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La lucha de Ana Sarasa: "Sobreviví a tres tumores y tras todo el dolor, ahora canto como una loca y lloro de emoción"

"La palabra cáncer te cambia la vida: valoras más las amistades y la familia, y empiezas a disfrutar cada momento sin pensar en el futuro, porque no sabes si lo habrá", dice la presidenta de Saray.

Ana Sarasa, presidenta de Saray, la asociación Navarra de Cáncer de Mama. IÑIGO ALZUGARAY
Ana Sarasa, presidenta de Saray, la asociación Navarra de Cáncer de Mama. IÑIGO ALZUGARAY  

Este lunes, la asociación Saray, que dedica sus esfuerzos a hacer más fácil la vida de las pacientes con cáncer de mama, será galardonada con la Medalla de Oro de Navarra.

Sin embargo, lo mejor de Saray no es la asociación, sino todas las historias de lucha y superación que albergan las socias de este colectivo. Unas mujeres que han batallado con uñas y dientes para aferrarse a la vida mediante el instinto más humano que hay, la supervivencia.

Esta es la historia personal de Ana Sarasa, la presidenta de Saray, pero es solo un ejemplo de las cientos de mujeres que se enfrentan cada año a esta enfermedad en nuestra comunidad.

LA VIDA ANTES DE LA PALABRA CÁNCER

Hasta marzo del 2013, Ana Sarasa tenía una vida tranquila, era muy activa y su máxima preocupación era cuidar a sus hijos para que no les faltase de nada. Pero en un mes, su vida y sus prioridades cambiarían para siempre.

"El primer cáncer que me diagnosticaron fue en el 2013; me dijeron que tenía dos tumores malignos. Fui a una mamografía rutinaria a la calle Leyre y me dijeron que me habían visto dos tumores y que había que hacer una biopsia para ver si eran malignos. Ocho días después, me dieron los resultados. Yo ya me imaginaba que al menos uno de los dos sería malo, pero cayeron los dos".

"Hasta entonces, tenía una vida normal y tranquila, pero la palabra cáncer te cambia la vida por completo. Valoras mucho más las amistades y la familia, y empiezas a disfrutar de cada momento sin pensar en el futuro, porque no sabes si habrá futuro".

"Me dijeron que me tenía que operar, y la verdad es que lo llevé muy bien, pero lo que más me costó y me preocupaba era contárselo a mis hijos, comunicarles la palabra cáncer, porque es verdad que te quedas en blanco. Lo han llevado bastante bien, sé que se han desahogado fuera, porque delante mía no han mostrado nada", confiesa.

"Una amiga tenía cáncer de mama y yo siempre pensaba que, si me pasase a mí, me iba a hundir en la miseria. Pero cuando llegó el momento, saqué fuerzas de donde no tenía".

"Lo cierto es que conseguí superarlos sin que me tuviesen que quitar la mama y todo salió muy bien. Yo estaba contenta de que lo había superado, ya que el tratamiento iba muy bien". Sin embargo, lo que Ana pensaba que sería el final de esta pesadilla era solo el principio, ya que a los dos años, en el 2015, le volvieron a detectar otro tumor, este todavía peor que los anteriores.

LA MAMOGRAFÍA

"Fue curioso, porque el día de antes a la mamografía, la chica que nos forma en voluntariado me dijo que cada vez tenía más miedo a ir, y yo le contesté que yo no, que iba muy tranquila. No obstante, cuando fui al día siguiente a la prueba y me dijeron que me tenían que hacer una biopsia urgente, llamé a mi marido y a las chicas de la junta, porque ya sabía que era una mala señal y que seguramente tendría otro cáncer de mama", relata.

LA BIOPSIA

"Cuando llegué a la biopsia, el médico Luis Apesteguia me dijo nada más entrar, sin todavía hacerme la prueba, que volvía a tener cáncer. Yo ya lo llevaba tragado. Continuó hablando y me dijo que esta vez había que quitar la mama, pero he de decir que me lo tomé muy bien. Me estuvo enseñando durante una hora en la pantalla el tumor y explicándomelo todo. En mitad de la conversación, me preguntó que cuánto tiempo pensaba vivira lo que contesté, convencida, que muchos años. Luis, voy a dar mucha guerra aún, le dije", cuenta Sarasa.

LA OPERACIÓN

"Pocos días más tarde de la biopsia, me operaron y me quitaron la mama. Los médicos me quisieron poner un implante de la mama, pero yo al principio no estaba demasiado convencida de que eso fuese lo que quería. Sin embargo, mi hija y mi marido me decían que, si no lo hacía, me iba a arrepentir. Cada vez que iba al médico, los cirujanos me decían que, al ser joven, debería optar por un implante, que no me lo pensase", expone.

