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Aceptamos pulpo: sí habrá Navidad

Por Eduardo Laporte 17 noviembre, 2020 - 9:05

Donde dije digo, Diego, pero cambiar de opinión ha tenido que mediar el mismísimo papa de Roma.

Inauguración en Baluarte de los tradicionaes Belenes de Navidad 2019. PABLO LASAOSA
Inauguración en Baluarte de los tradicionaes Belenes de Navidad 2019. PABLO LASAOSA

El confinamiento petimetral, digo perimetral de Foralia se alarga hasta el 18 de diciembre. El sector hostelero parece que abrirá antes, la víspera del día de San Francisco Javier, co-patrón de los navarros que dijo aquello de «id por todo el mundo», recordándonos que hay vida más allá de los bares. Esto lo ha descubierto la población navarra en estos días ‘secos’, entregándose a las más variopintas tareas.

Vía grupos de WhatsApp he seguido la creación de higrómetros caseros con crin de caballo, cultivo intensivo de bonsáis y pintura de fragatas, carros de combate y figuras históricas. Alguna de ellas adquiridas en Ecomodelismo, un local que entre su mucha y variada oferta incluye también réplicas de Franco o Hitler. ¿Tendrán de Stalin? No lo digo en plan delator cutre, sino como hiperlocalismo curioso. Si uno quiere jugar a las dictaduras, debe contar con todo el dramatis personae.

Total, que hay indicios de que los mandamases (y mandaménoses) que abren o cierran ese imaginario portal de Francia serán laxos con los días navideños y permitirán entran en territorio foral a los que vivimos fuera. Quizá sea una locura, dicho de paso, porque juntarse en la misma mesa con personas de riesgo puede conllevar contagios. En mi núcleo familiar madrileño se habla ya de celebrar las Navidades con gorra de chulapo y me parece bien.

Porque, como tuvo a bien hacerme ver, sacándome de mi ceguera, el párroco de San Fermín en la iglesia de San Lorenzo, don Javier Leoz, la Navidad no se anula tan fácilmente. Me consta que el texto en el que vaticiné una no-Navidad le llegó a Leoz y que, azuzado por mis campanudos augurios, se animó a escribir unos (contra)versos tan inspirados, atención, que llegaron a oídos y ojos del papa Francisco. Quedó tan emocionado el Sumo Pontífice ante las justas palabras de Javier Leoz en que, atizándome sin citarme, recordaba que la Navidad no entiende de perímetros ni mascarillas, pues el misterio divino no se puede confinar, que no dudó, el papa, en levantar el teléfono y llamarle para felicitarle de viva voz. Lean la historia aquí. Y la entrevista al párroco, aquí (minuto 33).

Hasta aquí mi influencia en el Vaticano. O cómo llegar al papa en tres pasos.

LA GRACIA DE LA NAVIDAD

El pasado domingo aprendí tres cosas. 1) Que el estatuón que preside el estanque de El Retiro está erigido para gloria de Alfonso XII, un rey por lo visto querido, tanto que lo apodaron El Pacificador. 2) Que la hoja del roble quizá sea de las más bonitas, cosa que supieron los publicistas de Eusko Alkartasuna, como demuestra su logo. 3) Que el próximo domingo, festividad de Cristo Rey, marca el fin del año litúrgico, concluyendo el segundo de los dos bloques de, qué gran expresión, el conocido como tiempo ordinario.

Esto lo escuché el pasado domingo, en una misa en la que me dejé caer tras un paseo otoñal por el Retiro. En Madrid uno tiene la suerte de contar con iglesias como la de los Jerónimos, del siglo XVI, y en ella me colé, como hago de cuando en cuando, una vez descubrí que el mensaje de Cristo es eminentemente bueno y nos hace mejores. Si, además, se escucha en público, la cosa cala más, como caló esa última frase, a modo de bonus track, que dijo el cura: «Estar con los pobres es estar más cerca de Dios».

Y estar cerca de esa cosa que hemos venido en llamar Dios también nos hace mejores y nos genera una felicidad que algunos llaman gracia o entusiasmo, que viene de estar en dios, en-theos. Decía Herman Hesse que la mera búsqueda de Dios era estar, ya, en Dios. Parece, no obstante, que en los últimos tiempos nos hemos empeñado en estar lejos de Dios y, por tanto, más cerca del odio, la inquina, el orgullo, la mezquindad y la tacañería de espíritu.

Y la Navidad no es tanto la búsqueda como la presencia de esa cosa que hemos venido en llamar Dios y que, en tanto que uno la siente, existe. «Cómo no voy a creer en Dios si lo siento dentro de mí», decía Tolstói, que en su recomendable El Evangelio abreviado realiza un lucidísimo ejercicio de defensa de ese Cristo Rey cuyo mensaje a menudo las propias iglesias han adulterado o ahogado a base de normitas y dogmas antediluvianos.

Pero tiene razón el párroco Leoz en sus versos al recordarnos la figura de ese pastor que busca la verdad y que siente la plenitud de la luz, cuando la reconoce entre las sombras; ese zagal humilde que, mitigadas las zambombas y el esperpento jacarandoso de la celebración excesiva, pueda abrazar por fin esa introspección que conduce a lo sagrado que se esconde bajo el ruido. Como sucede, por ejemplo, durante la quietud de la Semana Santa.

Quizá no veamos a nuestros seres queridos, pero nos queda la Navidad para saber que están allí. Es probable que este año, con un recogimiento nuevo provocado por las circunstancias, como apunta el padre Leoz, los sintamos más que nunca. Fratelli tutti.

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