Blog / Capital de tercer orden

Corrección polítiko-militar

Por Eduardo Laporte 10 marzo, 2020 - 8:53

Llama la atención lo exquisito que es cierto entorno etarroide con detalles inanes dentro de la corrección política: nadie diría que llevan casi mil muertos a sus espaldas.

Miembros de Indar Gorri entran en El Sadar al terminar un entrenamiento de Osasuna. MIGUEL OSÉS
Miembros de Indar Gorri entran en El Sadar al terminar un entrenamiento de Osasuna. MIGUEL OSÉS

«Dos tiros en el tórax y uno en el cuello acabaron con su vida». No es el comienzo de ninguna novela negra mexicana, sino el relato consuetudinario del locutor de turno. Los vecinos escucharon los disparos. Una de sus hijas fue de las primeras en enterarse, acudió en su auxilio y se manchó con su sangre. Nunca estuvo más cerca, y a la vez tan lejos, de su padre. Tenía 42 años, casi mi edad, aunque no había perdido el tiempo: ya tenía entonces tres hijos. Dos chicas de 20 y 14 y uno de cuatro. Hablaba David Gistau de la rabia que se le quedó en toda su adolescencia por saberse chaval sin padre (se quitó la vida). No quería esa mueca de pocos amigos para los suyos. ¿Qué gesto habrá brotado en el rostro de aquel niño que hoy tendrá 16 años?

A Isaías Carrasco lo mataron un 7 de marzo de hace doce años para confirmar aún más el sinsentido de esa panda de cafres desnortados. Ya me dirás tú en qué beneficiaba a la creación de la patria vasca el asesinato de un padre de familia socialista, retirado de la política, que trabajaba cobrando tickets en un peaje de la autopista del Norte, entonces aún de pago. Imagino que para tensar más la cuerda en las negociaciones de desarme y demostrar que aún eran peligrosos. Díselo a sus hijas, a ese adolescente que habrá tenido que hacer un potentísimo ejercicio de perdón para no volverse loco. «Si optaba por odiar, jamás habría podido tener hijos ni amar a nadie», decía la superviviente gitana del campo de concentración de Bergen-Belsen, Ceija Stojka.

Eran las prácticas fascistas de entonces, como matar a un padre trabajador a la puerta de su casa, en Arrasate/Mondragón, en esa socialización del dolor que comprendía a quien también había pasado por su aro chantajista para dejar la política. Nadie se libraba del zarpazo etarrofascista. Cualquier periodista no adscrito al gudarismo siniestro era ya un objetivo tan goloso como el político constitucionalista más beligerante. Recuerdo las medidas de seguridad nada paranoicas cuando entrábamos a la redacción de ‘El Correo de Bilbao’, en 2005, como simples estudiantes del máster de Periodismo de aquel periódico señalado.

Antes del atentado de la T4, ya se habían cargado a otro político, también socialista, también en marzo (2002), de nombre Juan Priede. Fue en Orio y al grito estilo Tejero el 23F de «¡Que nadie se mueva!». La víctima, de 69 años, recibe tres disparos sin poder escapar de la barra del bar Txoko, donde desayunaba habitualmente. Luego vendría otro tiro en la cabeza. Su padre fue un maestro republicano que llegó a estar condenado a muerte. Él, un trabajador nacido en un pueblo asturiano tan pobre que nunca tuvo acceso por carretera.

Quienes por un lado defienden la memoria histórica parecen tener una gran amnesia según qué parte de la hemeroteca les caiga. No se trata de hurgar en la herida pero sí de asumir lo que pasó. Uno lee los comentarios del risueño Arnaldo Otegi en Twitter y se diría que pertenece más a un colectivo de amigos del té ayurvédico en lugar de representar al brazo más tonto de la ley terrorista que imaginare nadie.

HORROR TUITERI

El pasado domingo me enredé en una discusión sobre la afición de Osasuna. Comenté con un tuitero que cierta afición de Osasuna no destaca por sus exquisitas maneras; al menos la que yo conocí, cuyos cánticos provenientes del Graderío Sur se caracterizaban por lindezas como «cabrón, hijoputa maricón, tu madre se casó por dineroooo, por dinero se casooooó» cada vez que el portero visitante sacaba el balón. Todo esto precedido por la monumental pitada al equipo rival en cuanto salía al campo, ya fuera el Salamanca, el Toledo o el Lugo y muchos más detallicos mostrencos marca de la casa.

Debe de ser que los tiempos han cambiado. Hace unos diez años que no bajo al Sadar y ahora resulta que esa parte del fortín rojillo se ha reconvertido en un rollo carreras hípicas en Ascot, chisteras y tocados mediante. La discusión tuitera a la que aludía surgió ante la vergüenza ajena que muchos seguidores rojillos sintieron cuando un sector de la afición profirió lo de «a Segunda, oeee, oeee, a Segunda, oeeee» a un Espanyol que se hundía más en la tabla tras la victoria de Osasuna.

Pues sí, es de mal gusto. Pero también me pareció de mal gusto que un forofo de nuestro querido equipo (hincha+Twitter = mal asunto), con pancartas a favor de los condenados por el caso Alsasua como principal muestra de identidad, me afeara la conducta con esa superioridad moral de pasivo agresivo lerdi por insinuar que cierta hinchada rojilla ha practicado esos modos desde sus orígenes. Luego le siguieron tres o cuatro más a los que bloqueé sin contemplaciones.

Es muy de estos tiempos. No usarán lentillas porque el microplástico degrada el planeta, emplearán un lenguaje inclusivo e incluyente que no margine a cualquiera de las 37 identidades de género reconocidas por las autoridades de la cosa, separarán el cartón de la leche de soja comprada en la sección bio del Eroski y emplearán lenguas muertas y oprimidas por los Estados ídem en sus charlas de autobús mientras escuchan ‘El Larguero’ con Manu Carreño y, en suma, te darán todas las lecciones de ética, moral, civismo y comercio justo que les quepa en la boca. Pero no tendrán una palabra sincera, un gesto de empatía, para con el vecino al que putearon de por vida.

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