Blog / Capital de tercer orden

Cataluña necesita un abrazo

Por Eduardo Laporte 22 octubre, 2019 - 9:21

Hay quien verá en los altercados, manifestaciones y protestas varias en Barcelona un signo del descontento político. Yo intuyo una frustración, amargura y falta de horizontes que ni la independencia más idílica y plagada de sonrisas lograría mitigar.

Quinto día consecutivo de protestas y violentos incidentes en Barcelona en reacción a la sentencia del Procés. PABLO LASAOSA
Quinto día consecutivo de protestas y violentos incidentes en Barcelona en reacción a la sentencia del Procés. PABLO LASAOSA

Decía Máximo Pradera hace años que a los que tiran piedras hay que recibirlos con «hostias como panes». No creo que la mejor manera de frenar la violencia sea con más violencia, porque esa segunda violencia se emplea por los de la primera violencia para quitarse las responsabilidades de su violencia y culpar a los que tratan de acabar con la violencia de su primera violencia. Está claro. Frenar, sí; cebarse, no.


Luego están los que dicen que la violencia primerísima, el quién pegó primero, viene del Estado. Opresor. Faxista. Pobre Guardiola (¿futuro president?). Pobre Nacho Vegas. Ese Estado fascista, #SpainIsAFascistState, que habría servido una «venganza» en plato frío contra el pueblo catalán, eterno esparrin de los maléficos planes de ese Estado que se crea enemigos para poder ejercer el mal a sus anchas. Que se lo digan a Gregorio Ordónez (tan sólo tenía 36 años) o a Fernando Múgica, que se ofrecieron como mártires voluntarios para que el Estado pudiera mantener su maquinaria del horror. Menos películas, please.

La Cataluña más soliviantada —claro que cataluñas hay varias pero por abreviar caemos en peligrosos reduccionismos léxicos— cree que le indignan las supuestas injusticias políticas (inciso: una condena más light, cuando no una absolución, sí que habría despertado al sector más fascitoide que vaga por España). La Cataluña más contumaz y desnortada considera que sus problemas vienen de ese Estatuto afeitado cuya reforma apenas votó un 46% del electorado, tras años de lloros para recuperar tales o cuales competencias.

La Cataluña más lerdi cree que les castigan por haber «votado». La Cataluña más levantisca y sectaria piensa que la culpa de todo la tiene una España que representarían el juez Marchena, Rajoy, Felipe VI, su hija Leonor, Fernando VII, su valido Godoy, los «terroristas» Vera y Barrionuevo, Manuel Fraga, Franco, Manolo el del Bombo, Cayetana Álvarez de Toledo, el año 1714 entero y el bigote de Aznar. La Cataluña más beligerante está cómoda en la dialéctica de la confrontación. Hay una Cataluña que no ha salido de su zona de confort del odio en su vida.

Que no te digo yo que habrá quien esté frustrado por no poder convocar un referéndum que a día de hoy ganaría la opción de seguir como hasta ahora o por no tener las competencias en trenes de cercanías, pero todo apunta a que el origen de toda esta ola descivilizadora no está en las penas —que no tardarán en revisar— a Junqueras, sino en el precio cada vez más inalcanzable de los alquileres cuando no de la compra de una vivienda. En la conversión de una ciudad otrora con alma en un parque temático para guiris.

En la sospecha de que todo este invento secesionista no sea sino un bulo de cuatro políticos para pillar cacho público (Artur Mas sería el siguiente responsable) y que tras ese horizonte utópico no hay nada (bueno). En la escasez de trabajo. En la abundancia de precarización. En tener que patearte la ciudad en una bici de UberEats cuando tú estudiaste para psicólogo.

¿En verdad se ha montado todo esto para defender a cuatro mangarranes que les han vendido una moto que ni ellos mismos se creían?

Cuando uno huele la trampa de todo esto, cuando el catalán cualquiera avista el callejón sin salida de una sociedad engañada que se tiene que enfrentar a los mismísimos problemas reales que el resto de españoles, lo único que queda es reventar el escaparate de Bang & Olufsen. Porque aceptar que el problema es tuyo y no del mundo sería demasiado pedir. Tratar de encarar los problemas reales y no empecinarse en cuestiones identitarias decimonónicas y tóxicas para el resto de la sociedad con la que convives también sería demasiado pedir. En Mayo del 68 al menos pedían imaginación al poder y playas bajo los adoquines para calmar un descontento que venía de la autoridad familiar, institucional, de un sistema demasiado rígido. No echaban la culpa a Carlomagno.

Círculó un vídeo en Twitter en que se ve a un joven de instituto americano tipo ‘Bowling for Columbine’ con su metralleta bajo la chaqueta. Un profesor se da cuenta del marrón y le da un abrazo mientras le quita suavemente el arma. Cataluña, buena parte de Cataluña, es ese chaval confundido, engañado y necesitado de un abrazo.

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