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Blog / Capital de tercer orden

El encierro salvará los Sanfermines

Por Eduardo Laporte 17 julio, 2018 - 10:39

Las fiestas se sobreponen a los distintos frentes en contra gracias, entre otras cosas, a la fuerza sin rival del ‘running of the bulls’

Revellers run next to fighting bulls from the Victoriano del Rio ranch accompanied by steers during the 6th day of the running of the bulls at the San Fermin Festival in Pamplona, northern Spain, Thursday, July 12, 2018. Revellers from around the world flock to Pamplona every year to take part in the eight days of the running of the bulls. (AP Photo/Alvaro Barrientos)
Miles de personas siguen el encierro del pasado 12 de julio con toros de Victoriano del Río en la calle Estafeta de Pamplona. (AP Photo/Alvaro Barrientos)

Todo aquel que haya visitado Siena, en el corazón de la Toscana, habrá comprobado cómo la vida de esta antiquísima ciudad pivota en torno a un hecho concreto: el Palio. Las distintas contradas, equivalentes toscanos de las peñas pamplonicas, viven por y para ese acto, que se celebra el 2 de julio y el 16 de agosto, cada año, desde principios del 1600.

Tres vueltas a la plaza del Campo, diez caballos, diez jinetes, un ganador y su propia curva de la Estafeta, la curva de San Martino. ¿Qué sería de Siena sin el Palio? Probablemente, una ciudad-museo, una Dubrovnik más, una Venecia que expulsó a sus habitantes ante la fuerza del turismo. Siena resiste.

La tradición puede ser también un actualizador del presente, un dador de contenido, un continuum que no hay quien lo pare. Por eso los Sanfermines lo aguantan todo, con los encierros como cadena de trasmisión de la historia, la cultura, la tradición, más incluso que las corridas, aunque elementos indisolubles.

Se metió Asiron en el jardín de sugerir unos Sanfermines sin corridas pero con encierros. Se debate tímidamente sobre unas corridas sin muerte. ¿Cómo serán los Sanfermines de 2078?

En ‘Corriendo con Hemingway’, Bill Hillmann, habitual corredor de los encierros desde 2005, compara la muerte del toro con la calvario de Cristo y a los corredores como encargados de mitigar el dolor durante el via crucis a lo Simón de Cirene. Como un recorrido entre el Pretorio y el Gólgota, en las antípodas del viaje a Ítaca: aquí lo importante es llegar, alcanzar el coso, el ascenso a los cielos desde la arena de Pamplona.

Los encierros modernos son cada vez más «rápidos y limpios», ese binomio que nos deja falsamente satisfechos. Al encierro le pedimos no sangre pero sí peligro, no es un deporte de riesgo, no es un descenso de cañones, no es un rafting en el río Gállego, es algo más. Es, señores y señoras, toda una cultura que va tomando cuerpo de ciencia, de especialidad, hablemos de encierrología.

No sé si necesitamos un Museo de los Sanfermines, ¿por dónde empezar?, pero sí un Museo de los Encierros. ¿Por qué en Pamplona hay tan pocos locales dedicados al encierro, más allá de cuatro fotos de Hemingway borracho y unas imágenes viejas de Zubieta y Retegui en las paredes?

En Siena, el restaurante Bagoga, gestionado un por un exjinete del Palio, muestra, sin pasarse de folclorismos, elementos míticos de la carrera: se siente el espíritu entre sus mesas. Aquí tenemos El Encierro, dentro de El Toro, fuera de la ciudad. Aún falta integrar más el encierro en la vida cotidiana, vivirlo más allá de las ocho mañanas sanfermineras. Tenemos festivales de flamenco, de novela negra, de documentales… ¿por qué no unas jornadas anuales sobre el encierro en Pamplona? Proyección de las mejores carreras en las mejores condiciones de sonido e imagen, presencia de corredores expertos y debates ad hoc. Si no es en Pamplona, dónde si no.

ACTUALIZAR EL RELATO

Recomiendo la lectura de ‘Corriendo con Hemingway’, te traslada la adrenalina de una carrera, y convierte en concreto esa miscelánea de miembros, animales y humanos que es todo encierro. Hillmann los vive con pasión, cada carrera es para él un duelo contra los elementos y, sobre todo, contra sí mismo. Además, como señala John Hemingway en el prólogo, los encierros le han ayudado a centrarse y a aceptar su trastorno bipolar: «Las fiestas de San Fermín le han enseñado que al correr lo importante no es ser el número uno o recibir la mayor atención, sino vivir el encierro con intensidad y ser generoso con sus compañeros».

El libro de Hillmann es una declaración de amor sincera y descarnada por los encierros, por Pamplona, una actualización del espíritu de Hemingway. Está escrito desde la humildad, desde la asunción de la condición de discípulo que tiene todo pupilo antes de convertirse en maestro, y es probable que Hillmann lo sea con el tiempo.

Así, no le duelen prendas en reconocer la deuda con los corredores extranjeros como Carney, Distler, Bomber, Ibarra, Sinclair o Turley, pero también con los más cercanos como el difunto Julen Madina, Juan Pedro Lecuona o Pello Torreblanca; no hemos olvidado aquella brutal cogida en el pecho, con aquel ‘Ermitaño’ que no lo mató de milagro y también por la mediación de un modo llamado David Rodríguez López, al que Hillmann, que estaba ahí, califica de «héroe» en su libro. ¿Anonimato en los encierros? Yo me rebelo. Quienes menosprecian a los mal llamados divinos lo que buscan es ocultar su mediocridad.

Hemingway vivió sus particulares Sanfermines, los de una época, y con su muerte parece que murió también una forma de vida, una forma de fiesta. Leyendo a Hillmann, con sus debates acelerados en el Txoko tras cada encierro, con sus broncas bukowskianas en The Harp de San Gregorio y sus reuniones con la gente de la Pamplona Posse, volvemos a creer en la resurrección de las historias, en la actualización del relato, en la supervivencia de una fiesta que se renueva sin que nos demos cuenta y que, mientras algunos cantaban su ocaso, en realidad se estaba rearmando. El encierro es uno de sus asideros más sólidos que cada año, a pesar de su tendencia predecible, demuestra su invencibilidad. Correr con Hemingway para tomar su testigo.

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