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"Si vivos los queremos, muertos los adoramos": Todos los Santos, un día crucial para el pueblo gitano en Navarra

Junto a imponentes panteones, los gitanos navarros se reunirán este 1 de noviembre para recordar a sus difuntos. Esta la historia de una de esas familias.

Panteón de Agustín Berrio y su familia en el cementerio de Pamplona. En la imagen, María Jesús Clavería Berrio, alias 'Pachús'. IÑIGO ALZUGARAY
Panteón de Agustín Berrio y su familia en el cementerio de Pamplona. En la imagen, María Jesús Clavería Berrio, alias 'Pachús'. IÑIGO ALZUGARAY  

"En la piedra negra, destaca sobre todo el color blanco y el rosa". Son palabras de María Jesús Clavería Berrio, apodada Pachús, mientras observa el panteón donde residen sus familiares fallecidos, sus tíos, sus padres y una sobrina, en el cementerio de Pamplona.

Falta una semana para el Día de Todos los Santos, una jornada de capital importancia dentro del calendario del pueblo gitano, y a esta pamplonesa, agente de la Pastoral Gitana, se le notan los nervios y cómo la emoción le imbuye al hablar sobre sus progenitores en la que desde hace años es su nueva casa.

"Él la compró en vida más de diez años antes de morir, y la fue decorando poco a poco como a él le gustaba". Se refiere a su tío, Agustín Berrio, aunque la primera en entrar a ese panteón fue su mujer, Josefa, que falleció en el año 1996.

Ahora, una semana antes de que llegue el gran día, este imponente escenario de descanso eterno luce decorado con dos grandes jarrones provistos de flores blancas y rosas, artificiales porque están ahí durante todo el año, más dos esculturas de sendos elefantes en su frente, estos sí con adornos florales naturales, y un centro en la cabecera, debajo de dos grandes figuras de Cristo, una de ellas crucificado y otra señalando el Sagrado Corazón de Jesús.

"Pero esto no es nada comparado a cómo lo ponemos en Todos los Santos, con multitud de flores adornándolo", explica. Lleva ya bastantes años asumiendo una rutina que ejecuta con pasión y con un esmero infinito. Lo cuenta con la ilusión de aquel que sabe que está haciendo algo importante: "Un día antes, dejaremos el panteón limpio y entonces vendrán de la floristería. No se puede hacer antes, porque la flor fresca hay que ponerla reciente. Ellos nos adornarán el panteón, nos pondrán cuatro centros de flores en los lados y después otro grande en el centro, uno de palma grande. Y rosas. Y todo natural, por supuesto. Pero que destaque la rosa".

Lo expone con la experiencia de acudir a este lugar casi a diario, para mantenerlo limpio y regar las flores, para que esté todo en orden. Para que, si ha llovido, recoger el agua que se haya quedado estancada. Para, si ha soplado viento, levantar las palmas que se hayan caído. Hasta que llegue el momento de retirar toda la decoración, volver a llamar a la floristería y colocar la que embellecerá el panteón hasta el próximo Día de Todos los Santos.

Pero aún queda un mes para que llegue ese momento. Y ahora es tiempo de renovar la conexión con los difuntos, de reunirse con toda la familia, de recordar a las personas que se fueron y que dejaron un vacío insondable. "Hemos vivido con nuestros padres, con nuestros tíos, con mi sobrina toda la vida. ¡Cómo no los vamos a tener presentes!", afirma Pachús mientras mira al panteón, todavía sin limpiar y sin la decoración oportuna para la jornada que se acerca. "Está viejico ya", se lamenta. "Está muy usado y muy pisoteado en los laterales", certifica señalando la hierba mientras lo observa con orgullo.

LA CASA DE TODA LA FAMILIA

Tiene más de 30 años de antigüedad, pero sigue siendo su casa. La de las personas que descansan en ella y la de todos los familiares que recalarán allí el 1 de noviembre, cuando desde la capital navarra y desde Bilbao, toda la familia se reúna en un día de fraternidad. "El cementerio te llama", confiesa, porque "aquí están aquellos a los que has querido tanto y a los que sigues teniendo presentes todos los días".

Habla en primera persona, pero sus sentimientos se extienden a cualquier gitano, que sabe que el Día de Todos los Santos no es uno más en el almanaque. "Es un día muy grande. Es la reunión de los gitanos. Y ese día se pasa en el cementerio desde el punto de la mañana hasta última hora de la tarde. Vienen a hacer unos responsos los párrocos del barrio y estamos recordando a nuestros difuntos durante todo el día", asegura.

