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Los de Bilbao también son humanos

Por Eduardo Laporte 23 octubre, 2018 - 8:27

Pedro Ugarte rejuvenece el género del diario con ‘Lecturas pendientes’, un texto que combina la mirada poética con las necesarias dosis de pimienta cayena

Portada del libro 'Lecturas pendientes' de Pedro Ugarte.
Portada del libro 'Lecturas pendientes' de Pedro Ugarte.

El bilbaíno medio —como podría ser el propio Pedro Ugarte (Bilbao, 1963)— nos hizo creer que la capital de Vizcaya era una megalópolis. Pero su término municipal, sin contar poblaciones anejas, ocupa un discreto décimo puesto. Palma de Mallorca o Las Palmas de Gran Canaria superan, por poco, los 345.141 habitantes de Bilbao en una cifra que, por cierto, tiende a la baja.

Bajemos los humos, crecidos antaño por hornos altos, del bilbaíno medio, o leamos a aquellos que lo hacen por sí solos, como lo hace el citado Pedro Ugarte en ‘Lecturas pendientes’ (Nobel Ediciones). No se fíen del título, y menos del subtítulo ([Anotaciones sobre literatura]) porque lo que encontramos en estas páginas es ante todo vida. Transida de comentarios literarios, sí, pero en un plano secundario, a mi entender.

Ese bilbaíno medio sin ínfulas que es Pedro Ugarte (su mayor aspiración, y ese pasaje es para enmarcar, sería recuperar «una nueva inocencia», esperanza que no ha perdido aún) nos regala una descripción del vasco medio que por sí solo justificaría la publicación del manuscrito. Y reproduzco, como podría reproducir muchos otros pasajes que he subrayado con afán capturador:

«Si tuviera que describir al vasco típico, diría: hincha fervoroso de algún equipo de fútbol; le preocupa más la firmeza con que expone sus ideas que el sustento que estas tengan; prepara almuerzos gigantescos, para treinta o cuarenta personas, en cocinas industriales de unas lonjas que se denominan txokos o sociedades; lleva a sus hijos a un colegio religioso; es putero; nunca roba; juega mucho a las cartas, casi siempre cantidades pequeñas sin dinero; habla español con fuerte acento vasco; no sabe euskera».

LA JUSTA MORDACIDAD

Decía Uriarte —cuya figura también sobrevuela este diario de notas espaciadas en el tiempo (unos seis años)— que el buen diarista debe incluir ridiculeces, miserias propias, lo que los ingleses llaman self-deprecating. Lo hace Ugarte —curiosa homofonía— en no pocas ocasiones, relativizando su propia felicidad o poniéndola al mismo nivel que su tristeza, lo que genera un estadio nuevo, digno de celebrar, botella siempre medio llena. O cuando habla de la familia, del hecho de ser padre, de esos problemas que a mí me tocan más cerca que los del corresponsal de guerra en Siria. Porque la guerra de Ugarte es la de todos los hombres y mujeres medios de Europa, entendiendo por hombre, mujer, medio, media, cuarto y mitad, a aquel que se mueve entre el sueño y el escepticismo, entre la ambición y la resignación, entre la aventura y la comodidad. O sea, como tú y como yo.

Sin radicalismos excesivos se mueve este autor, por una senda moderada que me lleva a la importancia del adverbio, todo se resume al adverbio, dice Ugarte coqueteando con la sabiduría. No es tanto si amamos a nuestra patria, a nuestro equipo de fútbol, a nuestra mujer, a nuestro barrio lo que nos diferencia de los demás. La cuestión es si se hace moderada o salvajemente. El diablo está en los adverbios.

Un buen diario, se me ocurre, debe pivotar entre el vicio y la virtud. Entre lo elevado y lo pedestre. Entre el ditirambo y el critiqueo. De eso hay, también, en estas páginas. Sin iniciales misteriosas, a pelo, ea. Ugarte es humano, pero también le pone endrinas a la cosa. Porque sin unos grados de valentía, de riesgo de quedar mal, de incluso generarse problemas gratuitos, no se hace literatura sino publicidad, que decía otro aludido en estas jugosas páginas.

Por ponerle un pero, hay alguna idea que se repite, pero también ayuda a ver el lado humano, no retocado, del autor. Sus filias pero sobre todo sus fobias (a la progresía de salón de corte sectariete, sobre todo). Pero no todo es mordacidad, porque en nuestras recetas de domingo sabemos quitarle la pimienta cayena cuando es preciso, y Ugarte también, tanto como para entregar párrafos de gran delicadeza. Hay un cariño sin postureos por el euskera, ese caer lento de la nieve, mara mara, el tililar de las estrellas, ñik ñik, o el batir oscilante de las alas de la mariposa, pinpilinpauxa. Y un recurso casi obsesivo, en ocasiones, a la literatura como (extraña) forma de vida, pero también la asunción profunda, casi dichosa, de que lo verdaderamente importante está en otro lado.

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