EL IMPLANTE

Al final, Ana accedió a ponerse el implante mamario, pero lo que no sabía era que le esperaba un camino lleno de complicaciones. "Me habían puesto radio durante el tratamiento, por lo que eso afectó al implante. Lo pasé muy mal, se fue todo al traste porque, al no tener apenas riego sanguíneo, la cirugía no me cicatrizaba", explica.

A partir de ese momento, Ana pasó tres meses sin mama, yendo a curarse la cirugía de lunes a domingo al centro de salud. "Iba todos los días y era muy duro, porque cuando les preguntaba al cirujano y a la enfermera si había mejorado, siempre contestaban lo mismo, que no", apunta.

Lo que peor llevó de la enfermedad fue no tener mama, de hecho, no fue capaz de mirarse en el espejo durante ese tiempo. "No podía soportar verme sin mama, por lo que salía de la ducha y tenía todos los pasos controlados para no verme en ningún espejo de la casa", confiesa.

"Me costó mucho, no tuve valor. Mi marido dice que impresiona ver a una mujer sin mama, que tenía una cicatriz muy fea. Avisaba al salir de la ducha a mis hijos para que no salieran al pasillo y no viesen la cicatriz. Mi marido se involucró mucho conmigo, ya que durante ese proceso, tenía que cogerme aúpa en muchas ocasiones, para ducharme por ejemplo, y aprendió a curarme para que no tuviésemos que ir al médico tantas veces", añade.

EL TRASPLANTE

Después de pasar ese duro proceso y conseguir que la herida cicatrizase, a Ana le pusieron una prótesis en la mama y le trasplantaron la carne de un músculo de la espalda para reconstruirla. "El trasplante fue una operación muy dura, que duró nueve horas de quirófano, porque no encontraban riego sanguíneo", indica.

Sarasa cuenta que, aun después de realizarse el trasplante, a pesar de tener mama, no se veía completa. "No te ves completa, porque es como si tuvieras una pelota. En ese momento, cansada por todo lo que había pasado, dije que no quería dar el paso de ponerme pezón y aureola, que me daba igual no tenerlo", recuerda la presidenta de Saray.

"Fui a consulta y entré con la convicción de que no, pero entonces el médico me puso una foto de las dos mamas y, cuando la vi, cambié de opinión. Vi algo amorfo y me impactó muchísimo", explica. Eso le hizo darse cuenta de que, una vez que había llegado hasta allí, merecía la pena continuar el proceso para lograr sentirse completa. "Me cogieron carne de la ingle, que es lo más parecido, y me hicieron la aureola y el pezón".

Lo que mucha gente no sabe es que el tratamiento del cáncer de mama no acaba cuando te has curado, ya que es ahí donde empieza un largo circuito de revisiones. "Tienes una agenda repleta de médicos, un circuito de oncólogo, cirujano y mamografías que dura cinco años. Y después de esos cinco años, una vez al año tenemos ecografías y mamografías", enumera.

LA BANDA SONORA DE ANA

Dicen algunos que "la música es la banda sonora de la vida", y Ana Sarasa ha encontrado la banda sonora de la suya en la canción Vivir de Estopa y Rozalén, y es que la música es, en muchos casos, un reflejo de lo que sentimos.

"Hago terapia todas las noches con Estopa y Rozalén. Tengo bajada la canción con la letra y me pongo a cantarla gritando como una loca, lloro mucho mientras canto, pero no de tristeza, sino de emoción. Canto con un entusiasmo indescriptible. Es una terapia muy recomendable", confiesa.

"¿Sabes? Fue como una ola gigante, arrasó con todo y me dejó desnuda frente al mar. Pero, ¿sabes? Sé bien qué es vivir. No hay tiempo para odiar a nadie. Ahora sé reír. Quizá tenía que pasar. No es justo, pero solo así se aprende a valorar", argumenta la canción.

"Y si me levanto y miro al cielo, doy las gracias y mi tiempo lo dedico a quien yo quiero. Lo que no me aporte, lejos. Si alguien detiene mis pies, aprendería a volar. ¿Sabes? He pasado mucho miedo. Este bicho es un abismo. Se me cansa el cuerpo. Se me parte el alma, y a llorar. Pero, ¿sabes? He aprendido tanto, tanto; esta vida me ofreció una nueva oportunidad", reza la letra que Sarasa canta todas las noches.

Tan fuerte le grita la presidenta de Saray a la vida que, en más de una ocasión, se ha preocupado por si molestaba a sus vecinos. "Les pregunté a los vecinos por si acaso me escuchaban y no les dejaba dormir, pero me dijeron que no me oían. Me emociono mucho y pienso siempre que, como dice Aitana, la de Operación Triunfo, pa' fuera lo malo.


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