Blog / Capital de tercer orden

En defensa de los tibios

Por Eduardo Laporte 27 febrero, 2018 - 9:15

Aún siguen vendiendo la idea del compromiso entendido como una beligerancia trasnochada que es el foco de tantos males en cuanto que yo tengo razón y tú no.

Una chica pasea por la desolada Gunkanjima, Nagasaki, Japón (Jordy Meow).
Una chica pasea por la desolada Gunkanjima, Nagasaki, Japón (Jordy Meow).

Una página en ‘Justo’, la última novela de Carlos Bassas, donde leemos que «el mundo está infestado de tibios que observan la alambrada y creen que las púas son capullos por florecer». Me doy por aludido, porque siempre me he sentido algo tibio.

Un tibio a mí manera, es decir, alguien que no es frío pero tampoco un corazón ardiente. Cuidado con esos corazones, cuidado con la pasión gitana, sangre española, cuando estoy contigo a solas. Que te mato. Es habitual ese recurso en redes, el de llamarte tibio porque no aceptas el maximalismo de turno.

Hay quien lo asocia a pusilanimidad, a complicidad con el mal, a una condición meliflua que permite todos los ultrajes del mundo. Serían aquellos, según el fragmento de la novela de Bassas, que conforman tres masas: la silenciosa, la temerosa y la obediente. Un conjunto de ciudadanos que sería por tanto manipulable, cándido, que esgrime a menudo lo de «bastante tengo con lo mío», según este fragmento de esta novela que no para de recibir halagos por parte de la crítica, por cierto, y que me sirve de excusa para el artículo.

Supongo que todos somos algo tibios hasta que dejamos de serlo. Los pensionistas de las manifestaciones recientes vieron menoscaba su tibieza en cuanto que sus ingresos no crecían en la proporción que su sentido de la justicia (individual, pero entiendo que también social) debería. Para mí que había un prurito más individual que social en esas reivindicaciones, aunque pronto nos apresuramos a vestirlos de santos.

¿Qué haces tú?, me inquirió una amiga cuando solté un comentario algo payaso sobre las motivaciones de los pensionistas movilizados. Pinto paisajes, podría haber respondido, aludiendo al personaje de Casa con desván, de Chéjov.

Los paisajes son tan necesarios como la atención primaria a los enfermos. Sin paisajes nos olvidamos de para qué estamos aquí; no estamos para sobrevivir y pasar por esta vida arrastrándonos hasta llegar al cofre. Estamos para alcanzar el ideal al que aspira este pintor ruso de la era precomunista: «la religión, la ciencia y el arte».

El amor y la realización, vaya. El comunismo fracasó en su deseo, entiendo que bienintencionado, de sumar esfuerzos para lograr esa liberación del hombre; desde entonces, algo ha seguido siendo imperiosamente necesario: que los pintores sigan pintando paisajes.

MASA NADA TIBIA

Me gusta la acepción de tibio como moderado, templado, mesurado, reflexivo. Ese ser que no cae en la denuncia rápida ni en la autosatisfacción moral y que no entiende la política como una religión. Que no exige comportamientos concretos, ni señala con el dedo para arriba o para abajo, ni realiza un recuento de lo que se ha contribuido o no a la causa, a la espera de un Juicio Final con trompetas atronadoras que te llevarán al cielo de los justos o al infierno de los corruptos.

Pocas palabras, por cierto, más cristianas que «corrupción», tan relativa al concepto de vicio o virtud. Léase (yo también), ‘Las corrupciones’, de Jesús Torbado, premio Alfagura de 1965, donde se habla de los tres conceptos que primero se corrompen en el ser humano: la fe en Dios, la fe en los hombres y la fe en uno mismo.

Uno piensa a veces que esa masa enfurecida con la que nos desayunamos cada día, los pajilleros de la información que decía el otro, es en realidad un grupo humano, más que jodido y quemado y puteado, corrompido. Corrompido él solito, no culpemos al karma de todos los males. La masa cabreada está compuesta por aquellos y aquellas que te regalan un comentario acerado en todas las situaciones, los que tienen receta para todo, los que sólo critican y nada aportan, son los listillos, son aquellos que denunció José María Calleja en su libro de tan elocuente título: ‘Algo habrán hecho’.

El libro se subtitulaba odio, muerte y miedo (en Euskadi). ¿Dónde esté el origen de todo eso? Abogo por mirar antes que nada en uno mismo.

EL GOBIERNO DE LOS TIBIOS

Franco murió en la cama, sabemos todos, y a veces pienso que su régimen no lo mató la lucha clandestina, ni el partido comunista, ni toda la presión política de la militancia izquierdista en sus diversos focos. A Franco, a veces pienso, lo mató el zeitgeist. Da escalofríos pensar que habría muerto igual, régimen incluido, sin toda esa oposición subterránea, pero la Historia es así de caprichosa.

También pienso, a veces, que a ETA no la derrotó la lucha policial, ni mucho menos el discurso antitibios aznares, trillos, mayoresorejas y compañía con su dialéctica de vencedores y vencidos que sólo daba más argumentos al animal del odio, la muerte y el miedo. A ETA, a veces pienso, la mató la propia evolución de su tiempo, y la mató el Estado Islámico, un espejo tan nítido que reflejó lo que eran: monstruos anacrónicos.

Quizá fue el ejército silencioso de los tibios los que poco a poco crearon ese espejo de la lucidez. Como tantas víctimas del terrorismo en las antípodas del rencor que hicieron más por la convivencia que cien años de Guardia Civil. Como Maixabel Lasa, ejemplo de lo que aquí hemos venido a llamar tibieza, que es ese punto medio entre los extremos.

Si la Segunda República hubiera seguido la tibieza que se le presuponía no habría calentado los cascos de ese grupo de conspiradores que castigaron su caos y sectarismo con el giro más brutal de los acontecimientos posible. ¿Qué es lo contrario a la tibieza?

El golpetazo sobre el tablero, el saltarse la ley para crear repúblicas utópicas que sólo generan entropía y división, la dialéctica de las pistolas del alma. Cuidado con denostar la tibieza: José Antonio era el primero en hacerlo y así nos fue. Dejemos ya esa jerga trasnochada. Pasemos de nivel.

El tibio sabe que caminando se llega a Roma y que el árbol crece lento pero seguro en un esfuerzo tan sostenido que apenas se tiene por tal hasta llegar a la luz, hasta vivir mil años. Las mujeres son más tibias que los hombres y tibieza no significa falta de carácter.

El tibio puede ser el mayor guardián de su tesoro más preciado y luchará cuando sea necesario por lo que considera justo. Pero el tibio cree en esa facultad a la que aspira el yoga: la unión. El tibio no vive acomplejado: no necesita demostrar nada. Cuando pienso en un tibio pienso en JM Coetzee, el Nobel sudafricano que rezume calma y aboga ahora por el animalismo. Me gusta más un futuro en esa dirección que en la gresca constante, ya hemos tenido de sobra.

Devolvamos la connotación positiva a la tibieza. Es en los tibios en donde descansan los valores de la sociedad democrática. Su némesis, ya lo dijo Ignatius, son los flipados, que lo único que hacen es ponernos palos en las ruedas hacia ese proyecto de sociedad de la que hablaba Chéjov hace tanto tiempo. Y comprar las ofertas electorales más delirantes.

Mueran los flipados, que diría un flipado. Los flipados, con su ruido, tapan al resto de voces que, seguramente, tenga mejores cosas que decir. Falta menos para abril, tiepido aprile, que canta ese gran tibio, pintor de paisajes musicales, que es Battiato.

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