Al hablar de esta jornada, le viene también a la memoria la Nochebuena, otro instante de reunión familiar, pero no tan emotivo. "Este es mucho más emocional, porque además en la Nochebuena sientes que te faltan piezas importantes de tu familia, por lo que es más triste. Pero el Día de Todos los Santos es más especial, es muy entrañable y muy bonito", sentencia.

Y lo hace con firmeza porque desde pequeña ha interiorizado la cultura de su pueblo, en la que los descendientes que ya se han ido guardan una conexión directa con los vivos. Puede que no estén físicamente a su lado, pero "siguen estando en nuestro corazón".

Por ese motivo, cuando parten de su lado se inicia un proceso de luto casi reverencial, sobre todo cuando esa persona ha compartido nexos capitales como el matrimonio. Pachús lo explica tal y como lo vio en su padre, al fallecer su esposa. "Es algo muy emocional, vas vestido todo de oscuro, no puedes ver la televisión, no puedes meterte en internet, no puedes comer carne... Todo eso durante un año", rememora.

UN DUELO RENOVADO

El papel de la mujer, como en todas las sociedades del mundo, siempre ha estado por debajo del hombre, y sus obligaciones en el duelo iban más allá, aunque la ola de igualdad también ha irrumpido con fuerza en unas tradiciones ancestrales. "Ahora las leyes han cambiado y son más benevolentes, se tiene más piedad de las viudas. Cuando llevan uno o dos años de luto, ya hacen vida con los hijos y van a celebraciones, algo que antes no podían hacer. Hay diferencias con los hombres, aunque eso al final depende de cada persona. Mi padre, por ejemplo, estuvo tres años de luto riguroso", confiesa.

También tiene claro que este duelo ha de integrarse en la situación de las nuevas generaciones. "Los jóvenes tienen hijos, y es imposible ahora mismo tener una casa con la televisión cerrada habiendo niños pequeños en ella. Hay que adaptarse a las circunstancias, aunque el luto lo lleves en el corazón", subraya.

Lo dice en voz alta, pero más que decirlo, lo siente en sus adentros. "Una persona tiene que estar satisfecha cuando, antes de fallecer, alguien lo ha hecho todo por ella. A nosotros nos pasó con nuestro padre y con nuestra madre. Con ella, estuvimos durante un año en el hospital, día y noche, durmiendo en el suelo, porque los sofás ya no nos servían para nada. Y con nuestro padre, lo mismo. Cuando cayó malo, si estuvo un mes en el hospital, allí estuvimos los hijos también día y noche. Tienes que hacer lo que no está en los escritos para ayudarlos", clama.

Y esa actitud no varía ni un ápice a pesar del paso de generaciones. "Para los jóvenes, los fallecidos siguen teniendo la misma importancia que antes, porque esa educación empieza desde que son pequeños. Todos los valores que tenemos los gitanos se adquieren desde la cuna. Y esos valores permanecen desde que se van adquiriendo".

Ahí entra el valor del panteón. No el costo económico, sino la importantísima función que posee para el núcleo familiar. "Todo el mundo no lo tiene -proclama con tristeza Pachús-. Hay muchos gitanos enterrados en nichos porque no tienen esto que tenemos nosotros. Para la familia, es lo principal. Mi tío lo compró en vida, se fabricó la casa estando aún vivo y se la adornó para cuando no estuviera. Fíjate que la llamamos la casa. Él se hizo su casa para la posteridad", declara.

EL LUGAR DE UN GRANDE

No hay que andar muchos metros en el camposanto pamplonés para cerciorarse de la verdad de sus palabras. En una fila de nichos próxima al panteón de su familia, descansa la figura gitana más relevante de toda Navarra, un hombre que llevó el flamenco allende los mares y que es considerado un pilar insustituible de la guitarra. Se trata de un pamplonés que nació en la calle Mañueta como Agustín Castellón Campos y que murió en Nueva York como Sabicas, el impulsor del flamenco. Falleció en la Gran Manzana pero dejó claro a sus hijos su deseo de yacer en su ciudad natal. Y aquí reside, en un pequeño nicho, casi anónimo, en el que no cabe todo el arte que desplegó en vida.

Habrá también, por supuesto, quien lo recuerde este 1 de noviembre, a pocos metros del panteón de la familia de Pachús, adornado con un entramado floral que "las primeras veces nos costaba 2.000 euros", incide, para después aclarar que, tras trabajar durante tantos años con la misma floristería, les hacen un precio especial.

Allí se juntarán medio centenar de personas para compartir los recuerdos de los difuntos con la alegría de sentir que estarán a su lado. "Es un día para estar con los fallecidos, para rememorarlos. Y lo esperamos con emoción, porque nos gusta ese día". Cuando llegue, en la piedra negra del panteón de su tío Agustín destacarán decenas de flores blancas. Y rosas. "Así es como a él le gustaba".


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