soñada por un cineasta verdadero.

El capotico de San Fermín quizá pensó que sería demasiado dantesco un espectáculo de intestinos a la virulé por los adoquines, con cráneos abiertos y muslos desgajados. O un teatro de astas que perforan gargantas y tiro de memoria para evocar esa terrible imagen de 2009, curva de la Estafeta,y el destino que cumple el peor designio. Hoy, por suerte para nuestras retinas, las astas únicamente se mostraron mojadas, en esa comunión insólita entre el reino humano y el animal, en esa danza tumultuosa que avanza por la Estafeta recordándonos a los amaneceres silenciosos en la Sabana africana en la que jamás hemos estado.

Cornamentas de elefantes, rinocerontes y otras bestias mecidas por la lluvia tropical que cae en Pamplona y en cualquier selva remota. El encierro es en verdad un homenaje al animal, rey indiscutible de esta selva de asfalto mojado. El de hoy, tropical —dicen que no llovía durante la carrera desde 1991— lo ha sido aún más.

Hay contusiones, traumatismos maxilofaciales, craneales, deformidades en la pierna y al menos tres personas torcerán hoy el gesto en el hospital cuando lean, escuchen, aquello de «encierro limpio». Pero así lo ha sido, con el fluir de junco que los cabestros imprimen en unos toros más tendentes a la dispersión, hasta llegar a la arena hoy mojada de la Monumental. La cosa podría haberse tornado no ya dantesca aquí, sino de una zafiedad sin parangón, si los toros hubieran entrado al trapo de algún mozo, para terminar retozando sobre el barro. En lugar de eso hemos tenido una belleza insólita, con una lluvia que generaba un escenario de pesadilla al revés. Encierro onírico en el que sólo la sangre podría haber empañado unas estampas memorables.

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