Blog / Capital de tercer orden

La corrección política llega a los Sanfermines

Por Eduardo Laporte 12 junio, 2018 - 9:16

La fiesta depende de los toros para ser algo más que un botellón masivo, pero la tauromaquia es el elemento menos políticamente correcto que existe y los partidos más demagogos jugarán con ello

Los carpinteros del encierro se disponen a colocar el vallado antes del inicio del encierro. JORGE NAGORE
Los carpinteros del encierro se disponen a colocar el vallado antes del inicio del encierro. JORGE NAGORE

Pocas cosas más transgresoras y antimodernas que decir que te gustan los toros. Quizá ir a misa los domingos. Yo lo hago de vez en cuando. Es una sesión de relajación íntima, un mantra poético, haced esto en conmemoración mía, que además me conecta con una tradición de la que me siento parte.

Me gusta, por ejemplo, que se dediquen unas palabras en memoria de los vecinos muertos, aunque no los conozca. Es la única institución a día de hoy que hace algo parecido cada día, corríjanme si me equivoco.

A los toros no voy, pero sigo en Instagram a Chapu Apaolaza, portavoz de la Fundación Toro de Lidia, que, desde Las Ventas, invita a personajes del momento, que si Juan Soto Ivars, Sergio del Molino o Andrea Levy, en un gesto, entiendo, de rejuvenecer la fiesta.

Nunca he estado en Las Ventas, llena a rebosar cada tarde, hablamos de 2018, pero sí, cómo no, en La Monumental de Pamplona, el año pasado, por ejemplo, en barrera. Ver a los toros en barrera debería ser requisito mínimo para opinar sobre toros, abolición no, abolición sí, aunque como dijo el aficionado Sabina, la defensa de los toros no tiene argumentos, así que mejor no gastar saliva digital.

O quizá sí, porque quizá aquello que no se puede defender con el dos más dos es cuatro de la razón más belicosa sea lo que más defensa precise. «¡No hemos votado a la monarquía!», claman muchos. Es difícil defender lo inmanente, el continuum que representa lo duradero, lo que se remonta por vía sucesoria hasta al 16 de noviembre de 1700, día en que comienza a reinar Felipe V de España, un palito menos que el actual y nacido en Versalles él.

La vida es una novela, a veces histórica, que no entiende de hiperlógicas y esto lo nota Uxue Barkos cuando saluda al Rey y no puede evitar, ahí está la foto de un acto reciente, una secreta emoción que no confesará a nadie. Luego, que si referéndums y discurso predecible para la visita de este miércoles.

La corrección política tiene un gran poder: su capacidad de vencer en el debate corto. Es carnaza de demagogia, populismo y redes sociales, valga la redundancia, o sea, el cóctel perfecto para este siglo XXI nuestro no ya líquido, sino caleidoscópico, saturado, agresivo y escurridizo. ¿Quién se va a oponer, por ejemplo, a que haya más ministras que ministros? Pedro Sánchez lo sabe y por eso monta un gabinete que daría para portada de Vogue —no caerá ya esa breva—, aunque lo suyo sería ir más allá del gesto, como propone Jessa Crispin en cuanto a las políticas realmente eficaces en materia de igualdad.

MELONES ABIERTOS

Abrazar ciertas causas, en estos tiempos decepcionantes, puede ser un buen modo de canalizar la frustración galopante con la que penan algunos. Boicotear los Sanfermines tiene mucho de causa legítima desde el animalismo más radical y puede alentar acciones vandálicas como las que está llevando a cabo el grupo, ojo al nombre, Frente de Liberación Animal.

Como con el fascismo etarra, hay movimientos que parecen responder a este modus operandi: primero las hostias luego, ya si eso, las razones. Porque en el momento en que cada tarde se llena una plaza de toros, la de Pamplona en concreto, de aficionados de siempre o por un día que quieren disfrutar del espectáculo, no parece muy democrático andar poniendo palos en las ruedas por el atajo gamberro.

¿Qué hacer con los toros? Pues lo que diga la gente, que diría Irene Montero, y hasta ahora la gente no ha dicho nada, más allá de las ya clásicas performances de grupo PETA. O sí se ha dicho algo: el éxito de afluencia de la Feria del Toro, la presencia indiscutida de políticos de todos los colores en la presidencia y, en general, el fuerte arraigo cultural y sentimental de que disfruta el encierro han mantenido más o menos cerrado el melón taurino en Pamplona.

Dicen que hay un ‘lobby’ taurino muy potente y quizá sea verdad, en cuanto que el actual ministro de Cultura dice ahora que no es aficionado, en lugar de sostener que es «antitaurino». Igual se ha achantado tras los primeros recados de toreros como El Juli. A mí lo que me han contado es que son tirando a siniestras las tramoyas del mundotoro, pero en Pamplona lo que había era un pacto tácito de «no jodamos lo poco que nos une».  

En el momento en que se precisan adhesiones visibles, más allá de la inercia de la tradición, el melón del debate amenaza con abrirse para siempre y, ay, se vislumbra la creación de dos frentes. O sea, más división. Si los Sanfermines tenían algo de bálsamo de los enconos de la vida moderna, si eran capaces de lograr la surrealista convivencia entre los polos de fresa y de naranja e incluso alimentaban la ilusión de que nuestras diferencias irreconciliables se podían reconciliar, olvídense de eso en el momento en que se habla de «prohibir» los encierros.

A mí me parece bien que se hable. Y si no van ni los areneros a las corridas y los encierros no interesan, que se busquen alternativas. Y si nuestra sensibilidad social avanza hacia el rechazo total hacia la inclusión de animales en los festejos tanto como para convertir los Sanfermines en otra cosa, pues ya veremos.

Pero cuando la corrección política y el oportunismo político entran en escena, estamos jodidos. La vida y, sobre todo la fiesta, es más compleja de lo que los abanderados de la corrección política consideran. Es, ante todo, contradicción. Y ese es una de los atractivos íntimos de los Sanfermines. Si los convierten en un campamento de verano para boy scouts, en un festival de cuentacuentos solidarios con mercadillos de comercio justo y jornadas veganas de cata de hamburguesas de seitán, pues chico, no sé.

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