Blog / Capital de tercer orden

El corredor

Por Eduardo Laporte 09 julio, 2016 - 9:37

Recuerdo una novela sobre los Sanfermines que nadie recuerda, ni aparece en Google.

Un mozo corriendo delante de los toros de José Escolar en la calle Estafeta. REUTERS.
Un mozo corriendo delante de los toros de José Escolar en la calle Estafeta. REUTERS.

El autor era sueco, o quizá noruego, puede que llamado Jan. La leí de joven, desde esa habitación proyectada —y esto lo constato ahora— hacia el recorrido del encierro. Es necesario el viaje para sentir la nostalgia en el regreso y es necesaria la distancia para que afloren las raíces que uno descubre más hondas de lo que nunca pensó.

En el libro, un corredor muere. Es amigo de los protagonistas y un día se levanta sin saber que sería el último. El panteón de los muertos del encierro, en la vida, que no la ficción, es de 16. Pero cada día, los toros deciden que no aumentarán la cifra y dejarán un año más intacta esa magra estadística.

Hoy los toros, de José Escolar, venían de las praderas de Ávila y era la segunda vez que corrían en Pamplona. Quizá por eso se les ha notado algo perdidos, como si hubiera una falta en el pedigrí de su memoria, una carencia genética en su encaste para guiarse por los recovecos del encierro. Porque uno ve los toros avanzar con su ritmo marcial y parece que han nacido para eso. Que es su sino.

Este sábado se han pisado entre sí, mostrando su musculatura cárdena, han caído, han derrochado más elegancia, como siempre, que muchos corredores, esos que no deberían merecer tal etiqueta, pues son masa, ruido humano, manchas pixeladas en la pantalla, con sus camisetas del Valencia CF.

Los encierros del fin de semana no son tan encierros como el resto. La masa casi termina por vencer y es difícil recurrir al pensamiento metonímico de la parte por el todo. ¿Qué escoger, qué destacar, entre tanto barullo? Hay que ser muy Julio Camba para lograrlo. Sin embargo, el espectador atento siempre encontrará un detalle, una carrera, un signo de nobleza, que barra toda la sensación de muchedumbre turística, de Benidorm salvaje y sucio sobre los adoquines.

Sólo un 10% de los corredores son de Pamplona. A los que hemos nacido en la ciudad se nos inocula una cierta prevención de «esto no es para nosotros». Como si los inventores de la criatura ya hubiéramos hecho bastante. Yo me desvirgué en su día, porque entendía que había algo también de comunión con la ciudad, una obligación no escrita que nadie ni siquiera me insinuó.

La masa lo contamina todo, hasta que vemos al corredor. Hay varias novelas tituladas ‘El nadador’, pero ninguna ‘El corredor’. Alguien tendrá que escribirla; puede inspirarse en el mozo de hoy de la camisa con una cruz roja alargada. ¿Inglaterra? Quizá era la metáfora de ese Reino Unido que escapa de Europa. Ha buscado eso que hacen los buenos corredores, que es echarse al centro de la calle, al nervio puro de la Estafeta, y buscar el aliento caliente, hirviendo, del toro, hocico de rata son los de José Escolar. Su carrera, la dialéctica tensa y bella con el animal, ha dignificado todo ese maremágnum de mozos que corrían sólo para contarlo y no para correrlo. Como hice yo, por cierto, en su día, en las antípodas del señorío.

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