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Lo de Alsasua fue de vergüenza ajena

Por Eduardo Laporte 06 noviembre, 2018 - 9:26

Los intentos de boicotear el acto fueron más lamentables que el acto en sí.

Efectivos de la Guardia Civil frente a la manifestación en Alsasua en contra de la iniciativa "España Ciudadana". EFE/Jesús Diges
Efectivos de la Guardia Civil frente a la manifestación en Alsasua en contra de la iniciativa "España Ciudadana". EFE/Jesús Diges

Al menos no llovió. Imagino ese domingazo inefable de banderas de España soberanas, jerséis finos de Purificación García, mocasines con borlas, ikurriñas dentadas, sudaderas negras y olor a choto generalizado bajo la lluvia y es como para emigrar a Venezuela. No sé cómo Bernardo Atxaga puede encontrar esa placidez existencial que le caracteriza en Zalduondo, a tan sólo 20 kilómetros de Alsasua. Yo no podría. Por eso me vine a Madrid. Para tener lejos a los boronos. Un exilio terapéutico, estético, necesario, que se dice ahora. Vade retroak. La distancia adecuada.

No llovió en Alsasua el 4 de noviembre de 2018, cuando Albert Rivera y demás españolistas, grosso modo, se plantaron en plan retador en tierra hostil. Viendo las imágenes del líder de Ciudadanos, en ese contexto rarísimo, bajo un sol amable y ese silencio malamente roto por unas campanas, por un lado me dio por pensar en que la convivencia era posible. Luego ves otras imágenes, las de la rabia reprimida del neoborrokismo sakanatarra, y asumes que hay lugares en los que siempre diluvia aunque brille el más rutilante de los soles. Y lo que se pudo ver fue, sencillamente, de vergüenza ajena.

El escritor vasco Iván Repila se lamentaba en Twitter de la falta de creatividad teatral de esa parte kontestataria del pueblo alsasuarra. Perdieron, según él, la oportunidad de protestar de modo perfomático, mucho más estético y hasta eficiente, con una concentración, por ejemplo, de todos los vecinos de rigurosa vestimenta negra hermanados por un silencio no menos riguroso. Sin chillidos histéricos, sin insultos de patio de colegio, sin pancartas patéticas. Como una que grabó  el diputado de C’s, Guillermo Díaz, cuyo mensaje de bienvenida para estos personajes non gratos decía: «Os ahogaremos con la sangre de nuestros abortos». Y la imagen de una vagina enorme. El síndrome que hiciera famoso Stendhal no va por ahí precisamente.

Alsasua quedó asimilada a violencia fascistoide hace un par de años con la famosa paliza a los guardiaciviles. Este domingo, los cómplices de esa acción filonazi y etarrosa tenían la bendita oportunidad de demostrar algo de cintura humana, tanta como para tolerar un acto que no era de su gusto, que veían como una provocación —opino que había un notable componente provocador en el acto de España Ciudadana y que ese tipo de acciones cojonudas no hacen nada por recuperar la convivencia, es más son dañinas y crean frentismo, como se ha visto— y que les escocía en cuanto sus compadres están en la trena pagando por sus técnicas de acoso mafioso. Pues bien, desaprovecharon la ocasión.

LOS PECES DE LA AMARGURA

Uno puede entender que a cierto sector de Alsasua les sepa a cuerno quemado un acto político que defienda la Constitución y la idea de España donde menos se defienden, es más, se atacan, esas ideas. Pero habrían ganado la batalla moral con algún gesto de protesta mucho más sutil. Porque, la pregunta es, ¿qué habría sido de los Rivera, Savater o Beatriz Sánchez Seco —que con cinco años se comió los efectos de un coche bomba en la casa cuartel donde trabaja su padre, en Zaragoza— sin protección policial?

De no ser el férreo dispositivo desplegado por Policía Foral y Guardia Civil, la jauría borroka enferma de rabia se los habría comido con patatas. ¿Quién es aquí el fascista? Porque una cosa es tocar los cojones sutilmente, que era un poco el propósito de los organizadores del acto —así como mandar un mensaje de apoyo a la minoría españolista— que haberla hayla, y otra reventarte el cráneo a hostias, que ganas había.

Uno puede entender, ya digo, que no sentara bien la llegada de «los fatxas», pero eso no acaba de resultar razón suficiente para su patetiquísima actuación. Es lo de siempre. No hay justificación para ETA, ni política, ni ética, ni estética. Todo se reduce a lo mismo. A la amargura interior.

La única vez que estuve en Alsasua, Burundesa mediante, fue para hacer el amor con una chica latina que conocí gracias a una red de ligoteo. Me preparó una ensalada de pato y me enseñó a bailar cumbia en su pisito de alquiler. Por la noche, cerramos las persianas a cal y canto y soñamos que estábamos en el París de la belle époque. Al día siguiente, al contemplar de nuevo el parque de la Taconera, en donde amablemente me depositó mi reciente amiga, sentí un alivio lindante con la felicidad.

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