Blog / Capital de tercer orden

Un aplauso para los niños

Por Eduardo Laporte 24 marzo, 2020 - 10:40

Concentrados en homenajear a quienes más se dejan la piel en los días de pandemia y en las propias víctimas, nos olvidamos de esa parte de la población también vulnerable a su manera

Una chica lee un libro durante los días de confinamiento en casa con motivo de la crisis del coronavirus.
Una chica lee un libro durante los días de confinamiento en casa con motivo de la crisis del coronavirus.

Se habla a menudo de niños sobreprotegidos, cebados a bollicaos, a regalos varios, cuidados, mimitos y carantoñas al anochecer. Sí, cariño, lo que tú quieras. Como si negarle algo a tu criatura, que se dice ahora, fuera de fachas o algo peor. Aún pagamos los excesos autoritarios del pasado en forma de una permisividad excesiva que tampoco es. Esos chavales insoportables y gritones de los bares, aquellos bares, que ningún padre se atreve a afear la conducta.

Pues ahora resulta que los que nos estarían dando ejemplo son precisamente los niños. A veces no está de más una situación de cierta gravedad para que este personal bajito tome conciencia de que la vida no es un Txikipark constante. El filósofo César Rendueles advierte de que se están poniendo por encima los derechos de los perros por encima de los de los niños, algo propio de un mundo «adultocéntrico». No sé si algún psicopedagogo en la sala podría confirmarme cuánto de insano hay en tener recluido a un chaval, chaval, de ocho, diez años, un mes largo (con suerte) entre cuatro paredes y sin darle además opción alguna.  

Hablo con H. y me confiesa que, gracias al patio interior que tienen en casa, pueden salir a estirar las piernas. Un poco carcelario, bromeamos. Pienso en aquellos Vera y Barrionuevo que hacían ejercicios en la cárcel de Guadalajara. C. me confirma que los suyos tampoco se pueden quejar. Viven en un chalé amplio de Boadilla con un pequeño jardín que les libera de sus ímpetus briosos. También me cuenta  que, para su sorpresa, andan todo el día juntos desde que empezó la reclusión. Se resignaba ya a verlos parapetados tras las pantallas, pero el nuevo escenario parece haber primado más el contacto físico, fraternal, entre ellos. De una manera natural, casi animal, fieramente humana, también.

B. madre de tres hijos, dos chicas y un chico, reconoce que lo llevan estupendamente. A veces lanzan un suspiro. ¿Cómo será volver a la calle? ¿Cuándo podremos ir otra vez al Five Guys? Pero es una añoranza en voz alta, nunca un reproche ni una exigencia.

Se adaptan como la seda —al menos eso me cuentan los padres consultados— al nuevo escenario. Cumplen con las nuevas rutinas, protocolos, que si el Microsoft Team, la plataforma Educamos, de SM, para colegios concertados, las fichas, los deberes y algunas citas puntuales por videoconferencia que resultan más «caos» que otra cosa. Cuando se conectan más de cuatro, me cuenta un padre, la cosa se desmadra. Que si a Lucas no se le oye, que si algunos entran al chat cuando no toca, que si Fede se conecta ahora, pero no te veo, quién eres, cállate que no te oigo.

Consultados sobre la «deberitis» que denunciaba el filósofo Rendueles, mis confidentes paternos me dicen que ni mucho menos. Andan de hecho más relajados ahora, con unas clases que tratan a duras penas de no desligarse del todo del temario y los calendarios. Según Álvaro, que cursa 3º de la ESO, con seguir las indicaciones y las tareas que les ponen por la mañana, pueden disfrutar luego de una tarde más bien libre. Llega el tiempo de Fortnite, Brawl Stars y HouseParty, la versión moderna de aquel Party-Line, rudimento de las redes sociales por venir.

Otro padre, residente en Sarriguren, me comentaba que sus hijos andan ahora más relajados, felices. «Han recibido como una bendición la descarga de todas las actividades a las que sometemos: madrugones, cole, deberes, clases, inglés, francés, fútbol, ajedrez, abuelos, tíos, etc». Y, si amenazan con lamentarse de la situación, el padre les recuerda, bordeando el humor negro, que pueden jugar a ser Ana Frank pero en una situación considerablemente mejor. 

En un momento en que los perros parecen tener más derechos que los siete millones de niños que viven en España, quizá no estaría de más dedicarles también un aplauso. Porque una sociedad madura no trata a los niños con infantilismo. Los tiene en cuenta, aunque no puedan comprar su voto. La creación de Educlan sería una buena medida, pero también pensar en ellos como algo más que unos apéndices serviles de los adultos sin voz ni voto. Mientras Tobi y Canela salen a darse un garbeo, ellos se quedan confinados sin rechistar cuando más energía concentran en sus pequeños cuerpos. Una rebelión como de peli de Ibáñez Serrador no sería descabellada como no se ajusten ciertas miradas. Yo les aplaudo.

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