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Cuando la política te expulsa de tus grupos de WhatsApp

Por Eduardo Laporte 10 abril, 2018 - 8:19

Cataluña ha entrado en una espiral de odio que no hay artículo de la Constitución ni del Estatut que lo arregle y se necesita tanta fe para creer en una independencia como en una solución satisfactoria para la mayoría.

Un millar de personas han participado en Pamplona en una manifestación ruidosa; convocada así por una iniciativa ciudadana bajo el lema Democracia para Cataluña, en apoyo al proceso iniciado en esta comunidad. EFE/Jesús Diges
Un millar de personas han participado en Pamplona en una manifestación ruidosa; convocada así por una iniciativa ciudadana bajo el lema Democracia para Cataluña, en apoyo al proceso iniciado en esta comunidad. EFE/Jesús Diges

El 90% de los amigos de Jordi Amat son independentistas. Muchos ya no lo son, o lo son menos, de un tiempo a esta parte. Ya no pertenece, contó en la presentación en Madrid de ‘La conjura de los irresponsables’ (Anagrama), a muchos de los grupos de WhatsApp en los que hace meses se organizaban, no sé, despedidas de soltero. La política lo ha invadido todo. Hasta los grupos de WhatsApp.

No vivo en Cataluña y se me quitan las ganas de hacerlo cada vez más, te diré, en una sociedad en la que hasta el papel higiénico que gastas determina qué piensas, qué haces, a quién votas, qué bandera planchas, si ves tevetrés o el telediario de la uno. Jordi Amat (Barcelona, 1978) se reconoce en la etiqueta de «equidistante», a la que ha sumado la de «crítico y moderado», un perfil en vías de extinción en una Cataluña dominada por una sentimentalidad que linda con la ceguera. «Tienes razón, pero me da igual», le dijo uno de sus amigos, en una frase que resume bien el estado de cosas.

Y del alma humana: la sociedad necesita creer y aquí sólo hay uno que vende sueños, sonrisas, castellers y series en prime time donde se habla de filosofía.

El nacionalismo español, ha dicho Amat, recibió una dosis de adrenalina cuando el discurso del rey Felipe, y entonces muchos «salieron del armario» identitario en lo que parece otra de las tendencias ya sin freno en esta Cataluña desmadrada, en pendiente: la yugoslavización. Otro detalle ilustrativo referido por el propio Amat: el de fijarse en unos timbres de un portero automático que están tachados para comprobar que en el piso señalado, nunca mejor dicho, ondea una bandera española.

Hay que estar muy harto para sacar una bandera prohibida socialmente por media parte de la población (las otras, la estelada o la senyera se toleran) que te puede marcar de por vida. Se ha hablado del odio, de esa «potencia tóxica» que tiene el nacionalismo para volverse contra sí mismo. Se pasa de odiar al ‘Estado opresor’ para odiar al vecino. No te oprime, pero te fastidia lo que consideras tibieza, que no saque la estelada los domingos, que no se emocione como tú con la enésima diada organizada por, dice Amat, la mejor movilizadora de masas que hay ahora en Europa, la nacionalista catalana.

Aunque reconoce Amat que la independencia, en el corto o medio plazo, es «imposible», quedan resquicios para la fe. Y el nacionalismo es, ante todo, una cuestión de fe, de religión, una vez se ha sustituido esta por lo que no debería. (Nota mental: escribir sobre los peligros de convertir la política en religión).

Y SE ARMÓ EL BELÉN

¿Dónde están los polvos que nos han traído estos lodos? Porque el lodazal parece innegable en un momento que nos recuerda a la entropía: tú pones arena blanca en el lado derecho de un cubo y arena negra en el otro y mezclas. Cuando quieres deshacer el lío y volver a los colores originales, no hay manera humana. Hacia ese punto de no retorno parece dirigirse una Cataluña que es responsable de sus actos pero también víctima de una insatisfacción territorial que nadie ha sabido restañar ni ella reconducir.

En las negociaciones del Estatut se intentó y quizá podría haber calmado ese lamento, pero el Tribunal Constitucional declaró nulos hasta 14 años y ese parece ser «el pecado original», ha dicho Gaspar Llamazares, que estaba ahí (en el acto y en Cataluña cuando eso), de todo esto. En un proceso que tiene múltiples orígenes, aquella decisión urdida en esa especie de «tercera cámara» en que a veces se convierte el Constitucional, pudo ser determinante. Llamazares secundó la manifestación en contra y, ya al anochecer, paseando con su mujer, le dijo: «Aquí va se armar el rosario de la Aurora». Y aquí estamos.

¿Podríamos llegar tan lejos en Navarra? ¿Cuál es nuestro nivel de polarización? ¿Avanzamos hacia la unidad o a señalar las diferencias, los enconos, hacia la construcción de dos bloques de inspiración balcánica? En muchos sentidos es así, y a menudo nos hemos acostumbrado, resignado, a ello, como a las noches destempladas en verano.

En Navarra, hay gente que se fue de grupos de WhatsApp y quien vivió la extorsión en carne propia. Pero también hubo quien no se enteró de nada: algo así parece físicamente imposible en la Cataluña de 2018, donde gente como Amat es consciente de vivir «la experiencia política más determinante de nuestras biografías y no para bien».

Morirá con el procés, ha vaticinado, porque semejante marrón sólo acabará cuando haya un reconocimiento, en algún modo, de la diferencia. Y eso no ocurrirá nunca. De ahí el título de este breve ensayo, ‘La conjura de los irresponsables’. De uno y de otro lado. ¿Y cómo acaba el libro? Mal: «Es el fracaso de la política. El fracaso es colosal».

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