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Blog / Capital de tercer orden

187 pulsaciones

Por Eduardo Laporte 13 julio, 2016 - 12:25

Los toros no salen en la cámara térmica, esa que registra el calor de los cuerpos. Están hechos de otra pasta, no sé si de sangre fría, caliente, o tienen tal película de grasa, carne y músculo alrededor que son una bola sin temperatura.

Momentos de tensión en la curva de Mercaderes. REUTERS
Momentos de tensión en la curva de Mercaderes. REUTERS

¿Qué pulsaciones tendrán los animales durante la carrera? ¿Qué grado de excitación? Los de hoy, ganadería Nuñez del Cuvillo, vienen de Vejer de la Frontera, en Cádiz, a pocos kilómetros de la costa; es habitual que practiquen carreras a modo de entrenamiento para su gran cita con el adoquín primero, y después la arena, de Pamplona. ¿Qué pulsaciones alcanzará su corazón salvaje?

La del corredor de hoy de la camiseta inteligente marcó un récord: 187 pulsaciones por minuto. Un corazón que se quiere salir del pecho, atravesar esa camiseta, inteligente o no, y volar libre. ¿A qué pulsaciones latía el corazón del malogrado Víctor Barrio cuando el cuerno de ‘Lorenzo’ se lo paró para siempre en Teruel? Descanse en paz.

¿A qué velocidad late el corazón del torero cuando el animal sale disparado de toriles? En la televisión entrevistan a Alberto López Simón, que reconoce sentir «pánico» ante la idea de correr un encierro. Sin embargo, él hace lo más difícil que es, como le espetan los comentaristas, «quedarse quieto».

FOTO: PÍO GUERENDIÁIN

Lo fácil, en realidad, es correr. Es la inercia marcada por los propios toros cuando salen escopeteados de los corrales de Santo Domingo, pensando tal vez que se encuentran en esas límpidas dehesas gaditanas, con Barbate en el horizonte cercano y el mar de fondo. Lo fácil es hacer cómo el mozo de la gorra de tejadillo, o ese otro, fortachón y algo violento al apartar a otros corredores con las manos, en mitad de Estafeta, o del nueve a la espalda y la camiseta de Zepelin, o el calvito del arranque de Santo Domingo. O el de los cuadros blancos y rojos, todos ellos rostros habituales de estos Sanfermines. Correr es lo más duro, lo más épico, pero lo más fácil. Quedarse quieto ante los 600 kilos de astado no sólo es lo más difícil, sino que entronca con el arte. Porque el arte tiene que ver, precisamente, con eso, con la quietud. Con detener el tiempo, con convertir la existencia en una serie de instantes decisivos que por un momento parece que podemos asir.

El espectador, por lo demás recién levantado, mantiene unas pulsaciones de salón que a veces alcanzan un pico mayor, quizá las 90. Como cuando uno de los Nuñez del Cuvillo ha barrido la parte derecha del vallado de la plaza Consistorial. Ahí ha habido impacto, cogida, cuerno en pierna. Un americano, si no me equivoco, con esas barbas hípster que recuerdan a las de los judíos ortodoxos, quizá se arrepienta de haber saltado a ese ruedo longitudinal y velocísimo. Otro corredor, zarandeado por el toro, ha puesto también en vilo al espectador medio: a punto ha estado de emular a ese Matthew Peter Tassio al que no olvidamos.

Pasa la manada, se tranquilizan los latidos, vuelve el ritmo habitual de la vida, que no podría aguantar ese vértigo durante mucho más. Nos acurrucamos en el ritmo calmo, pero con la sensación de que hay algo bueno en haber enseñado al corazón sus límites.

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