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Desgarrafonicemos los Sanfermines

Por Eduardo Laporte 06 julio, 2020 - 22:52

El año de carencia debería servir para rediseñar las fiestas de 2021, pero también la inercia que se quiere seguir

Paquita y Cristina, madre e hija brindan desde el balcón de su vivienda este lunes a las doce del mediodía del 6 de julio, el momento más esperado por los pamploneses, en el que debían dar inicio los Sanfermines de 2020, donde el Ayuntamiento de Pamplona ha desplegado un gran pañuelo rojo emplazando a las fiestas del próximo año con el lema "Los Viviremos". EFE/ Jesús Diges
Paquita y Cristina, madre e hija brindan desde el balcón de su vivienda este lunes a las doce del mediodía del 6 de julio, el momento más esperado por los pamploneses, en el que debían dar inicio los Sanfermines de 2020, donde el Ayuntamiento de Pamplona ha desplegado un gran pañuelo rojo emplazando a las fiestas del próximo año con el lema "Los Viviremos". EFE/ Jesús Diges

En estos días de nueva normalidad que son como un 15 de agosto eterno, ese ferragosto italiano que tiene su gracia porque parece eterno pero pasa —no como ahora, que no sabemos bien cuándo pasará realmente el mal trago— paseaba por una plaza Mayor de Madrid libre de estridencias. Ya no desfilan el Spíderman tripón, ni la cabra loca que te da un susto cuando pasas, ni los vendedores de chuminadas varias. Hay un silencio nuevo, una calma distinta; triste, pero también reconfortante. La idea de un mundo, el siguiente, revalorizado, que transite por unas latitudes distintas a las del garrafón que nos acecha, soltándose la mano de ese turismo de segway y sangría aguada que tanto triunfa.

Dice el alcalde Enrique Maya que los Sanfermines del año que viene deberían ser unas fiestas «dobles», como para resarcir este año robado. Tiene razón cuando comenta que los festejos de 2021 serán muy emotivos, aunque sería un tanto deprimente que las cosas siguieran exactamente igual, pasado lo que nos ha tocado pasar. Por eso me gusta la idea que lanza: «Tienen que ser el punto de partida de lo que queremos para los Sanfermines, eliminando lo negativo y potenciando lo positivo».

El peteuvismo más casta debería aprovechar esta crisis para señalar lo negativo, como apunta Maya. Y aquí cada cual tendrá su lista, pero más que actos concretos del programa tal, habría que redefinir si se quieren unas fiestas de pueblo a lo bestia o algo distinto, con una personalidad propia que refuerce la ya existente, que es mucha. Yo firmaría por lo segundo, aunque en los últimos años las aguas reman hacia lo primero. Hacia unas fiestas como una gran carpa de la UPNA, como un zurracapote descomunal inoculadas de un jaraneo pachanguero que inaugurara King Africa en su momento para tomar el relevo del reguetón y sitiar la Plaza del Castillo a ritmo de discoteca poligonera de Burriana. ¿Eso queremos?

Yo quiero que vuelva a tocar Chuck Berry, si no estuviera muerto. Que vuelva la programación al Gayarre, pero más allá de aquellos carteles con Pedro Osinaga como principal estrella. Que actúen Les Luthiers. O John Williams, ahora que el bueno de Ennio Morricone ha puesto fin a la banda sonora de su vida. Que traigan a Eric Clapton al Navarra Arena para su concierto de despedida. Que Rosalía ofrezca su mejor show. Que los mejores cantaores nos regalen un intenso aperitivo del Flamenco On Fire. (La actuación de los Gypsy Kings en la plaza de los Fueros, de 2017, no estuvo nada mal). Que Pamplona sea una plaza codiciada dentro del never ending tour de los artistas. O no, traigamos solo a artistas locales, de por aquí, París, Roma y Lisboa como límite geográfico, pero que sean buenos. Yo que sé, una apuesta. Un marchamo de calidad, de personalidad. En la Texas profunda gana adeptos de todo el mundo un festival llamado South by Southwest. Miremos qué se hace por ahí. Introduzcamos dosis del espíritu de los Encuentros del 72, incluso. Llenemos el Labrit de espectadores de espectadores, esta vez de blanco y rojo, y de carne y hueso.

Atraigamos a un turismo sanote, joder, como los amigos de la peña Borussia, que llevan cuarenta años trayendo su entusiasmo por la fiesta, por su alegría, por la cercanía de la gente, y no a depredadores sexuales que protagonicen los capítulos más deplorables que pueda uno imaginar. Que venga incluso menos gente, pero que traigan calidad humana. Demos vino, no vinagre.

EXTENDER LA FIESTA

Recuerdo con agrado una visita a Siena entre los dos palios que tienen lugar cada verano en esa ciudad toscana. Pocos lugares más parecidos a Pamplona en cuanto a expectación concentrada en pocos segundos que la Siena que cada año ve correr en torno a la piazza del Campo a los jinetes de las distintas contradas (pequeños barrios) de la ciudad.

Ondea a la entrada de mi casa la bandera de la contrada de Valdimontone, como podía ondear, no sé, la de cualquier peña pamplonesa. Claro que no he sido muy de peñas, tan ajenas para mí  como las 17 contradas de Siena, que con su imaginería, estética, rituales, iglesia y museo propios me atrajeron sin embargo de un modo peculiar. Me recuerdan también a las filas de los moros y cristianos de Alcoy: toda una ciudad implicada, como en Siena, todo el año en unas fiestas que apenas duran unos días.

Más allá de La Escalera y sus días señalados, da la sensación de que los Sanfermines no duran más que los nueve días de rigor, y que suponen una excepción a la regla de los otros 354. Si yo viviera en Pamplona, me gustaría participar todo el año, con ese gerundio que es todo proyecto, de un festival que fuera algo más que un desmadre de chunda chunda y bisbaladas, de katxis en cualquier negocio reconvertido en despacho del alcoholazos, de bocatas de pan de chicle y de tufarrismo sin límite. Que todo eso está bien, pero quizá se nos fue de las manos y no pudimos pararlo. Porque luego llegan las resacas en el hígado pero también, ay, en el alma.

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