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Cursos de verano: otras vacaciones son posibles

Por Eduardo Laporte 24 julio, 2018 - 10:31

Hay alternativas al sol y playa en forma de aprendizaje ocioso.

Racimos de uva listos para ser vendimiados en uno de los muchos campos de Navarra.
Racimos de uva listos para ser vendimiados en uno de los muchos campos de Navarra.

Recuerdo con cierto placer morboso esos primeros días de verano, finales de junio, y el Cuaderno Santillana. No solía hacerle caso, pero la idea de hacer los deberes, «la tarea», por simple placer personal, por un deseo de aprender sin más, me parecía tentadora. Con un poco de incentivo, los habría completado con gusto. Un adulto quizá sea ese niño que no necesita espoleo alguno para entrar por la senda, diremos, de la virtud. En el verano, se dan cita Apolos y Dionisos y suele ganar el segundo, lo que no significa que no podamos dar oportunidades al primero. Por ahí va eso del sendero del medio del que hablaban los sabios.

Mucho de eso tuvo la semana pasada en Huelva, que viví como alumno del curso ‘De la viña a la bodega: los mundos del vino’. El conocimiento es como una lluvia fina a la que uno se expone y que, con los años, quizá le cale algo. El caso es exponerse. Durante estos días, me he expuesto a los saberes del vino, con la tranquilidad de quien ya ha terminado su curso; hay un placer extra en aprender sin exámenes. En sumarse también al carro de la vida, en vivir, sin más, que es lo suyo en cualquier persona decente y más aún si uno quiere seguir escribiendo cosas. La vida fermentada.

Ha aprendido sobre denominaciones de origen, alcornoques, coupages, variedades que desconocía como la uva zalema, la reina de los viñedos onubenses, región de la que también desconocía su cada vez más pujante Denominación de Origen Condado de Huelva. He disfrutado con su Vino Naranja, ese gran tapado en la restauración española y abro dos puntos: ¿qué pasa con los licores de postre en este país? Hay vida más allá de nuestro querido pacharán, que por otra parte no siempre liga bien con el dulce. Vinos dulce de uva Pedro Ximénez, por ejemplo, o el citado Vino Naranja, que se produce en Huelva con regularidad desde el siglo XIX, a base de mondas de naranja maceradas en alcohol y mezcladas después con la uva fermentada. Los que probamos de bodegas Sauci o Villalúa nos gustaron.

Ha aprendido que, dentro de la DO, la que más alta consideración tiene es la de Vinos de Pago y, ojo, Navarra tiene tres: Arínzano, Otazu e Irache, privilegio que sólo comparte con Castilla-La Mancha (que tiene un montón), Aragón y Comunidad Valenciana. Misterioso que en toda Cataluña o Castilla-León no haya un solo Vinos de Pago, pero sus razones habrá y, por supuesto, las desconozco.

He visto cómo se fabrica un tonel.

DEJARSE LLEVAR

En un mundo cargado de microdecisiones, que alguien lleve tu agenda durante una semana escasa es algo de agradecer. Los cursos de verano, ya sean en Santander, San Lorenzo del Escorial, Huelva o cualquier otra ciudad con poso universitario, cuentan con residencias integradas con pensión completa, y lo suyo es vivirlos así. Un volver al régimen del campamento de verano sólo que con las edades y las especialidades fusionadas. Durante los días que dura el curso, el tema elegido —ya sea el vino, el cambio climático, las tensiones geopolíticas en Oriente Medio o la arteterapia— actúa como mínimo común denominador, para luego ocuparse del sexo de los ángeles, si fuere menester.

Al margen de las clases, los cursos de verano cuentan con una programación cultural muy apañada, que se incluye en las tasas, ya de por sí económicas, tanto que uno abraza por momentos la socialdemocracia y la cosa pública como forjadora de cultura y cohesión nacional y tal pascual. Este año, tuvimos el privilegio de escuchar a Benny Golson, un tipo que ha tocado con John Coltrane y Dizzy Gillespie y que, a sus 89 años, es capaz de tener en vilo a un auditorio entero con su saxofón aterciopelado, lento, intenso.

O la visita a la casa de Juan Ramón Jiménez, cuando se cumplen 60 años de su muerte y del traslado de sus restos y de los de Zenobia Camprubí al cementerio de Moguer. Isla de cultura en una tierra campesina, la casa del poeta es una demostración de amor a los libros, con esa colección impresionante de títulos, me fijé en una edición en francés de El Spleen de París, pequeños poemas en prosa que, ahora que leo su Diario de un hombre reciencasado, ato cabos (con esos textitos líricos, prososos, que dedica a Nueva York).

Hemos visto el atardecer de cobre en las marismas del Odiel, no lejos de donde partieron las tres carabelas llevadas a buen puerto tanto por los hermanos Pinzón como por el propio Colón. Aprendí que gracias a la vitamina C del ajo y del pimentón extremeño, al pan y al vino (de la zona, sobre todo de Villalba del Alcor), los tripulantes pudieron sobrevivir. Quizá una expedición inglesa, reacia al ajo, no habría llegado tan lejos. La macrohistoria debe mucho a esos detalles microhistóricos.

Ha aprendido muchas cosas estos días. La mayoría las olvidaré. Las otras forman parte de esa memoria íntima y que no se enseñan en un aula, pero que crecen en el terreno adecuado, como unos días de cursos de verano en Huelva.

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