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El último selfi

Por Eduardo Laporte 15 enero, 2019 - 9:30

La muerte llega a veces sin avisar, amarrándonos más a la vida a los que todavía seguimos aquí, tras esa conmoción que llega cuando ves su fría determinación en los demás

Una cruz sobre un papel como símbolo de una despedida.
Una cruz sobre un papel como símbolo de una despedida.

Decía no sé quién que a cada época le corresponde su novela. Que los grandes temas deben ser dichos otra vez con palabras nuevas. Como si al traducirlas a nuestra jerga cobraran de nuevo sentido, fuerza. El mundo se hace viejo si no se renueva y quizá la literatura, que se supone que no sirve para nada, sí tenga una función.

El ver las cosas de nuevo hace que lleguen con más crudeza aún. Lo pensé al conocer la muerte reciente, inesperada, triste como todas las que llegan sin avisar, del editor Claudio López Lamadrid. Tenía una característica afición por los selfis que cultivó con personajes relevantes de la literatura: me hacía gracia esa falta de pudor en pedirle un selfi a tal premio Nobel. El día de su fallecimiento, que nos pilló a todos por sorpresa, la mayoría de los medios que comunicaron la dolorosa noticia usó uno de sus selfis, la de su foto de perfil de Twitter.

Nadie imagina su propia muerte, no poseemos tal don adivinatorio. Nadie intuye qué estará en el segundo día más importante de su vida, ese que, junto al del nacimiento, no alcanza las 24 horas. Claudio López Lamadrid falleció por la tarde de un viernes cualquiera, aún entrando todos en el año, de repente. Infarto cerebral. Ahí estaba su rastro digital aún caliente, un poema en Facebook, también en Instagram, de casi profético y emocionante título: Guárdame en ti.

Nunca sabemos cuál será nuestro último selfi, ese que nos hicimos en la levedad de la vida, y que pasa a ser el símbolo de la gravedad de la muerte. Nuestro último post en Facebook. Nuestra última foto, ¿un Spritz?, en Instagram. Nuestro último tuit graciosete. Nuestra última opinión sobre tal tema del día en tal grupo de WhatsApp.

EL DUELO VIRTUAL

Existe la pena por el adiós de gente a la que no has conocido nunca en carne y hueso. Los de mi generación recordamos aquella cosa inesperada de la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente. Fue en Alaska, un lugar más triste aún si cabe para vivir tu último día. A veces pienso que, así como una niña ya tiene un número concreto de óvulos al nacer, también contamos con un número de días asignado. Evitemos por tanto el «X habría cumplido hoy 75 años». No busquemos el relato contrafactual en la vida: X vivió sus días. Aprovechemos los que nos han tocado en suerte en el sorteo de la Tómbola de Cáritas de la existencia. Cada día es un premio, no hay reúnas posibles ni sorteos del coche que nunca toca.

Están los famosos, a los que nos acostumbramos a conocer desde la distancia de la pantalla, y luego esos otros conocidos, mediatizados también por otras pantallas, las modernas de las redes sociales. Nunca conocí al editor de Penguin Random House, pero me unía a él una complicidad especial, un cariño digital que se traduce en una tristeza nueva que realiza un extraño viaje de lo virtual a todo lo real que pueda ser un sentimiento, de pena en este caso.

Una de esas primeras muertes modernas, que nos enfrentan a un nuevo duelo, fue la de Miguel Martínez-Lage, en 2011, y ver su blog ahora huérfano, en un tiempo en que aún los blogs tenían algo de corazón digital: si hay contenido, es que estamos vivos. Tenía 50 años. Fue encontrado muerto en su casa de Almería, por un fallo, precisamente, del corazón. El mismo órgano que le falló a un poeta que tampoco conocía en persona, pero cuya brusca desaparición me afectó como si nos unieran recuerdos vividos en común: Ignacio Montoto. Quizá me marcó más aún porque tenía mi edad. Su última entrada en redes, hablaba precisamente de su corazón. De que aún latía.

Sí entrevisté por teléfono a Javier Morote, alias Moriarty, ese ‘librero a su pesar’ que animaba Facebook con sus «cosas que no le interesarán a nadie». Su muerte nos sorprendió a todos el pasado 23 de abril. Se fue en pleno día del libro, en un último guiño irónico incluso a la propia guadaña, y me alegra saber que se ha creado un premio que lleva su nombre, y que ganó nada menos que Sabina Urraca.

El vacío nuevo que nos deja esas ausencias inesperadas incorporan un vano consuelo: de que nuestras interacciones con ellos, sin bien virtuales, leves, traían el peso de un afecto real.

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