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Feliz año a todos menos a uno

Por Carlos Marañón 21 Enero, 2018 - 10:51

Han leído bien, no es un artículo traspapelado ni reciclado de Navidades pasadas, tampoco he sufrido una mutación por los excesos Navideños que afecte a mi percepción del tiempo, ni me ha sentado mal la última barra de turrón blando, ni nada que se le parezca.

Un cocinero y sus ayudantes trabajan en la cocina de un restaurante. MICHAEL BROWNING.
Un cocinero y sus ayudantes trabajan en la cocina de un restaurante. MICHAEL BROWNING.

Esta felicitación del año nuevo está realizada con premeditación, alevosía y con un poco de mala leche.

Estas pasadas Navidades todos hemos comido y bebido por encima de nuestras posibilidades. Y últimamente las posibilidades son tantas que, es difícil tomar una decisión.

Tenemos la opción tradicional, la de comer en casa. Para ello guisamos ese cardo con jamón, compramos gambones a buen precio de una conocida cadena de supermercados, nos liamos a hacer pimientos rellenos de pescado, nos tiramos dos días de trabajo para esa sopa de pescado memorable y, compramos turrones de marca blanca…que, se puede realizar un buen banquete con un presupuesto ajustado.

O podemos irnos a otras opciones, a multitud de opciones. Unas opciones que comenzaron con llevar el cordero o el gorrín al obrador de turno para que lo asaran. Pero, lo que empezó delegando el asado al obrador, con los años se nos ha ido de las manos.

Ya no nos conformamos con que nos hagan el asado y reducir el trabajo a preparar un picoteo, una ensaladita de escarola y los turrones. Antes de todo eso, hay que decorar la casa, y mover el sillón para poder poner la mesa grande. Y, tras la comida o cena, hay que volver a poner todo en su sitio, recoger, limpiar… mucho trabajo, demasiado.

Si lo que queremos es no tener que usar nuestra casa, alquilamos una casa rural para toda la familia y problema resuelto. Y de paso, tiramos de quinta generación, encargando al restaurante hasta el pan. Se paga, se emplata y listo.

Pero al final no queremos complicaciones, así que nos vamos fuera de casa a comer y cenar, ya que hay muchísimos restaurantes que abren el día de nochebuena y el de Navidad. ¡Que buena idea tuvo esa alma caritativa que descubrió que el 24 y el 25 se puede dar servicio!

A esa alma caritativa que le felicite el año Rita, yo no. El 24 noche y el 25 se cierra por decreto. Ese día, las familias de hosteleros tenían un día con su correspondiente noche para juntarse todos y celebrar la Navidad, la familia, el solsticio de invierno o como diantres quieran llamarlo ahora. Se juntaban, se veían todos, disfrutaban de “su” día. Una misión harto difícil en un gremio que, siempre rema a contracorriente cuando de horarios y días festivos se trata.

Porque encargar el asado, la comida en el túper para llevarla a casa, o incluso tomar el vermut el día de Navidad después de misa, dan para que, el que trabaja al otro lado de la barra llegue a su casa a comer o a cenar, tarde pero le da tiempo. Pero, dando el servicio de cena en nochebuena o el de comida en Navidad, no hay espacio para la familia y se convierte en otro de los trescientos sesenta y cuatro días del año.

Así que, Feliz año a todos, a todos menos a uno, a quien se le ocurrió la genial idea de abrir en Nochebuena y en Navidad. A ese no le felicito el 2018.

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