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Los donostiarras están locos

Por Eduardo Laporte 14 enero, 2020 - 8:30

Con la resaca navideña aún en pleno proceso de gestión y digestión, hay que ser muy jaranero, muy suicida o querer mucho a tu ciudad para celebrar una fiesta como la tamborrada en pleno enero.

Vista de la barandilla de la Concha de San Sebastián bajo una intensa nevada. EFE/ Juan Herrero
Vista de la barandilla de la Concha de San Sebastián bajo una intensa nevada. EFE/ Juan Herrero

Quizá la única fiesta que considero que tiene un sentido hoy —y cada vez menos, conquistados buena parte de los derechos— es la del Orgullo (Legeteibijotakahachejotacé). También la Navidad, pese a ser más larga que dos tours de Francia seguidos. ¿Sanfermines? ¿Qué se celebra? Los académicos más sagaces dudan de la existencia histórica del santo morenico. ¿Y qué valores transmitió aquel mártir degollado, supuestamente, en Amiens, Francia? Ni idea, pero ducho mucho de que el propio San Fermín participara de los actuales Sanfermines. No me lo veo bailando bisbaladas en la plaza de los Fueros con siete katxis de kalimotxo encima, blusón negro y gorrika de keler.

¿La tamborrada? Qué diantre homenajea. Uno lee explicaciones históricas y no se entera de nada. Se niega la relación con las campañas napoleónicas, no hay consenso sobre si el origen está en unas pestes que habría mitigado el poder divino del San Sebastián, patrón de la homónima ciudad, allá por 1597, o si era sin más una réplica carnavalera en una ciudad, leo por ahí, con propensión al disfraz. Y como el 20 de enero, en eso no hay debate, es el día de San Sebastián, y como el Urumea pasa por Donostiastián, y cualquier excusa es buena para salir a la calle y darle al jarro, pues, ea, tamborrada habemus.

A mí todo esto me parece muy bien, incluso digno de encomio, si no se celebrara a pocos días de haber cantado el ‘Alegre de Mí’ que cada año llega el 6 de enero, una vez concluye la enésima reunión en torno a una mesa bien regada. Si de niños nos deprimía esa vuelta a la rutina y el despliegue del árbol navideño, ya de mayores encontramos un alivio en ese regreso al silencio, a los hábitos saludables, a la vida social en dosis homeopáticas. Enero como mes zen. Es probable que Pablo d’Ors escribiera su ‘Biografía del silencio’ en enero.

Mi amigo Bernie sabe de mi tendencia cada vez más esquiva a la liada etílico-social (demasiadas horas de vuelo en mi descargo). Por eso, bueno es él, me hace la propuesta casi a dos semanas vista, porque siempre es más difícil lanzar una excusa con tanta antelación que en un last-minute. Ni de coña, le digo no obstante, con una asertividad rara en mí.

Paso de tamborileros, cocineros con cucharas de palo, disfraces de napoleón de La Golosina,  comidas en el Jai-Alai a doblón, pacharanes hasta el amanecer, exaltaciones de la amistad con desconocidos, compadreos con exministros en el Viso, que es donde por lo visto tiene lugar el simulacro tamborilero en la capital. Por no decir que la festividad easonense ni me va ni me viene. Por no añadir que la pantomima carnavalera siempre me resultó de los más forzado y deprimente.

El invierno no es tiempo de jacarandas ni pasacalles, hombre ya. Celebraré, si eso, un cenorrio pantagruélico el día del entierro de la sardina, víspera de la Cuaresma, periodo que sí me gusta practicar a mi manera, cuarenta días de moderación, como me gustaría que lo fueran también los cuarenta y tantos días previos al miércoles de Ceniza. Dejadme descansar.

En Pamplona no nos dolieron prendas al modificar el calendario festivo. Celebrar los Sanfermines en octubre habría sido más del gusto, supongamos, de aquel santo del siglo III, pero en 1592 se decidió que casi mejor ir a los toros con solecico. ¿Una tamborrada bajo la lluvia, con el colesterol por las nubes de los atracones navideños, con esas pocas ganas de salir que te entran en invierno, rechazando la invitación al recogimiento (místico o de series y manta)? Están locos estos guipuchis.

Porque, ojo, no sólo es el 20 de enero. ¡Si no que quedan para ensayar tres días por semana antes del día señalado! Lo dicho, carnaza del doctor López Ibor, que en paz descanse.  

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